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domingo, 12 de abril de 2020

PASIÓN DE ATENAS



Pasión (griego antiguo Πασίων, Pasíôn) fue un célebre banquero ateniense de la época clásica (hacia 430-370 a. C.).  Su trayectoria y la de su familia son características de una ascensión social exitosa, desde el estatus de esclavo al de ciudadano y liturgo. Las fuentes disponibles, esencialmente judiciales, diseñan el retrato de un personaje talentoso mezclado en negocios complejos al límite de la legalidad.

Hay poca información disponible sobre la juventud de Pasión, incluyendo su origen, que permanece desconocido. Jeremy Trevett ha emitido la hipótesis de un origen fenicio:​ tiene un nombre griego, pero ello no significa necesariamente que lo fuera, ya que los esclavos de origen bárbaro podían ser denominados con otro nombre por su propietario. La obscuridad de su carrera inicial está unida al hecho de que Pasión desarrolló primero su talento en el manejo de dinero como esclavo de los más antiguos trapezitas conocidos de Atenas, sus amos Antístenes y Arquéstrato, probablemente en los últimos años del siglo V a. C.



Como muy tarde en 395 a. C.,​ estos últimos, «en quien él había inspirado confianza por su integridad y honestidad»,​ le transmitieron su negocio, después de haberle manumitido en fecha desconocida. Fue entonces, como meteco, cuando Pasión volvió a comprar el establecimiento bancario de sus antiguos dueños,​ quizás después de haberlo alquilado algunos años,​ y sin ser, en cualquier caso, el propietario de los edificios dado que los metecos no podían ser propietarios hipotecarios en Atenas.


En una fecha desconocida, pero antes del 395 a. C., Pasión se había casado con Arquipa, sin duda hija de un meteco, con la que tuvo dos hijos, Apolodoro (nacido en 394 a. C.) y Pasicles (nacido en 380 a. C.)​ Arquipa era probablemente muy joven cuando se casó con Pasión, puesto que su primer hijo Apolodoro nació en el año 394 a. C., y aún tuvo dos hijos después de su segundo matrimonio, con Formión, en 368 a. C.


Pasión desarrolló relaciones de negocios con los medios mercantiles de Atenas y de El Pireo (los locales del banco estaban situados en el puerto:​ en 377 a. C., el padre de Demóstenes disponía de un depósito de 2400 dracmas en el banco de Pasión).​ Sin embargo, no practicaba más que el crédito comercial (préstamo a la gruesa ventura): los negociantes (emporoi) clientes de Pasión, como Licón de Heraclea por ejemplo,​ se contentaban con solicitar operaciones de cambio y de depósito.​ Pasión podía acordar a cambio darles préstamos personales, como lo hizo con los grandes personajes de Atenas, aunque estos descuidaban liquidar sus créditos: fue el caso, por ejemplo, del estratego Timoteo, lo que obligó al hijo de Pasión, Apolodoro, a intentar un proceso contra él. En este último caso, el hecho de que Apolodoro no reclamara intereses, y que el préstamo hubiera sido establecido por Pasión «sin fianzas ni testigos»,​ parece indicar que este último «lo hizo, no sólo por amistad, sino también porque tenía la esperanza de obtener algunas ventajas a través de la influencia del general».​


Pasión no se contentó con invertir en la actividad bancaria, y poseía también una fábrica de escudos, lo que le permitió hacer una donación de 1000 escudos a la ciudad (lo que representaba un valor total de la mercancía de 3 talentos y 2000 dracmas).​ La generosidad de Pasión con Atenas es subrayada por los oradores áticos: «no era un hombre que quisiera apropiarse de los bienes del Estado; era más bien pródigo en obedecer las órdenes de la ciudad».​ Sus vínculos con los dirigentes atenienses le permitieron obtener la ciudadanía ateniense «por los servicios rendidos a la ciudad»,​ probablemente en 376 a. C.,​ algunos años antes de su muerte.


Mientras tanto fue un ciudadano ejemplar, participando en numerosas liturgias, equipando sobre todo cinco trirremes (a razón de alrededor de un talento por cada uno​ en el marco de la trierarquía​) en una época en la que la ciudad emprendió el reforzamiento de su poder naval unido al desarrollo de la Segunda Liga ateniense. Por otra parte, sabiendo que en Atenas únicamente los ciudadanos podían poseer un patrimonio hipotecario o construido, aprovechó su nuevo estatus jurídico para adquirir un número espectacular de bienes inmobiliarios en poco tiempo, si se juzga por los 20 talentos de bienes raíces que disponía a su muerte;​ entre sus posesiones destacaron sobre todo dos inmuebles, dos edificios de renta y su casa de El Pireo.


Los alegatos civiles redactados por Demóstenes constituyen la principal fuente sobre Pasión.El gran éxito de Pasión se explica por un contexto favorable: en el primer cuarto del siglo IV a. C. la economía ateniense era globalmente frágil, pero el elevado nivel de las tasas de interés en esta época, y la extensión de la especulación y del crédito,​ sustentaban el desarrollo de la actividad bancaria. Por otra parte, si esta última era particularmente arriesgada —se conocen numerosas quiebras de bancos que no disponían de suficientes fondos de rotación y enfrentados a los reintegros masivos de sus clientes, por ejemplo en 371 a. C. como resultado de la victoria de Tebas sobre Esparta en Leuctra—,​ los gastos fijos (personal y construcción) eran poco importantes y el cambio, una de las principales actividades de los bancos, constituía una fuente segura e importante de provecho.


Sobre todo, Pasión era reconocido en Atenas por su competencia y su probidad, aunque fuera implicado en numerosos procesos. La gran confianza que inspiraba a sus clientes era esencial en la medida en que, si hay que creer a Demóstenes, «en el mundo del comercio y de la banca, la reputación de un hombre trabajador unida a la honestidad es de un valor incomparable: en los negocios, el crédito es el mejor de los capitales».​


Pasión, con la ayuda de los esclavos que había adquirido por su gran competencia, desarrolló así su establecimiento hasta absorber más de 80 talentos,​ de depósitos, de los cuales al menos el 30% (24 talentos) no estaban invertidos y constituían la caja capital de trabajo de la banca. ​ Cerca de la mitad de esos 80 talentos le pertenecían en propiedad.​ De hecho, a condición de ser hábil, el banco constituía en esta época uno de los mejores medios para constituir rápidamente una importante fortuna susceptible de abrir interesantes perspectivas: entre los metecos en beneficiarse con la concesión de la ciudadanía figuran numerosos banqueros.​


Las actividades de Pasión le aseguraron así de media un ingreso anual de cinco talentos durante la veintena de años que pasó al frente de su banco, e incluso once talentos los mejores años.​ Acumuló así una fortuna considerable, sin duda la más importante de esta época en Atenas: poco antes de su muerte poseía, ​ además de sus bienes mobiliarios y los de su mujer, 20 talentos en bienes inmobiliarios y más de 39 talentos en créditos, así como su fábrica de escudos, valorada en 10 talentos, con un centenar de esclavos. Raymond Bogaert estima el conjunto de los bienes de Pasión en 74 talentos en el momento en el que se retiró de los negocios en el año 371 a. C.,​ a los cuales puede añadirse el valor comercial de su banco, difícil de estimar, pero particularmente elevado si se juzga por el alquiler muy elevado pagado por Formión para explotarlo.​


Gracias a que los sucesores de Pasión (sobre todo su esclavo manumitido Formión y su hijo Apolodoro) insistieron en su honestidad y a que el éxito de sus negocios parece confirmar la confianza que inspiraba a sus clientes, se sabe de sus prácticas profesionales cuando se situaron al margen de la legalidad, lo que se explica por las fuentes sobre las que se apoyan los historiadores, esencialmente los alegatos civiles de los oradores áticos.


Es el caso especialmente de un discurso de Isócrates pronunciado al principio de la carrera de Pasión, entre 393 y 391 a. C., el Trapezítico. Según éste, el hijo de Sopeo, un allegado del rey del Bósforo cimerio, Sátiro, se encontraba (probablemente hacia 395/393 a. C.) en Atenas provisto de una fuerte suma de dinero perteneciente a su padre cuando éste, en plena desgracia y acusado de traición,​ fue encarcelado por Sátiro. El rey, temiendo que el hijo estuviera confabulado con su padre para conspirar contra su poder, exigió que regresara y que el conjunto de sus bienes fuera embargado. Con los consejos de Pasión, el hijo de Sopeo decidió «obedecer las órdenes de Sátiro, de entregarle todos sus bienes visibles valores inmobiliarios, pero cuando las sumas fueron depositadas a Pasión, no solamente negó su existencia, sino que se declaró deudor con él y con otros de sumas con intereses; en una palabra, emplear todos los medios que podían para convencer mejor a los agentes de Sátiro de que a él no le quedaba dinero».​


Convencidos estos últimos, el hijo de Sopeo quiso recuperar su dinero, pero Pasión negó que existiese dicho depósito, apoyándose en la múltiples declaraciones anteriores de su cliente que pretendían convencer a los enviados del rey del Bósforo de que era insolvente, y asegurarse de que no reconsiderase sus declaraciones en tanto que su padre estaría en una posición delicada respecto a Sátiro. Sin embargo, algún tiempo después, Sopeo fue liberado y volvió a tener el favor del rey Sátiro. Desde entonces su hijo tomó medidas para recuperar los siete talentos que le había sustraído Pasión. Este último, temiendo que su esclavo Kito revelara la malversación bajo tortura,​ eligió el contraataque: hizo desaparecer a Kito y acusó a su antiguo cliente de haberle robado seis talentos, con la complicidad de su prostatès Menexeno,​ sobornando a Kito, después de haber hecho suprimir este molesto testigo. Algún tiempo después, Menexeno descubrió que Kito trabajó siempre para su amo.



Desde entonces, Pasión no cesó de tergiversar, pretendiendo, para sustraer a Kito a la tortura, que le había manumitido (un hombre libre no podía ser torturado). Aceptó a continuación que fuera sometido a tortura pero cambió de opinión en el último momento. Después se volvió conciliador y propuso a su adversario un encuentro en un santuario. Llegado «a la Acrópolis, se cubrió para esconder su emoción, vertió lágrimas, dijo que sus problemas le habían forzado a negar su deuda, y que se esforzaría para devolver el dinero en el plazo más breve; suplicó a su adversario que le perdonara y le ayudara a esconder su desgracia, temiendo que se viera, recibiendo los depósitos, que había sido culpable de tal abuso de confianza».​ Redactó un contrato, cuando accedió a entregarse en secreto en el reino del Bósforo para pagar la cantidad debida, a fin de no perjudicar su reputación en Atenas. El contrato fue confiado a un tercero, con el encargo de destruirlo si Pasión lo ejecutaba o remitirlo a Sátiro en caso contrario. Pero poco después Pasión, logrando sobornar a los esclavos del depositario del contrato para falsificar el contenido, se negó a proceder según lo planeado con Sátiro y exigió que el contrato fuera abierto ante un testigo: en él estaba escrito que el hijo de Sopeo abandonaba la persecución de Pasión.


El juicio en el que el discurso fue pronunciado por Isócrates parece haber dado lugar a la absolución de Pasión, si se le juzgaba por su brillante carrera de banquero y por la falta de presentación de pruebas o el testimonio determinante del acusador. Sin embargo, la culpa de Pasión parece ser indudable, aunque algunos historiadores han dejado abierta esta posibilidad.​ Como subraya Raymond Bogaert, «la tentación era demasiado grande: el depósito comportaba varios talentos, la víctima era un extranjero, sin experiencia en el derecho ático; había declarado tener deudas con el banco».​


Antes de su muerte, probablemente en 371 a. C.,​ debilitado por la enfermedad (poco a poco se fue quedando ciego),​ Pasión dejó la gestión de sus negocios a su antiguo esclavo Formión, manumitido y en el que tenía plena confianza. Este último, a cambio, debía pagar, hasta que Pasicles fuera mayor de edad, un alquiler considerable a los dos hijos de Pasión, del orden de 100 minas por el banco y 60 minas por la fábrica de escudos. Además, Formión se comprometió a no abrir su propio banco, por miedo a no absorber con este establecimiento la clientela del banco de Pasión.​


A pesar de esta precaución, Pasión mostró su confianza y su amistad con su antiguo esclavo, dándole en testamento a su viuda Arquipa en matrimonio,​ (efectivo en 368 a. C.), así como una dote de cinco talentos.​ En el mismo documento, designaba a Formión (conjuntamente con un tal Nicocles) como tutor de su hijo menor, Pasicles.


El patrimonio de Pasión fue repartido en tres fases. La primera, a su muerte «bajo el arcontado de Disniqueto»​ (370/369 a. C.), en el curso del cual Apolodoro, el hijo mayor, recibió diversos bienes inmobiliarios (un dominio en el campo, una casa en la ciudad) y mobiliarios (copas y coronas de oro).​ Lo esencial debía permanecer teóricamente indiviso hasta la mayoría de edad de Pasicles, pero en 368 a. C. «ante la dilapidación de Apolodoro, que pensó que para sus gastos sólo tenía que acudir al fondo común, los tutores [sobre todo Formión] se reunieron en consejo; [...] viendo que la herencia iba a reducirse a nada, decidieron, en interés del menor, un reparto inmediato de toda ella, salvo los bienes que Formión había recibido en alquiler [el banco y la fábrica de escudos], y la mitad de la renta se atribuyó a Apolodoro».​ Una vez Pasicles alcanzó la mayoría de edad, en 364/363 a. C., se procedió a un tercero y último reparto: Apolodoro escogió la fábrica de escudos y dejó el banco, más lucrativo pero menos seguro, a su hermano.


Para cada una de las dos empresas se puso fin al arrendamiento de Formión, quien pudo abrir un nuevo banco a su nombre. Sin embargo, los dos hermanos prefirieron vivir como rentistas y hacer política,​ en vez de asumir la dirección de sus establecimientos respectivos, por lo que los alquilaron por un periodo de diez años a cuatro socios: Jenón, Eufreo, Eufrón y Calístrato.​ En esta época, estos cuatro personajes eran esclavos de Pasicles y de Apolodoro, lo que no fue aparentemente un obstáculo para el establecimiento de un contrato en su nombre con sus amos.​ Se trataba probablemente de antiguos empleados del banco de Pasión.​ Manumitidos algún tiempo después «en recompensa a sus servicios»,​ entregaron el banco a Pasicles al término del contrato de arrendamiento en 354/353 a. C., sin que se tenga constancia de si este último asumió la dirección o lo alquiló de nuevo por cien minas por año. Se sabe, sin embargo, gracias a un fragmento de Hipérides, que en 340 a. C. Pasicles y Formión se encontraban entre los 300 atenienses más ricos, en concreto entre los obligados a la trierarquía.


jueves, 9 de abril de 2020

HIPÉRIDES



Hipérides (Υπερείδης, Atenas, c. 389 a. C. - Peloponeso, 322 a. C.): político y orador ateniense, uno de los diez oradores áticos.




Discípulo de Platón e Isócrates, según una tradición nunca confirmada, fue un gran orador, político y abogado, que, entre otras muchas actividades, colaboró con Demóstenes en su oposición a la supremacía macedonia.


En el 343 a. C. denunció ante el pueblo a Filócrates, responsable de la paz del mismo nombre, por corrupción, pero Filócrates huyó antes del juicio por miedo a la más que probable sentencia desfavorable. 


Tras la derrota de Atenas en Queronea (338 a. C.), participó en la defensa de la ciudad por medio de su famoso y controvertido decreto por el cual se concedía la libertad a los esclavos y la amnistía a desterrados, así como otra serie de medias de carácter excepcional, encaminadas a enfrentar un eventual ataque de Filipo II, que, no obstante, nunca llegó a producirse. Murió asesinado por orden de Antípatro, regente de Grecia tras la muerte de Alejandro Magno, en castigo a su promoción de la Guerra Lamiaca, con el objeto de librar a Grecia y, especialmente, a su patria Atenas, del dominio macedonio.


Como orador fueron famosos sus discursos en memoria de los caídos en la mencionada Guerra Lamiaca (323 a. C.) y en defensa de la hetera Friné, acusada por Eutias, un galán desdeñado por ella, de haber hecho una sacrílega parodia de los misterios de la diosa Deméter, hecho castigado con la muerte; como no conseguía persuadir a los jueces, se cuenta que Hiperides desnudó el busto de la mujer ante ellos. Los jueces, sobrecogidos de temor religioso por el asombroso parecido de la hetera con la diosa Afrodita, decretaron su absolución.


En los años 2005 y 2008, se han publicado las editiones principes de dos discursos suyos identificados en el Palimpsesto de Arquímedes y de los que no se conocía prácticamente nada: el Contra Timandro y el Contra Diondas.​ Ambas obras arrojan nueva luz sobre la figura del orador y ofrecen datos y hechos histórico-sociales de la última mitad del siglo IV a. C. hasta ahora ignorados o escasamente documentados.


viernes, 10 de enero de 2020

FILIPO DE MACEDONIA Y DEMÓSTENES DE ATENAS

FILIPO II DE MACEDONIA



Probablemente la mayor parte de los griegos ignoraba hasta la existencia de su provincia más septentrional, la Macedonia, cuando Filipo, en 358 antes de Jesucristo, subió al trono  según  el proceder habitual en aquella comarca y en aquella Corte, o sea, una serie de asesinatos en familia. Las ciudades-estado del Sur tenían escasísimas relaciones con aquellos parientes lejanos del Norte, que, si bien hablaban su misma lengua o poco más o menos, no les había dado ni un poeta, ni un filósofo ni un legislador.



Pero tampoco los macedonios, por su lado, habían sentido jamás ninguna necesidad de meter baza en los asuntos ni en las riñas de Atenas, de Tebas y de Esparta. Eran dispersas tribus de pastores  que  vivían en régimen patriarcal, agrupadas cada una en torno a su propio principillo. Su evolución política no había seguido en absoluto la de Grecia; se había quedado en medieval. Había un rey, pero su poder estaba limitado por ochocientos vasallos, cada uno de los cuales, en su propia circunscripción, sentíase  dueño absoluto y no admitía interferencias. No iban sino raramente y a desgana a Pella,  la  capital,  que  de hecho no pasaba de ser una aglomeración de cabañas en torno de la única plaza; la del mercado. El rey, cuando había de tomar alguna decisión importante, tenía que consultarles y no siempre lograba su consenso.

 

El nuevo soberano, empero, no era, como sus predecesores, «hecho en casa». De chico le habían mandado a estudiar en Tebas,  donde  se  metió  en  las  malas compañías de los parientes y amigos de Epaminondas. No había aprovechado  mucho  las  lecciones de Filosofía e Historia. Pero  siguió  con  atención  las de estrategia que aquel gran capitán había enseñado a su ejército. Pese a las muchas lagunas de su cultura, cuando volvió entre los pastores de Pella, fue considerado un sabio. De hecho, él sabía lo que aquéllos, criados en la montaña y sin puntos de referencia, ignoraban: o sea, que Macedonia era una comarca semibárbara, que debía romper su aislamiento con el resto de Grecia y que el mejor modo de hacerlo era apoderarse de ella. Mas esto sólo se podía conseguir después de haber unificado  el  mando  de  Macedonia, o sea después de haber destruido o embridado las fuerzas feudales y centrífugas de los principillos locales.


Lo consiguió un poco por la fuerza y  otro poco por  la astucia, porque de ambas  cosas  tenía  a  porrillo. Era un pedazo de hombre listo y prepotente, guerrero intrépido, cazador infatigable, siempre dispuesto a enamorarse indistintamente de una hermosa mujer que de un guapo muchacho. Un trasfondo  de astucia  se encontraba en cada gesto suyo, hasta en el más espontáneo. Era de natural  simpático, pero  lo  sabía y se aprovechaba. El mismo Demóstenes, su  irreductible adversario,  después de haberle conocido  exclamó: «¡Qué hombre! Por el poder y el éxito ha perdido un ojo,   tiene  un  hombro  roto  y   un  brazo paralizado. ¡Y todavía no hay quien pueda hacerle poner de rodillas!»
 
Demóstenes
Por primera vez  desde su advenimiento al  trono, los «compañeros del rey», como se llamaban los ochocientos señorones macedonios, para afirmar  su  paridad con él comenzaron a frecuentar  Pella,  adonde  Filipo les atraía con fiestas, con  los  dados,  las  mujeres  y los torneos. A menudo jugaba con ellos hasta avanzada la noche. Pero su objeto no era solamente divertirles y divertirse. Entre una cacería y una borrachera  tejía  la  trama del mando único en  la  nueva  organización copiada de Epaminondas, y contagiaba a aquellos indóciles barones sus sueños de gloria y de conquista. Se impuso a quien se le resistía corrompiéndole y a veces matándole,  acaso  «por  accidente» en cacerías o torneos, sin perjuicio de conmoverse sobre el cadáver y de tributarle regias exequias. Aquel hombre de modales rudos y francos sabía mentir como el más vil de los hipócritas. Su diplomacia apuntaba lejos y no conocía escrúpulos. En pocos años puso  en pie el más formidable instrumento de guerra que haya conocido la Antigüedad antes de las legiones romanas: la falange, rígida muralla de dieciséis filas de infantes, protegida en los flancos por escuadrones de  espantable caballería. La falange no contaba más que con diez mil hombres. Pero eran, a diferencia de los demás griegos, soldados toscos, entrenados, por su  propia vida de pastores, a la disciplina y al sacrificio.

 
Con perfecta elección del momento,  Filipo  esperó que Atenas estuviese sumida en la «guerra social» que puso término a su segundo Imperio, para  adueñarse con un golpe de mano de Anfípolis, Pidna y Potidea, distritos mineros y claves del comercio ateniense con Asia. Y a  las  protestas  de  Atenas  respondió:  «Con un arte y una  literatura  como  la  que  tenéis,  ¿por qué dar importancia a esas pequeñeces?» Poco después, otras dos «pequeñeces» cayeron en sus manos: Metón y Olinto, o sea todo el oro de Tracia y  el  control del alto Egeo.

 

Dónde quería llegar Filipo, era claro. Es decir, lo habría sido si los griegos hubiesen tenido el valor de reconocerlo. Pero, otra vez más, en lugar de unirse contra la amenaza común, prefirieron pelear entre ellos. Por una cuestión de dinero, atenienses y espartanos se habían coligado contra la Liga anficiónica de Beocia y Tesalia, que, derrotada, llamó a Filipo. Éste acudió, en Delfos fue  aclamado protector del  templo de Apolo, patrono de la Liga, y  graciosamente  aceptó la presidencia honoraria de las Olimpíadas  siguientes, lo que era un poco la candidatura a  la  soberanía  sobre Grecia.

 

Finalmente, Atenas despertó; pero hizo falta la oratoria de Demóstenes para arrancarla de su pereza. Para quien ama la libertad, es bastante doloroso saber que en Grecia ésta haya encontrado su último  adalid en un hombre semejante. Pero los tiempos  no  ofrecían otro mejor. Demóstenes era hijo de un armero acomodado que, al morir, le había dejado unos cincuenta millones  de  liras,  confiados  al  cuidado  de tres administradores. Éstos los administraron tan bien que cuando Demóstenes, a los veinte años, trató de rescatarlos, no encontró ni un céntimo. Y tal vez sacara un ejemplo y una moral de esta lección.


Aquel que estaba destinado a convertirse en el más grande  o  al  menos  en  el   más   famoso, de  todos los oradores, no era  un orador nato.  Estaba afectado de tartamudez y para  curársela  dícese que se habituó a hablar con una piedrecita en la boca y a declamar corriendo en cuesta. Pero jamás fue un improvisador.  A menudo se recluía en una caverna, afeitándose solamente media  cara  para  no  ceder  a  la tentación de salir, para preparar por escrito sus requisitorias. Empleaba en ellas meses enteros y después las ensayaba y volvía a ensayar ante un espejo para estudiar todos los efectos, incluso los mímicos. Con tal de conseguirlos, no ahorraba contorsiones, alaridos, muecas. El oyente común se divertía como en el teatro. Pero nosotros estamos con Plutarco, que definió aquel método como «bajo, humillante e indigno de un hombre», y llamamos la atención sobre este juicio a muchos pequeños Demóstenes contemporáneos del país.


Demóstenes había debutado escribiendo «comparecencias» por cuenta de otros,  a  menudo  a  favor  de los dos litigantes  de  la  misma  causa.  Pero  después se convirtió en abogado  del  gran  banquero Formión y, no teniendo necesidad de dinero, se dedicó solamente a procesos célebres en defensa de  clientes  de alto copete, entre ellos la Libertad.


¿La amaba verdaderamente, o solamente vio  en ella el pretexto para labrarse una gran reputación y una carrera política?. No contestó jamás a su adversario Hipérides, que le acusó de defender la libertad de Atenas contra  Filipo  para  revenderla  a  los  persas que se la pagaban bien. Si no era verdad, era verosímil, pues la moralidad del hombre tenía bastantes lagunas. «Nada  que  hacer  con  Demóstenes  —decía su secretario—. Si una noche encuentra  una  cortesana  o  un  guapo  chico,  al  día siguiente el cliente le esperará en vano en el tribunal.» Pero era un histrión tal, que sus llamamientos a la resistencia contra el macedonio  tenían el  apasionado acento  de  la  verdad.  Contra  él  estaba  lo  que  hoy  se  llamaría «el  espíritu  de  Munich»,  el  partido  de  la  paz,  capítaneado por Foción y Esquines.
 
Hipérides
Foción era un hombre de bien, de costumbres estoicas, que batió el récord de Pericles haciéndose elegir estrategos cuarenta y cinco veces  seguidas.  Cuando un discurso suyo en la Asamblea era interrumpido por un aplauso, preguntaba sorprendido; «¿Acaso he dicho alguna estupidez?». Ni siquiera Demóstenes pudo jamás insinuar en contra de él que quisiera el compromiso con Filipo por algún interés  personal;  dijo que lo quería por estolidez y vileza. Todo  permite creer, en cambio, que Foción comprendía perfecta- mente los planes de Filipo. Pero comprendía también que Grecia no se uniría jamás para combatirlo y que Atenas sola no bastaba. Y tal vez esperaba francamente que la unificación, en vez de «en contra», se hiciese «bajo» Filipo.


No pudiendo atacarle personalmente, Demóstenes atacó a su mayor colaborador, Esquines, que era también su enemigo personal. El pretexto era fútil. Años antes, un tal Ctesifonte había propuesto en la  Asamblea que le fuese dada a Demóstenes una corona en recompensa a los servicios prestados por éste a la ciudad. Esquines le denunció por «ultraje a la Constitución». Ahora bien, la causa que se llamó precisamente «Sobre la corona», se veía en el Tribunal, y Demóstenes era el abogado de Ctesifonte. Fue un proceso no menos sensacional que el de Aspasia, y Demóstenes prodigó todo lo mejor de su repertorio: alaridos, «trémolos», llantos, carcajadas, sarcasmos y melancolía. Y, si bien no  tenía  razón,  ganó.  Esquines, condenado a una multa exorbitante, huyó a  Rodas, donde, dícese, Demóstenes siguió mandándole dinero hasta el fin de su vida.



Mas aquella victoria judicial fue también una victoria política. Demostró que el partido de  la  guerra había tomado la delantera. Por primera vez en su historia,  bajo  el  estímulo  de  la  oratoria  patriótica de Demóstenes, Atenas echó mano de fondos destinados para las fiestas, que eran considerados intocables, para  organizar  un  ejército. En  338, éste se  alineó con el de Tebas en Queronea contra Filipo,  que  derrotó fácilmente a uno y otro.


¿Había,   finalmente,   encontrado   Grecia  su    amo y unificador en el rey de su región más  bárbara  y tosca?

( Indro Montanelli )