El
amor es el pasatiempo de los ociosos.
Continuación del blog "APASIONADOS DEL IMPERIO ROMANO", de Xavier Valderas. Se crea porque ya no se pueden subir más etiquetas debido al extenso blog anterior, con más de 10.500 entradas.
Mostrando entradas con la etiqueta DIÓGENES LAERCIO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DIÓGENES LAERCIO. Mostrar todas las entradas
jueves, 23 de abril de 2020
sábado, 11 de abril de 2020
FILOLAO
Filolao (en griego: Φιλόλαος, Filólaos) (ca años 470 a. C. – ca.
años 380 a. C.) fue un matemático y filósofo griego pitagórico y presocrático.
Consideró que toda la materia está compuesta por cosas limitantes e ilimitadas,
y que el universo está determinado por números. Se le atribuye haber originado
la hipótesis de que la Tierra no era el centro del Universo, teoría comprendida
en el sistema astronómico pitagórico.
Era natural de la Magna Grecia,
antigua región el sur de Italia con numerosas colonias griegas. No se sabe con
seguridad de que colonia era originario: Crotona, Tarento o Metaponto.
Participó y desarrolló la
cosmología pitagórica entendiendo un universo regular, predecible y aritmético
en el cual giran planetas y astros. Entre ellos aparece la Tierra, que gira en
una órbita circular, por lo que aparece dotado de movimiento, a diferencia de
los universos de los jonios. Además, explicó el movimiento diurno de la Tierra
en base al giro en torno a un punto central fijo en el espacio.
Diogenes Laercio reproduce, sin
darla por auténtica o falsa, la versión contemporánea de que Filolao habría
sido autor de un libro, que Platón habría comprado a sus descendientes
por una importante cantidad de plata (40 minas alejandrinas) o recibido de un
discípulo pitagórico al que habría ayudado cuando era perseguido por la
justicia, para luego usar el texto como inspiración, fuente o molde de copia
para su propia obra Timeo.
El cráter lunar Philolaus lleva
este nombre en su memoria.
Etiquetas:
ARESAS,
CEBES,
DEMETRIO DE MAGNESIA,
DIÓGENES LAERCIO,
FILOLAO,
PERSONAJES ANTIGUA GRECIA,
PITÁGORAS,
PLATÓN,
SIMMIAS,
SÓCRATES
jueves, 9 de abril de 2020
ESQUINES DE ESFETO
Esquines de
Esfeto, conocido también como Esquines socrático, fue un filósofo discípulo de Sócrates
que vivió entre el siglo V a. C. y el siglo IV a. C. Los historiadores le
llaman «Esquines socrático», para distinguirle del orador ateniense, también
llamado Esquines.
Es mencionado en el Fedón de Platón como
uno de los que estuvo presentes a la hora de la muerte de su maestro en el año
399 a.C.
Según
Diógenes Laercio, Esquines escribió siete diálogos socráticos:
⦁ Alcibiades
⦁ Aspasia
⦁ Axiochus
⦁ Callias
⦁ Miltiades
⦁ Rhinon
⦁ Telauges
lunes, 6 de abril de 2020
METRODORO DE LÁMPSACO (EL JOVEN)
Metrodoro de Lámpsaco (el joven)
(en griego, Μητρόδωρος ο Λαμψακηνός, Mētrodōros o Lampsakēnos) (331 a. C.-277
a. C.) fue un filósofo griego de la escuela epicúrea. Aunque es uno de los
mayores exponentes del epicureísmo, sólo se conservan fragmentos de su obra.
Era nativo de Lámpsaco, ciudad
griega del Helesponto. El nombre de su padre era Ateneo o Timócrates y
el de su madre, Sande. Junto con su hermano Timócrates, acudió a la
escuela que Epicuro había levantado en su ciudad natal. Timócrates
pronto rompió con su hermano y con Epicuro, dedicándose el resto de su vida a
esparcir maliciosas habladurías sobre ambos. Metrodoro, por su parte, pronto
llegó a ser el discípulo más distinguido de Epicuro, con el cual vivió en
términos de la más estrecha amistad, y al que siguió más tarde a Atenas. No se
separó nunca de él, excepto una vez, por un período de seis meses, cuando hizo
una visita a su hogar.
Murió a los 53 años de edad, siete
años antes de que falleciera Epicuro, que le habría designado sucesor si
hubiera sobrevivido. Su esposa se llamaba Leontia. Dejó un hijo, al que
llamó Epicuro, en honor a su maestro, y una hija, de cuya educación se ocupó su
maestro, que los dejó al cuidado de Aminómaco y Timócrates de Potamo,
para que los criaran bajo su tutela y la de Hermarco.
Los días 20 de cada mes, los
discípulos del Jardín celebraban una fiesta para honrar a su maestro y a
Metrodoro.
Diogenes Laercio mencionó
una carta de Epicuro:
"Todos mis libros se
entregarán a Hermarco. Y si algo le sucediera a Hermarco antes de que crezcan
los niños de Metrodoro, Aminomaco y Timócrates darán de los fondos que legamos,
en la medida de lo posible, lo suficiente para sus diversas necesidades,
siempre que estén bien ordenadas. Y que se ocupen del resto según mis
disposiciones, para que todo se pueda llevar a cabo, en la medida en que esté
en su poder. De mis esclavos manumito a Mis, Nicias y Licón, y también le doy a
Fedrio su libertad ".
La filosofía de Metrodoro parece
haber sido de un género más sensual que la de Epicuro. La perfecta felicidad,
según el relato dado por Cicerón, consistiría en tener un cuerpo bien
constituido e inteligente y en mantenerlo siempre así. Según Séneca, Epicuro
colocó a Metrodoro entre aquellos que obtienen ayuda para abrirse camino hacia
la verdad.
Diógenes Laercio da la siguiente
lista de sus obras:
Contra los médicos (3 vol) – Πρὸς
τοὺς ἰατρούς, τρία
Sobre las sensaciones – Περὶ αἰσθήσεων
Contra Timócrates – Πρὸς
Τιμοκράτην9
Sobre la magnanimidad – Περὶ
μεγαλοψυχίας
Sobre la salud de Epicuro – Περὶ τῆς
Ἐπικούρου ἀρρωστίας
Contra los dialécticos – Πρὸς τοὺς
διαλεκτικούς
Contra los sofistas (9 vol) – Πρὸς
τοὺς σοφιστάς, ἐννέα
Sobre el camino de la sabiduría –
Περὶ τῆς ἐπὶ σοφίαν πορείας
Sobre el cambio – Περὶ τῆς μεταβολῆς
Sobre la riqueza – Περὶ πλούτου
Sobre la nobleza – Περὶ εὐγενείας
Contra Demócrito – Πρὸς Δημόκριτον
Metrodoro también escribió contra
el Eutifrón, y contra el Gorgias de Platón. Pequeños fragmentos de la obra
Sobre la riqueza se encontraron entre los restos carbonizados de la Villa de
los Papiros de Herculano. Filodemo hizo uso de este trabajo para
algunos de los suyos. Este autor cita a Metrodoro como autor de la opinión de
que la pobreza de los cínicos debía ser rechazada en favor de una vida más
acomodada, aunque la riqueza no sea la felicidad.
viernes, 3 de abril de 2020
ARISTIPO DE CIRENE
Aristipo (435 a. C. - 350 a. C.)
fue un filósofo griego fundador de la escuela cirenaica que identificaba el
bien con el placer.
Nació en la ciudad africana de
Cirene en 435 a. C. Cuando fue a presenciar los juegos olímpicos fue traído por
la fama de Sócrates, lo buscó y se hizo su discípulo. Estuvo con el maestro
hasta su ejecución, volvió a su patria, donde en sus últimos años enseñó
filosofía para mantenerse. Fue el fundador de la escuela cirenaica, propugnadora
del hedonismo "cirenaico".
Tuvo una hija filósofa llamada Areta,
que fue sucesora de la escuela.
Sus ideas, algo semejantes en el
punto de partida con las socráticas, divergen de ellas notablemente en el
fondo. Partiendo del dicho de Protágoras de que «el hombre es la medida
de todas las cosas», empezó por despreciar la dialéctica y dar importancia solo
a la ciencia positiva. Defendió el nominalismo y el sensismo, al igual que Antístenes,
pero diferenciándose radicalmente de él por su ética. La felicidad para
Aristipo consiste en el placer; a mayor placer, mayor felicidad; y, como el placer
más intenso es el sensible, este es el que hay que perseguir. Dentro del placer
sensible solo interesa el placer presente (parón páthos), sin que tengamos que
preocuparnos por el futuro, ya que este es incierto. La σωφροσύνη (sofrosine),
la prudencia, es la que guía en la búsqueda del placer, para saber elegir el
más adecuado; pero el hombre no debe ser dominado por el placer, sino dominarlo
(en lo que hay una cierta atemperación del hedonismo) (Diógenes Laercio,
XI, 65104).
Desea que el hombre sea siempre
superior a sus instintos básicos y así su placer se combinaba con una relativa
libertad de espíritu. Tal superioridad la produce la cultura de la
inteligencia. En ese punto se aproximaba a Sócrates, que consideraba
también la ciencia como condición indispensable para la humana felicidad. Pero
Arístipo reducía toda la ciencia y sus ventajas al dominio del sentimiento
individual. La virtud, por tanto, no era para él más que la moderación en la
fruición, pero moderación interesada, para que no se agote la fuente del
placer.
Con la inteligencia cultivada
distinguía los placeres sensuales de los intelectuales, los puros de los que
llevan mezcla, los egoístas de los desinteresados. Aristipo es el primero de la serie
de filósofos hedonistas, cuyo pensamiento prosiguen en cierto modo Epicuro,
Hobbes, Locke, Hume, Bentham, Stuart Milll y Spencer. Éstos aceptan el placer
como el bien, pero a diferencia de Aristipo, los placeres intelectuales son
preferibles a los del cuerpo.
Según Diógenes Laercio, escribió
multitud de obras, muchas de carácter frívolo y ajenas al campo de la
filosofía. Ninguna de ellas subsiste. Se conservan cuatro Cartas bajo su
nombre, evidentemente apócrifas.
lunes, 30 de marzo de 2020
ARISTÓTELES Y PLATÓN
Entre los alumnos de la academia,
el que más lloró la muerte del Maestro fue Aristóteles, que, no bastándole con llevar luto, elevó un altar en su honor. Mas, ¿le fue esto sugerido por el afecto o por un poco de mala conciencia?
Había venido a Atenas de Estagira, pequeña colo-nia griega en
el corazón de Tracia. Pertenecía también a una buena familia burguesa; su padre había sido, en Pella, el doctor de confianza de
Amintas, padre de Filipo y abuelo de Alejandro. Y por él
había sido iniciado en los estudios de medicina y de anatomía. Pero, al conocer a Platón, le ocurrió lo que a éste al conocer a Sócrates; su vocación cambió de rumbo, sin que, empero, su temperamento lo siguiera.
Aristóteles siguió siendo discípulo
de Platón
durante veinte años, siendo probable que los primeros los hubiese pasado bajo
la fascinación del Maestro, el cual tema lo que a él le faltaba:
la poesía. Platón no seguía un riguroso sistema científico ni como
método de enseñanza ni como doctrina. Era, más que un pensador, un artista que, pese a su manía de encuadrar las ideas en un orden geométrico
y en una jerarquía determinada,
no llegó jamás a dominar su propio carácter
pasional, que le llevaba invariablemente a las contradicciones. Amaba las Matemáticas
precisamente porque en ellas buscaba el rigor del que carecía.
Mas el que quiera estudiar sus teorías debe filtrarlas, como las pepitas de oro en el fango, de su prosa cenagosa y elaborada, llena de
divagaciones literarias
y de ilustraciones poéticas. Él mismo reconocía ser incapaz de escribir un «tratado». Prefería los «diálogos» porque se prestaban más a la improvisación y a las digresiones. Hasta como cronista no se fija mucho en la sutileza. El retrato que nos ha dejado de Sócrates es ciertamente
«verdad», pero es una verdad
obtenida por medio de anécdotas que el mismo retratado reconoce
como inventadas de raíz. Platón es un escritor, y como tal describe sus personajes con un vivacísimo sentido dramático, que, claro, se da de bofetadas con la realidad.
Es imposible, dada su vastedad, resumir la doctrina de Platón. Pero resulta bastante claro qué clase de hombre fue. Nietzsche le llamó «un precristiano» por algunas de sus anticipaciones teológicas y morales. Tuvo, naturalmente, una religiosidad peculiar, pero muy confusa, en la cual el concepto
del pecado y de la purificación se mezclan a extrañas creencias pitagóricas y orientales sobre la transmigración de las almas. En el terreno moral, es un acérrimo puritano. Y en política un totalitario que, de vivir hoy,
recibiría el «premio Stalin».
Propugna la censura en la Prensa, el control del Estado sobre los matrimonios y la educación, proclama la
disciplina como más importante que la verdad. Sus últimos Diálogos son
descorazonadores: el heredero de la gran cultura ateniense entona himnos a Esparta y aprueba el apartamiento a que ésta había sometido la poesía, el arte y la propia filosofía. Como coherencia, por parte del antiguo discípulo de Sócrates, no estaba mal.
Nadie tal vez ha tenido nunca más que Aristóteles, el sentido exacto de las confusiones y de las contradicciones en que incurría Platón, cuando, con los años, aprendió a mirarle con ojos desapasionados y críticos. No es que le hubiese faltado jamás al respeto. Antes bien, por lo que cuenta Diógenes Laercio, se hizo notar por
el Maestro no sólo como el más inteligente,
sino también el más diligente de los discípulos. Pero bajo aquella aparente docilidad,
estaba preparando ya sus refutaciones.
Muerto Platón,
Aristóteles emigró a la Corte de Hermias, un tiranuelo del Asia Menor, con cuya hija Pitia se casó. Y se
disponía a fundar allí una escuela propia bajo los auspicios del dictador, que había estudiado
con él en la academia, cuando los persas lo mataron y se anexaron el Estado. Aristóteles logró huir a Lesbos, donde Pitea murió después de haberle dado una hija.
El viudo volvió a casarse más tarde, o al menos convivió, con Erpilis, célebre hetaira de aquel tiempo. Pero el recuerdo de Pitia le atormentó siempre,
y al morir pidió ser sepultado a su lado: patético detalle que contrasta un poco con su leyenda de hombre
seco y frío, todo cerebro razonador,
incapaz de pasiones y de sentimientos.
En 343, Filipo, que probablemente le conocía como hijo del médico de su padre, le llamó a Pella para confiarle la educación de Alejandro. Y si esto fue, para el filósofo, un gran honor, fue también el comienzo de sus desdichas. Alejandro
sintió mucha veneración por su maestro. Durante las vacaciones le escribía cartas devotas, casi apasionadas, jurándole que, una vez hubiese heredado el poder, lo ejercería sólo en beneficio de la cultura. No sabemos si Aristóteles, por su lado, soñaba hacer de Alejandro lo que Platón había soñado hacer de Dionisio II : el instrumento de su filosofía. Pero creemos que no : era un hombre demasiado desencantado para entregarse a semejantes ilusiones. Sin embargo, desempeñó
su cometido de tal modo que Filipo, como premio, le hizo gobernador de Estagira, donde
su obra fue tan apreciada que a
partir de entonces la fecha de
su onomástica. fue celebrada como un aniversario festivo.
Terminada su
misión, volvió a Atenas, donde fundó, en competencia con la academia, el famoso
liceo que, a diferencia de aquélla, notoriamente aristocrática, reclutó sus alumnos entre la clase media. Pero el contraste no se limitaba ahí; afectaba también a la sustancia y los métodos de enseñanza. Aristóteles apuntó sobre todo a la ciencia y modeló sus criterios sobre las exigencias de los estudios científicos.
Con un sentido muy claro de la división
del trabajo, reunió a sus alumnos en grupos, a cada uno de los cuales confió un concreto cometido escolástico. Unos tenían que recoger y catalogar los órganos y las costumbres de los animales, otros los caracteres y la clasificación de las plantas, otros más compilar una historia del pensamiento científico. El hijo del médico había
heredado de su padre y de sus primeros estudios de Anatomía en Pella el gusto por la noción exacta sobre lo particular concreto. Su pensamiento no procedía, como
el de Platón, por líricas ilustraciones y
adivinaciones poéticas,
sino por inducciones razonadas sobre hechos experimentales. Su Organon,
que quiere decir «instrumento», es un documento de apiñamientos. Antes
de formular una
teoría. Aristóteles quiere que se haya aclarado también el sentido de las palabras con las cuales se dispone a enunciarla. Nos explica que son las «definiciones», las «categorías», etc. Es, en suma, el verdadero «profesor».
Es muy probable que no suscitase ni entre sus alumnos ni entre sus amigos —si es que los tuvo— el afecto y la simpatía que inspiraba Platón.
Era hombre reservado, casi impenetrable, un
trabajador metódico, sujeto al horario como un burócrata. De sus jornadas, todas iguales,
dedicaba la mañana a las lecciones para los estudiantes regulares. Pero no las daba desde la cátedra, sino
paseando con ellos
a lo largo de los peripatoi, o sea los pórticos que circundaban el colegio y que precisamente dieron
el nombre a la escuela peripatética, o
sea «paseante». Por la tarde abría también las puertas al público profano, a quien daba conferencias sobre problemas más elementales.
Pero el máximo empeño lo ponía en el cuidado de la biblioteca, del parque zoológico y del museo natural. Para organizarlos, había tenido, naturalmente, ayuda financiera de Alejandro, quien
ordenó además a todos sus cazadores, pescadores y exploradores que mandasen todo cuanto de interés científico encontraran.
En realidad, Aristóteles era más bien
un científico que llegó a la
Filosofía inductivamente,
especialmente por la biología. Fue el primero en intentar una clasificación de las especies animales dividiéndolas en «vertebrados»
e «invertebrados», en
esbozar la teoría de la generación, y en intuir los caracteres hereditarios. Llegó a los problemas biológicos
del alma pasando a través de los anatómicos del cuerpo, y los afrontó con el mismo escrúpulo de exactitud y de observación.
Solamente sobre una cosecha impresionante" de datos y de experiencias, a las que dedicó su vida propia y la de una generación entera de estudiosos, construyó su sistema filosófico, destinado a permanecer como
un insuperable ejemplo
de «planificación». Escribía mal. Su prosa es fría, sin palpitación, sin la dramática vivacidad de la de Platón. Se repite y se contradice. Este maestro del razonamiento a menudo razona a despropósito. Especialmente
cuando se enfrenta con la Historia cae en errores garrafales, porque, creyéndola fruto de la Lógica, no recoge en ella los motivos pasionales, que son en cambio los que la determinan. Mas eso no es óbice para que su obra permanezca acaso la más grande y rica construcción de la mente humana.
No se sabe casi nada de su vida privada, tal vez porque fuera de la escuela no la tuvo. Se conoce tan sólo una flaqueza suya:
la de los anillos, de los
que se llenaba los dedos hasta ocultarlos todos. De política no se ocupó más que en un plano teórico, propugnando una timocracia, es decir, una combinación de aristocracia y de democracia, que garantice las competencias y reprima los abusos de la libertad sin caer en la tiranía. Era, como se ve, mucho menos radical
que Platón y, por tanto, se
nos hace difícil atribuir a esas doctrinas
la causa de su desgracia.
El hecho es que
Aristóteles no era popular en Atenas, un poco por su carácter austero y huraño, pero sobre todo por sus vínculos con el amo macedonio. Y, encima, existía
la rivalidad entre el liceo y la academia, que le creaba antipatías.
Cuando
Alejandro murió, Aristóteles fue acusado de «impiedad». Era la acostumbrada
excusa a la que se recurrió en el caso de Sócrates. De sus libros
fueron entresacadas algunas frases que, tomadas aisladamente, podían sonar a
irreverentes; método que, desde entonces, no ha caído jamás en desuso. Entre
otras Cosas, le echaron en cara también los honores que él había tributado siempre a la memoria de su
suegro Herméiades, no tanto porque éste se había vuelto un rano, cuanto
porque había nacido esclavo.
Aristóteles comprendió que era inútil defenderse y a escondidas abandonó
la ciudad. «No quiero —dijo— que Atenas se manche con otro delito contra la filosofía.» El tribunal le condenó a muerte por contumacia y tal vez pidió su extradición al Gobierno de Cálcida, donde se retiró en casa de sus parientes maternos. Sea
como fuere, no hubo incidente diplomatico, pues Aristóteles murió repentinamente,
no se sabe si de una dolencia de estómago o, como Sócrates,
por ingerir cicuta.
Su
cuerpo se sumió en la fosa casi al mismo tiempo que el de su ex alumno Alejandro.
( Indro Montanelli )
Etiquetas:
ALEJANDRO MAGNO,
AMINTAS,
ARISTÓTELES Y PLATÓN,
DIÓGENES LAERCIO,
ERPILIS,
FILIPO II DE MACEDONIA,
HERMÉIADES,
HERMIAS,
INDRO MONTANELLI,
NIETZCHE,
PERSONAJES ANTIGUA GRECIA,
PITIA,
PLATÓN,
SÓCRATES
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
























































