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domingo, 12 de abril de 2020

PASIÓN DE ATENAS



Pasión (griego antiguo Πασίων, Pasíôn) fue un célebre banquero ateniense de la época clásica (hacia 430-370 a. C.).  Su trayectoria y la de su familia son características de una ascensión social exitosa, desde el estatus de esclavo al de ciudadano y liturgo. Las fuentes disponibles, esencialmente judiciales, diseñan el retrato de un personaje talentoso mezclado en negocios complejos al límite de la legalidad.

Hay poca información disponible sobre la juventud de Pasión, incluyendo su origen, que permanece desconocido. Jeremy Trevett ha emitido la hipótesis de un origen fenicio:​ tiene un nombre griego, pero ello no significa necesariamente que lo fuera, ya que los esclavos de origen bárbaro podían ser denominados con otro nombre por su propietario. La obscuridad de su carrera inicial está unida al hecho de que Pasión desarrolló primero su talento en el manejo de dinero como esclavo de los más antiguos trapezitas conocidos de Atenas, sus amos Antístenes y Arquéstrato, probablemente en los últimos años del siglo V a. C.



Como muy tarde en 395 a. C.,​ estos últimos, «en quien él había inspirado confianza por su integridad y honestidad»,​ le transmitieron su negocio, después de haberle manumitido en fecha desconocida. Fue entonces, como meteco, cuando Pasión volvió a comprar el establecimiento bancario de sus antiguos dueños,​ quizás después de haberlo alquilado algunos años,​ y sin ser, en cualquier caso, el propietario de los edificios dado que los metecos no podían ser propietarios hipotecarios en Atenas.


En una fecha desconocida, pero antes del 395 a. C., Pasión se había casado con Arquipa, sin duda hija de un meteco, con la que tuvo dos hijos, Apolodoro (nacido en 394 a. C.) y Pasicles (nacido en 380 a. C.)​ Arquipa era probablemente muy joven cuando se casó con Pasión, puesto que su primer hijo Apolodoro nació en el año 394 a. C., y aún tuvo dos hijos después de su segundo matrimonio, con Formión, en 368 a. C.


Pasión desarrolló relaciones de negocios con los medios mercantiles de Atenas y de El Pireo (los locales del banco estaban situados en el puerto:​ en 377 a. C., el padre de Demóstenes disponía de un depósito de 2400 dracmas en el banco de Pasión).​ Sin embargo, no practicaba más que el crédito comercial (préstamo a la gruesa ventura): los negociantes (emporoi) clientes de Pasión, como Licón de Heraclea por ejemplo,​ se contentaban con solicitar operaciones de cambio y de depósito.​ Pasión podía acordar a cambio darles préstamos personales, como lo hizo con los grandes personajes de Atenas, aunque estos descuidaban liquidar sus créditos: fue el caso, por ejemplo, del estratego Timoteo, lo que obligó al hijo de Pasión, Apolodoro, a intentar un proceso contra él. En este último caso, el hecho de que Apolodoro no reclamara intereses, y que el préstamo hubiera sido establecido por Pasión «sin fianzas ni testigos»,​ parece indicar que este último «lo hizo, no sólo por amistad, sino también porque tenía la esperanza de obtener algunas ventajas a través de la influencia del general».​


Pasión no se contentó con invertir en la actividad bancaria, y poseía también una fábrica de escudos, lo que le permitió hacer una donación de 1000 escudos a la ciudad (lo que representaba un valor total de la mercancía de 3 talentos y 2000 dracmas).​ La generosidad de Pasión con Atenas es subrayada por los oradores áticos: «no era un hombre que quisiera apropiarse de los bienes del Estado; era más bien pródigo en obedecer las órdenes de la ciudad».​ Sus vínculos con los dirigentes atenienses le permitieron obtener la ciudadanía ateniense «por los servicios rendidos a la ciudad»,​ probablemente en 376 a. C.,​ algunos años antes de su muerte.


Mientras tanto fue un ciudadano ejemplar, participando en numerosas liturgias, equipando sobre todo cinco trirremes (a razón de alrededor de un talento por cada uno​ en el marco de la trierarquía​) en una época en la que la ciudad emprendió el reforzamiento de su poder naval unido al desarrollo de la Segunda Liga ateniense. Por otra parte, sabiendo que en Atenas únicamente los ciudadanos podían poseer un patrimonio hipotecario o construido, aprovechó su nuevo estatus jurídico para adquirir un número espectacular de bienes inmobiliarios en poco tiempo, si se juzga por los 20 talentos de bienes raíces que disponía a su muerte;​ entre sus posesiones destacaron sobre todo dos inmuebles, dos edificios de renta y su casa de El Pireo.


Los alegatos civiles redactados por Demóstenes constituyen la principal fuente sobre Pasión.El gran éxito de Pasión se explica por un contexto favorable: en el primer cuarto del siglo IV a. C. la economía ateniense era globalmente frágil, pero el elevado nivel de las tasas de interés en esta época, y la extensión de la especulación y del crédito,​ sustentaban el desarrollo de la actividad bancaria. Por otra parte, si esta última era particularmente arriesgada —se conocen numerosas quiebras de bancos que no disponían de suficientes fondos de rotación y enfrentados a los reintegros masivos de sus clientes, por ejemplo en 371 a. C. como resultado de la victoria de Tebas sobre Esparta en Leuctra—,​ los gastos fijos (personal y construcción) eran poco importantes y el cambio, una de las principales actividades de los bancos, constituía una fuente segura e importante de provecho.


Sobre todo, Pasión era reconocido en Atenas por su competencia y su probidad, aunque fuera implicado en numerosos procesos. La gran confianza que inspiraba a sus clientes era esencial en la medida en que, si hay que creer a Demóstenes, «en el mundo del comercio y de la banca, la reputación de un hombre trabajador unida a la honestidad es de un valor incomparable: en los negocios, el crédito es el mejor de los capitales».​


Pasión, con la ayuda de los esclavos que había adquirido por su gran competencia, desarrolló así su establecimiento hasta absorber más de 80 talentos,​ de depósitos, de los cuales al menos el 30% (24 talentos) no estaban invertidos y constituían la caja capital de trabajo de la banca. ​ Cerca de la mitad de esos 80 talentos le pertenecían en propiedad.​ De hecho, a condición de ser hábil, el banco constituía en esta época uno de los mejores medios para constituir rápidamente una importante fortuna susceptible de abrir interesantes perspectivas: entre los metecos en beneficiarse con la concesión de la ciudadanía figuran numerosos banqueros.​


Las actividades de Pasión le aseguraron así de media un ingreso anual de cinco talentos durante la veintena de años que pasó al frente de su banco, e incluso once talentos los mejores años.​ Acumuló así una fortuna considerable, sin duda la más importante de esta época en Atenas: poco antes de su muerte poseía, ​ además de sus bienes mobiliarios y los de su mujer, 20 talentos en bienes inmobiliarios y más de 39 talentos en créditos, así como su fábrica de escudos, valorada en 10 talentos, con un centenar de esclavos. Raymond Bogaert estima el conjunto de los bienes de Pasión en 74 talentos en el momento en el que se retiró de los negocios en el año 371 a. C.,​ a los cuales puede añadirse el valor comercial de su banco, difícil de estimar, pero particularmente elevado si se juzga por el alquiler muy elevado pagado por Formión para explotarlo.​


Gracias a que los sucesores de Pasión (sobre todo su esclavo manumitido Formión y su hijo Apolodoro) insistieron en su honestidad y a que el éxito de sus negocios parece confirmar la confianza que inspiraba a sus clientes, se sabe de sus prácticas profesionales cuando se situaron al margen de la legalidad, lo que se explica por las fuentes sobre las que se apoyan los historiadores, esencialmente los alegatos civiles de los oradores áticos.


Es el caso especialmente de un discurso de Isócrates pronunciado al principio de la carrera de Pasión, entre 393 y 391 a. C., el Trapezítico. Según éste, el hijo de Sopeo, un allegado del rey del Bósforo cimerio, Sátiro, se encontraba (probablemente hacia 395/393 a. C.) en Atenas provisto de una fuerte suma de dinero perteneciente a su padre cuando éste, en plena desgracia y acusado de traición,​ fue encarcelado por Sátiro. El rey, temiendo que el hijo estuviera confabulado con su padre para conspirar contra su poder, exigió que regresara y que el conjunto de sus bienes fuera embargado. Con los consejos de Pasión, el hijo de Sopeo decidió «obedecer las órdenes de Sátiro, de entregarle todos sus bienes visibles valores inmobiliarios, pero cuando las sumas fueron depositadas a Pasión, no solamente negó su existencia, sino que se declaró deudor con él y con otros de sumas con intereses; en una palabra, emplear todos los medios que podían para convencer mejor a los agentes de Sátiro de que a él no le quedaba dinero».​


Convencidos estos últimos, el hijo de Sopeo quiso recuperar su dinero, pero Pasión negó que existiese dicho depósito, apoyándose en la múltiples declaraciones anteriores de su cliente que pretendían convencer a los enviados del rey del Bósforo de que era insolvente, y asegurarse de que no reconsiderase sus declaraciones en tanto que su padre estaría en una posición delicada respecto a Sátiro. Sin embargo, algún tiempo después, Sopeo fue liberado y volvió a tener el favor del rey Sátiro. Desde entonces su hijo tomó medidas para recuperar los siete talentos que le había sustraído Pasión. Este último, temiendo que su esclavo Kito revelara la malversación bajo tortura,​ eligió el contraataque: hizo desaparecer a Kito y acusó a su antiguo cliente de haberle robado seis talentos, con la complicidad de su prostatès Menexeno,​ sobornando a Kito, después de haber hecho suprimir este molesto testigo. Algún tiempo después, Menexeno descubrió que Kito trabajó siempre para su amo.



Desde entonces, Pasión no cesó de tergiversar, pretendiendo, para sustraer a Kito a la tortura, que le había manumitido (un hombre libre no podía ser torturado). Aceptó a continuación que fuera sometido a tortura pero cambió de opinión en el último momento. Después se volvió conciliador y propuso a su adversario un encuentro en un santuario. Llegado «a la Acrópolis, se cubrió para esconder su emoción, vertió lágrimas, dijo que sus problemas le habían forzado a negar su deuda, y que se esforzaría para devolver el dinero en el plazo más breve; suplicó a su adversario que le perdonara y le ayudara a esconder su desgracia, temiendo que se viera, recibiendo los depósitos, que había sido culpable de tal abuso de confianza».​ Redactó un contrato, cuando accedió a entregarse en secreto en el reino del Bósforo para pagar la cantidad debida, a fin de no perjudicar su reputación en Atenas. El contrato fue confiado a un tercero, con el encargo de destruirlo si Pasión lo ejecutaba o remitirlo a Sátiro en caso contrario. Pero poco después Pasión, logrando sobornar a los esclavos del depositario del contrato para falsificar el contenido, se negó a proceder según lo planeado con Sátiro y exigió que el contrato fuera abierto ante un testigo: en él estaba escrito que el hijo de Sopeo abandonaba la persecución de Pasión.


El juicio en el que el discurso fue pronunciado por Isócrates parece haber dado lugar a la absolución de Pasión, si se le juzgaba por su brillante carrera de banquero y por la falta de presentación de pruebas o el testimonio determinante del acusador. Sin embargo, la culpa de Pasión parece ser indudable, aunque algunos historiadores han dejado abierta esta posibilidad.​ Como subraya Raymond Bogaert, «la tentación era demasiado grande: el depósito comportaba varios talentos, la víctima era un extranjero, sin experiencia en el derecho ático; había declarado tener deudas con el banco».​


Antes de su muerte, probablemente en 371 a. C.,​ debilitado por la enfermedad (poco a poco se fue quedando ciego),​ Pasión dejó la gestión de sus negocios a su antiguo esclavo Formión, manumitido y en el que tenía plena confianza. Este último, a cambio, debía pagar, hasta que Pasicles fuera mayor de edad, un alquiler considerable a los dos hijos de Pasión, del orden de 100 minas por el banco y 60 minas por la fábrica de escudos. Además, Formión se comprometió a no abrir su propio banco, por miedo a no absorber con este establecimiento la clientela del banco de Pasión.​


A pesar de esta precaución, Pasión mostró su confianza y su amistad con su antiguo esclavo, dándole en testamento a su viuda Arquipa en matrimonio,​ (efectivo en 368 a. C.), así como una dote de cinco talentos.​ En el mismo documento, designaba a Formión (conjuntamente con un tal Nicocles) como tutor de su hijo menor, Pasicles.


El patrimonio de Pasión fue repartido en tres fases. La primera, a su muerte «bajo el arcontado de Disniqueto»​ (370/369 a. C.), en el curso del cual Apolodoro, el hijo mayor, recibió diversos bienes inmobiliarios (un dominio en el campo, una casa en la ciudad) y mobiliarios (copas y coronas de oro).​ Lo esencial debía permanecer teóricamente indiviso hasta la mayoría de edad de Pasicles, pero en 368 a. C. «ante la dilapidación de Apolodoro, que pensó que para sus gastos sólo tenía que acudir al fondo común, los tutores [sobre todo Formión] se reunieron en consejo; [...] viendo que la herencia iba a reducirse a nada, decidieron, en interés del menor, un reparto inmediato de toda ella, salvo los bienes que Formión había recibido en alquiler [el banco y la fábrica de escudos], y la mitad de la renta se atribuyó a Apolodoro».​ Una vez Pasicles alcanzó la mayoría de edad, en 364/363 a. C., se procedió a un tercero y último reparto: Apolodoro escogió la fábrica de escudos y dejó el banco, más lucrativo pero menos seguro, a su hermano.


Para cada una de las dos empresas se puso fin al arrendamiento de Formión, quien pudo abrir un nuevo banco a su nombre. Sin embargo, los dos hermanos prefirieron vivir como rentistas y hacer política,​ en vez de asumir la dirección de sus establecimientos respectivos, por lo que los alquilaron por un periodo de diez años a cuatro socios: Jenón, Eufreo, Eufrón y Calístrato.​ En esta época, estos cuatro personajes eran esclavos de Pasicles y de Apolodoro, lo que no fue aparentemente un obstáculo para el establecimiento de un contrato en su nombre con sus amos.​ Se trataba probablemente de antiguos empleados del banco de Pasión.​ Manumitidos algún tiempo después «en recompensa a sus servicios»,​ entregaron el banco a Pasicles al término del contrato de arrendamiento en 354/353 a. C., sin que se tenga constancia de si este último asumió la dirección o lo alquiló de nuevo por cien minas por año. Se sabe, sin embargo, gracias a un fragmento de Hipérides, que en 340 a. C. Pasicles y Formión se encontraban entre los 300 atenienses más ricos, en concreto entre los obligados a la trierarquía.


viernes, 3 de abril de 2020

ARISTIPO DE CIRENE



Aristipo (435 a. C. - 350 a. C.) fue un filósofo griego fundador de la escuela cirenaica que identificaba el bien con el placer.

 


Nació en la ciudad africana de Cirene en 435 a. C. Cuando fue a presenciar los juegos olímpicos fue traído por la fama de Sócrates, lo buscó y se hizo su discípulo. Estuvo con el maestro hasta su ejecución, volvió a su patria, donde en sus últimos años enseñó filosofía para mantenerse. Fue el fundador de la escuela cirenaica, propugnadora del hedonismo "cirenaico".

 

Tuvo una hija filósofa llamada Areta, que fue sucesora de la escuela.​

 

Sus ideas, algo semejantes en el punto de partida con las socráticas, divergen de ellas notablemente en el fondo. Partiendo del dicho de Protágoras de que «el hombre es la medida de todas las cosas», empezó por despreciar la dialéctica y dar importancia solo a la ciencia positiva. Defendió el nominalismo y el sensismo, al igual que Antístenes, pero diferenciándose radicalmente de él por su ética. La felicidad para Aristipo consiste en el placer; a mayor placer, mayor felicidad; y, como el placer más intenso es el sensible, este es el que hay que perseguir. Dentro del placer sensible solo interesa el placer presente (parón páthos), sin que tengamos que preocuparnos por el futuro, ya que este es incierto. La σωφροσύνη (sofrosine), la prudencia, es la que guía en la búsqueda del placer, para saber elegir el más adecuado; pero el hombre no debe ser dominado por el placer, sino dominarlo (en lo que hay una cierta atemperación del hedonismo) (Diógenes Laercio, XI, 65104).

 

Desea que el hombre sea siempre superior a sus instintos básicos y así su placer se combinaba con una relativa libertad de espíritu. Tal superioridad la produce la cultura de la inteligencia. En ese punto se aproximaba a Sócrates, que consideraba también la ciencia como condición indispensable para la humana felicidad. Pero Arístipo reducía toda la ciencia y sus ventajas al dominio del sentimiento individual. La virtud, por tanto, no era para él más que la moderación en la fruición, pero moderación interesada, para que no se agote la fuente del placer.

 

Con la inteligencia cultivada distinguía los placeres sensuales de los intelectuales, los puros de los que llevan mezcla, los egoístas de los desinteresados. Aristipo es el primero de la serie de filósofos hedonistas, cuyo pensamiento prosiguen en cierto modo Epicuro, Hobbes, Locke, Hume, Bentham, Stuart Milll y Spencer. Éstos aceptan el placer como el bien, pero a diferencia de Aristipo, los placeres intelectuales son preferibles a los del cuerpo.​

 

Según Diógenes Laercio, escribió multitud de obras, muchas de carácter frívolo y ajenas al campo de la filosofía. Ninguna de ellas subsiste. Se conservan cuatro Cartas bajo su nombre, evidentemente apócrifas.


lunes, 24 de febrero de 2020

ANTÍSTENES DICE SOBRE LAS MUJERES



Si eliges mujer muy hermosa no la disfrutarás solo; si la eliges muy fea, te fastidiará muy pronto. Te conviene pues, elegirla ni muy fea ni muy hermosa.



 





domingo, 16 de febrero de 2020

COMERCIAL E INDUSTRIAL ATENAS Y LOS DRACMAS



Probablemente, en el origen de la extraordinaria fortuna de Atenas estuvo su  pobreza.  Los  habitantes del Ática no hubieran podido elegir, como patria, un rinconcito de mundo más estéril, árido y sediento; de  sus doscientas mil y pico de  hectáreas, una buena mitad no es cultivable, ni siquiera ahora  con  la  aplicación de la técnica moderna. La otra mitad exigía heroísmo y  prodigios  para  exprimir  los  típicos  frutos de las tierras pobres: vino, aceite e higos. Tampoco las grandes obras de irrigación y saneamiento emprendidas por Pisístrato permitieron cosechas  de  cereales para saciar el hambre  de más de una  cuarta parte de   la población, y la carencia de pastizales impidió el desarrollo del pastoreo.

 

Los atenienses  hicieron  de  la  necesidad  virtud,  y un poco como los toscanos de dos mil  años  después (que mucho se les parecen, en lo bueno y en lo malo) aprendieron a aprovechar al máximo sus magros recursos y a administrarlos con sensatez. Parece imposible, pero la civilización entendida como sentido de mesura, de armonía, de equilibrio y de racional claridad, tiene siempre como  abono la avaricia de  la tierra  y la parsimonia de los hombres,  que  encuentran  en ello un estímulo para su propia iniciativa. No teniendo como producto base más que el aceite, los atenienses comprendieron en seguida todos sus posibles aprovechamientos culinarios, químicos y combustibles. Los pueblos podrían reagruparse en dos  categorías:  los que  van  al  aceite  y  los  que  van  a  la  mantequilla.  Y no cabe  duda  de  que  la  civilización  nació  entre los primeros.

 

Condicionada por esa pobreza, la dieta de los atenienses era sobria,  lo  que  explica  su  buena  salud  y su preeminencia deportiva. Quien se haya hecho una idea de ella por los relatos homéricos, donde un cabrito asado era un desayuno normal, va descaminado. En Atenas sólo  los  ricachones  comían  carne  de  vez en cuando. Y si el pescado en salazón era algo más común, el fresco representa una preciosa y costosa delikatesse. Los campesinos no conocen más que los cereales: lentejas, habas, guisantes, cebollas, coles y ajos. Sólo los días festivos le tuercen el cuello a un pollito o confeccionan un dulce con  huevos  y  miel, pues todos crían gallinas y son apicultores. Pero tampoco el ciudadano medio se aleja de este régimen. Hipócrates, el primer médico laico, exclama escandalizado: «¡Decir que hay gente que come hasta dos veces al día y lo considera normal!».

 

Un  poco  mejor  se  anda  en  cuanto  a  industrias  de extracción. La primera fue la de la  sal,  que  durante cierto tiempo constituyó incluso moneda de  cambio; tan es verdad que, para hacer el elogio de una mercancía, se  decía;  «Vale  su  sal.»  Los  atenienses no buscaron jamás el carbón, que por lo demás no existía. Como combustible, se servían solamente de leña, y eso fue su desgracia porque en  un  abrir  y cerrar de ojos destruyeron los pocos bosques que circundaban la ciudad, y Pericles encontró ya  una  Atenas encerrada en un mar de pedruscos, que hasta para la madera dependía de las importaciones. Sus geólogos hurgaron las entrañas de la  tierra  para  extraer  plata, hierro, cinc, estaño y mármol. Precisamente cuando  Pericles  tomó  el  poder,  Atenas  era  presa  de una «fiebre de la plata» a causa de un rico filón descubierto en Laurion. Todo el subsuelo pertenecía al Estado, el cual no administraba directamente las minas, pero las daba a contratistas que pagaban  un  tanto al año más un tanto por ciento sobre el producto, y que las explotaban con el trabajo de los esclavos. De éstos había, en el siglo v, entre diez y veinte mil empleados en esa labor en condiciones inauditas. Los empresarios  los  alquilaban  a   los   mayoristas   a cien liras diarias cada uno. Y,  naturalmente, con  salarios de este tipo, las ganancias eran enormes. En el primer presupuesto de Pericles representaban uno de los ingresos mayores del Estado: cerca de doscientos cincuenta millones de liras.

 

El  beneficio  del  mineral   era  primitivo,   pero   ya se conocía el mortero, el filtro y el lavado. Los resultados debían de ser apreciables porque,  por  ejemplo, las monedas  de  plata tenían una pureza  de  hasta el noventa y cinco por ciento, y el  artesanado  ateniense  fue  de  los  mejores organizados y  más famosos por la perfección de sus productos. Por ejemplo, quien fabricaba espadas no hacía escudos, y viceversa, porque cada una de estas especialidades era monopolio de un determinado  gremio  de  armeros.  Naturalmente,  no se trataba de verdaderos complejos  industriales,  sino de una teoría de talleres, celoso cada  uno  de  su propia independencia, y con esclavos en lugar de máquinas. Todos los demás conspicuos ciudadanos de Atenas eran un poco industriales, por cuanto cada uno poseía uno, o varios de esos pequeños  talleres:  hasta Pericles y Demóstenes eran propietarios de ellos. Y esto tuvo su importancia, pues una población de carácter predominantemente industrial acaba siempre desarrollando una política diferente a la de las poblaciones rurales.

 

En primer lugar, tiende a dar prioridad a los problemas del comercio y de  las  finanzas. Para compensar las importaciones de productos alimenticios, los atenienses hubieron de proceder a la exportación de manufacturas, y por ende a una producción suficientemente masiva. He aquí por qué la civilización ateniense fue exquisitamente ciudadana. Si hubiese debido medirse sobre las proporciones y los recursos del campo ático, Atenas se hubiera quedado en poco menos que un burgo.  Para convertirse  en una capital no le cabía más que desarrollar al máximo su artesanía industrial, asegurándole mercados de salida. Mas  éstos no podían encontrarse en el interior de la tierra helénica a causa de las dificultades de comunicación. Los atenienses no fueron grandes constructores de caminos como los romanos. Construyeron sólo y malamente, la Vía Sacra hasta Eleusis, pero dado que el provecho no compensaba los gastos, ni siquiera la empedraron. Sobre el piso fangoso,  los  carros  tirados  por bueyes se atascaban. Y por esto en Grecia jamás se desenvolvió ni un servicio postal  ni  una  industria de hospedaje.

 

No quedaba, pues, más que el mar. Atenas con su Pireo  fue  un  Milán  con  Genova  a  diez  kilómetros.  Y después de Salamina se erigió en dueña del Mediterráneo oriental. Su flota contaba ya con naves de más de doscientas toneladas con velocidades de hasta quince kilómetros por hora, con  esclavos  a  los  remos y velas al viento. Eran cargueros, pero también transportaban pasajeros, cuya tarifa variaba según el peso personal y el de los equipajes, pues se les consideraba como sacos de trigo o de patatas. Debían traerse consigo las vituallas para el viaje y no se les proveía siquiera de una silla. Pero en general eran tarifas  bajas: por quinientas liras se podía ir a Egipto.

 

La cosa más difícil de reglamentar era el sistema monetario y bancario, y  ahí  Atenas  comprendió  lo que los  italianos,  en  cambio,  jamás  comprenderán: o sea, la única manera  de  ser  taimado  y  de  no  serlo. Mientras todos los Estados practicaban la mezquina astucia de la desvalorización,  Atenas  practicó una honradez que no estaba en  las  costumbres  y  en  la moralidad de sus ciudadanos, dando un valor estable a la propia dracma, como el del franco suizo y el dólar americano, y convirtiéndola, por tanto, en moneda de cambio internacional. Una dracma tenía seis óbolos, que valían cerca de cien liras cada uno, y contenía una determinada cantidad de  plata  que  jamás fue alterada. Mientras combinando negocios en cualquier otra moneda se arriesgaba uno  a  acabar como han acabado nuestros ahorradores con los bonos del Tesoro, con el dracma uno podía estar tranquilo: en todos los países del  mundo  su poder  adquisitivo  era el equivalente a una medida de trigo.

 

Por ser de metal, no era fácilmente transportable. Pero precisamente por esto surgieron  los  Bancos, cuya historia nos permite  calibrar  la  hipocresía  de los atenienses y la infinidad de sus recursos. Consideraban inmoral el préstamo con interés, y durante algunos siglos obligaron a los ahorradores a esconder sus cuartos en un calcetín de lana. Luego se dieron cuenta de que aquellos  capitales quedaban  sustraídos al ciclo productivo. Y entonces, pese a seguir prohibiendo los Bancos, consintieron que los ahorros fuesen depositados en las iglesias. Comprenderéis:  una  vez que uno confía su peculio a la diosa Palas, por ejemplo, en  el  aspecto  moral  se  ha  puesto  en  su  sitio. Y en cuanto a Palas, ésta es libre de hacer  lo  que quiera de los dineros: hasta de prestarlos  a  un  fiel suyo bajo compromiso de  restituirlos  con  intereses. Es eso tan verdad que cuando Atenas propuso a los demás Estados la constitución de un fondo común, o  sea de un Banco internacional, ¿quién fue nombrado presidente? Apolo de Delfos.

 

Ahora bien, sucedió que esos dioses-banqueros se comportaron todo lo contrario que Giuffré. A quien depositaba su capital en sus institutos, ellos  daban, como rédito, el dos o tres por ciento.  Pero a  quien  lo iba a pedir  en  préstamo,  le  exigían  hasta  el  veinte por ciento de interés. Temístocles, que en las guerras persas había ganado no sólo los galones de generalísimo, sino también algo  así  como  trescientos  millones de liras, y no sabía dónde meterlas,  fue  el  primero, parece ser, que se dirigió a un particular de Corinto, un tal Filostéfano, que le  garantizó  el  cinco por ciento. En Atenas, cuando lo supieron, no se alarmaron tanto del hecho de que un general hubiese acumulado un patrimonio  tan ingente,  cuanto de que los  capitales  huyesen  al  extranjero.  Y  se   decidieron a autorizar cambistas que, por la mesa a la que se sentaban, se llamaron  trapezitas,  y  que  poco  a  poco se convirtieron  en verdaderos  banqueros.   Entre ellos se hicieron  famosos  y  omnipotentes Arquestrato y Antístenes, los Rothschild de Atenas. Así estalló el boom comercial, garantizado por la supremacía naval, por la estabilidad de la moneda y por el sistema crediticio. Atenas no exporta ya tan sólo sus productos manufacturados para pagar los géneros alimenticios. Sus armadores facilitan el vehículo para la circulación de todo el comercio mediterráneo y sus banqueros proporcionan las dracmas para todas  las  transacciones. En El Pireo se fletan todos  los  mercantes,  hacen escala todas las mercaderías y etapa todos  los  viajeros. He aquí por qué toda cosa y toda persona se convierte en algo de casa. «Se encuentra —decía Isócrateslo que es imposible procurarse en otras partes.» Se calcula que,  sólo  en  un  impuesto  del  cinco por ciento sobre los fletes, el Estado ingresaba quinientos millones de liras al año. Pero  los  efectos  no eran tan sólo económicos, sino también morales y espirituales. Pues fue esa su vocación de gran emporio internacional lo que hizo de Atenas la ciudad más cosmopolita y menos provinciana de Grecia; más aún, del mundo antiguo. Y se lo debió a la pobreza del rinconcito del mundo donde Teseo y los demás fundadores habían hecho instalar el pequeño pueblo del Ática.

( Indro Montanelli )