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domingo, 25 de octubre de 2020

CÉSAR EXPLICA LAS CAUSAS BÁSICAS DE LA GUERRA CIVIL ROMANA

 

Según los historiadores, el estallido de la guerra civil se remonta al momento en que envié a Italia las primeras unidades de mi ejército a través del límite provincial del Rubicón. Esa es una manera de considerar el tema, pero desde otro punto de vista es licito afirmar que la guerra civil duró toda mi vida. Las contradicciones de concepción, procedimientos y sentimientos que existían en la época de Mario y Sila permanecían aún sin resolver; y quizá no se deba a accidente alguno el hecho de que en esta pugna mayor los protagonistas, Pompeyo y yo, hubiéramos estado desde nuestros años juveniles tan relacionados con estos dos ejemplos del pasado. Pompeyo se había hecho famoso como el más brillante de los comandantes jóvenes de Sila. Yo estuve a punto de perder la vida y casi desesperaba de poder hacerme alguna vez un nombre porque era sobrino de Mario. Desde aquella época, con grandes dificultades y peligros, conseguí reanimar en cierta medida el partido de Mario. En política se me conocía como uno de los jefes del pueblo y como un opositor de aquel tradicionalismo artificial y represivo que había defendido Sila y que en el pasado había encontrado la oposición de varios miembros de mi familia de espíritu liberal. También Pompeyo se había opuesto en varias ocasiones a la constitución de Sila y había adquirido cierto renombre de político popular, pero sólo lo había hecho cuando pareció que la constitución iba contra sus propias ambiciones personales. Era claro que a su juicio los artículos de la constitución debían aplicarse a todo el mundo, excepto a él mismo. Ahora, por fin, los reaccionarios del Senado que por envidia se habían opuesto durante tanto tiempo a Pompeyo, comenzaron a comprender que todo cuanto debían pedirle era que fuera su jefe. Naturalmente, se les ocurrió que el mejor uso que podrían dar a la posición de jefe de Pompeyo era enfrentarlo conmigo. Por supuesto, la opinión que de mi tenían esos elementos reaccionarios era tan obstinadamente injusta como la que habían tenido de Pompeyo. Yo contaba con el apoyo del pueblo y de muchos elementos del Estado que podían considerarse desdorosos; pero poseía (y no es desatinado pensar que aquellos hombres deben de haberlo observado) cierto sentido de responsabilidad y eficiencia. No era, como ellos pretendían, otro Catilina. Si llegaba a ser elegido cónsul, tomaría muchas medidas que podrían deplorar los conservadores extremos (la mayor parte de ellos, atrasados en unos cincuenta años, se oponían hasta a conceder la ciudadanía a los italianos del norte), pero no aboliría, por ejemplo, todas las deudas ni toleraría ningún género de anarquía. Tanto a Pompeyo como a mi nos habían acusado, y aún se nos acusaba, de que aspirábamos a una monarquía. En ninguno de los dos casos la acusación era justa, aunque ahora, como resultado de los acontecimientos de estos últimos cinco años, comienzo a preguntarme sí ese titulo de «rey» no es el que más me conviene. Pero es verdad que en el momento de estallar la guerra civil no se me había ocurrido semejante idea.



Los hechos, desde mi punto de vista, fueron éstos: en el transcurso de las dos generaciones pasadas nuestro imperio se había convertido en una organización demasiado grande y compleja para ser gobernada con eficacia sin un planteamiento consciente y de largo alcance. El reducido clan de nobles hereditarios que había gobernado Roma podría haber desarrollado las condiciones necesarias para un mundo en constante mutación. Pero durante las dos últimas generaciones se había hecho evidente que no podían ni querían desarrollarlas. Cuando todo mostraba la necesidad de expansionarse (lo político, lo militar, lo económico), su acción fue invariablemente restrictiva. Y continuaron justificando sus deshonrosas y peligrosas prácticas con el argumento de que respetaban y aplicaban una constitución tradicionalista. Incluso Cicerón, que siempre había estado regido por un excesivo respeto por las «familias nobles», se había dado cuenta y en un libro que publicara en esa época evidenciaba la necesidad de reorganización, de flexibilizar la política y la justicia. No obstante, para él, así como para muchos otros, esa necesidad permanecía teórica. Era incapaz de traducir a frases más comunes y precisas sus abstractas palabras: reforma agraria, fundación de colonias, ampliación de la ciudadanía, seguridad fronteriza, organización del tráfico en Roma, desagües y todas las innumerables necesidades evidentes y concretas de las cuales soy consciente y me esfuerzo por subsanar. Creo que ni siquiera ahora se da cuenta de que soy tan constitucionalista como él. Esto se debe en parte a que fui educado como un aristócrata, y en parte porque mis antepasados fueron reyes y, de acuerdo a la leyenda, dioses. Recuerdo incluso cómo me impresionó el que Catilina, que sin duda merecía el calificativo de revolucionario, y que de haber podido, habría exterminado con certeza a casi la mitad del Senado (algo que a mí ni siquiera se me pasó por la cabeza), conservó hasta el final, sin duda porque provenía de una familia patricia, una veneración bastante patética por las formas. Cuando su causa estaba prácticamente perdida, él se autoproclamó (por supuesto ilegalmente) cónsul y se paseaba acompañado por lictores. En cambio, mi respeto por la constitución está basado en la razón antes que en los sentimientos.


Siempre he aspirado a un mundo en expansiva y tolerable libertad y sé que este mundo no puede existir sin orden. Nuestras instituciones políticas, militares y religiosas simbolizan y también preservan el orden. La gente se siente muy feliz cuando honra y respeta estas instituciones y acata cuanto ellas impongan. Sin embargo, en cada generación estas instituciones "que estructuran nuestro sistema de vida y regulan nuestras ambiciones y necesidades" están representadas por hombres de carne y hueso. Salvo en épocas muy inestables y peligrosas, estos hombres no precisan ser poseedores de sobresalientes cualidades de virtud e inteligencia. Es suficiente con que sean respetables; y en tiempos críticos, deben admitir la necesidad de un cambio. Pues estas instituciones tan venerables y reverenciadas deben ser nuestras guardianas y protectoras: si controlan nuestras acciones y refrenan nuestras ambiciones, debe ser para nuestro bienestar. Cuando sus representantes utilizan claramente las formas consagradas de gobierno para reprimir las legítimas iniciativas, distorsionar la justicia, perpetuar la ineficiencia, se propicia una situación que puede describirse como revolucionaria; aunque aun entonces, con un mínimo de inteligencia, los horrores y convulsiones de una revolución se pueden evitar.


(...)  No me gusta nada la noción de necesidad en la historia, puesto que creo que todos o casi todos nosotros gozamos en nuestros actos de cierta medida de libre albedrío. Aun ahora tengo la seguridad de que la guerra civil pudo haberse evitado y se habría realmente evitado, si se me hubiera ofrecido la oportunidad de mantener con Pompeyo una charla privada. Y sin embargo, el hecho mismo de que el estallido de esa guerra y su continuación fueran tan poco razonables, tan por entero opuestos a los deseos de la mayoría de nuestro pueblo, me hace creer a veces en que era inevitable. Detrás de Pompeyo y detrás de mí se habían congregado las mismas fuerzas, buenas y malas, que estaban detrás de Sila y de Mario, y en cierto modo la situación se había hecho, si no más clara, más abstracta. Pompeyo y yo no éramos enemigos personales, como lo fueron Mario y Sila. Es más, siempre apoyé a Pompeyo en política, y él, en virtud de su influencia, había hecho posible que yo llevara a cabo lo que deseaba hacer en mi primer consulado y posteriormente. Cada uno de nosotros podía contar con la lealtad personal de nuestros partidarios, pero la lucha no era en modo alguno una lucha de personas. Pompeyo y su partido pretendían representar el gobierno tradicional de Roma contra un hombre que era un revolucionario potencial o, mejor dicho, un revolucionario cabal. También yo, claro está, pretendía obrar legalmente y, con la ayuda de los tribunos, tenía una razonable argumentación para defender mi causa. Pero en verdad Pompeyo, con sus ojos fijos en el pasado, representaba una tradición que, a pesar de sus manifestaciones animadas y hasta convulsivamente vigorosas, estaba casi muerta; en tanto que yo, aun en ciertos aspectos proyectándome a tientas hacia el futuro, representaba algo que, nacido del pasado, se convertirá en la tradición de que vivirá la gente de edades futuras. Yo mismo habré hecho para dar forma a esta tradición algo que, no obstante, puede considerarse como necesario y más fuerte que yo. Esa tradición tendrá que existir, si la propia Roma pretende existir. Y si tuviera que morir mañana en uno de mis ataques epilépticos (que ocasionalmente resultan fatales) o si me asesinaran, y el poder volviera a manos de aquellos enemigos míos que han sobrevivido a causa de mi perdón, ese poder ya no podrá ejercerse otra vez como antes ni, creo, lo ejercerá otra vez la misma clase de gente. Serían necesarias aún más guerras, y a fin de cuentas el nuevo sistema que inicié, en parte por mi voluntad consciente y en parte por la presión de los hechos, volvería a afirmarse y continuaría desarrollándose.












jueves, 27 de agosto de 2020

EL CÓNSUL CAYO MARCIO FÍGULO



 

Cayo Marcio Fígulo ( fl. Siglo 1 aC) fue un cónsul de la República romana en el año 64 antes de Cristo.

 

Se cree que Cayo Marcio Fígulo nació originalmente "Cayo Minucio Termo", antes de que en algún momento de ser adoptado por una Marcio Fígulo. Fue elegido para el cargo de pretor en torno al 67 aC. Posteriormente, fue elegido cónsul junto a Lucio Julio César en el año 64 antes de Cristo. Durante su consulado, el Senado emitió leyes que restringen el número de personas que acompañaron a los candidatos a las elecciones, así como hacer una serie de colegial ilegal. Después de su consulado, se negó a ser nominada para promagisterial o en el extranjero proconsular cita.


El 5 de diciembre, el 63 aC, Marcio Fígulo fue uno de los ex cónsules que hablaron en apoyo de la aplicación de la pena capital para ser aplicada contra los conspiradores de Catilina . Al día siguiente, apoyó la propuesta de una acción de gracias a Cicerón para la defensa de la República .


Después de su muerte, su familia construyó una tumba para él que era enormemente caro y complicado.


jueves, 6 de agosto de 2020

ORACIÓN DE CICERÓN A JÚPITER CONTRA CATILINA



Y tú, Júpiter, que fuiste consagrado por Rómulo el mismo año que esta ciudad, el dios de quien, con razón, decimos que mantiene firme la ciudad y el imperio; tú mantendrás a este hombre y a sus secuaces lejos de tu templo y de los templos de los otros dioses, de las casas de los hombres de esta ciudad y de sus murallas, de las vidas y del destino de todos los ciudadanos de Roma…









domingo, 26 de enero de 2020

EL CÓNSUL LUCIO MANLIO TORCUATO



Lucio Manlio Torcuato (en latín clásico: Lucius Manlius Torquatus) fue un político romano de la era tardorrepublicana, cónsul en 65 a. C..

 

En las elecciones consulares del 66 a. C. para el año siguiente ganaron Publio Cornelio Sila y Publio Autronio Peto, pero fueron acusados de corrupción por un pariente suyo, también llamado Lucio Manlio Torcuato, y no pudieron asumir. En su lugar, él fue nombrado cónsul junto a Lucio Aurelio Cota. Muchos quedaron descontentos con esto, y, planearon asesinarlo junto a su colega consular el primer día de su consulado en la denominada primera conspiración de Catilina, pero el complot fracasó.


Aun así, Torcuato defendió a Catilina aquel mismo año cuando fue acusado de extorsión (de repetundis) en su provincia. Después de su consulado obtuvo la provincia de Macedonia y por sus supuestas victorias contra los bárbaros de la frontera, recibió del senado el título de imperator, a propuesta de Cicerón.


Durante el consulado de Cicerón, 63 a. C., tomó parte activa en la lucha contra los conspiradores catilinarios; también apoyó a Cicerón cuando éste fue desterrado (58 a. C.), e intercedió en vano en su nombre ante el cónsul Pisón. Probablemente murió poco después. ​Cicerón elogia​ su gravitas, sanciitas y constaiitia.


lunes, 6 de enero de 2020

SALUSTIO DESCRIBE LA CORRUPCIÓN DEL PUEBLO ROMANO


 

Pero cuando el Estado creció por el esfuerzo y la justicia, grandes reyes fueron sojuzgados en la guerra, gentes salvajes y vastos pueblos sometidos por la fuerza, y Cartago, rival del Imperio Romano, pereció de raíz, y quedaban libres todos los mares y tierras, la Fortuna empezó a mostrarse cruel y a trastocarlo todo. Para hombres que habían soportado fácilmente fatigas, riesgos, situaciones comprometidas y difíciles, el no hacer nada y las riquezas, deseables en otro momento, resultaron una carga y una calamidad. Así que primero creció el ansia de riquezas, luego, de poder; ello fue el pasto, por así decirlo, de todos los males. Pues la avaricia minó la lealtad, la probidad y las restantes buenas cualidades; en su lugar, enseñó la arrogancia, la crueldad, enseñó a despreciar a los dioses, a considerarlo todo venal. La ambición obligó a muchos mortales a hacerse falsos, a tener una cosa encerrada en el pecho y otra preparada en la lengua, a valorar amistades y enemistades no por si mismas, sino por interés, a tener buena cara más que buen natural. Estos defectos crecían lentamente al principio y a veces eran castigados; más adelante, cuando se produjo una invasión contagiosa, como si fuera una peste, la ciudad cambió, el poder se convirtió de muy justo y excelente en cruel e intolerable.

 

 Desde que las riquezas comenzaron a servir de honra, y gloria, poder e influencia las acompañaban, la virtud se embotaba, la pobreza era considerada un oprobio, la honestidad empezó a tenerse por mala fe. De esta manera, por culpa de las riquezas, invadieron a la juventud la frivolidad, la avaricia y el engreimiento: robaban, gastaban, valoraban en poco lo propio, anhelaban lo ajeno, la decencia, el pudor, lo divino y lo humano indistintamente, nada les merecía consideración ni moderación.

 

 A mí se me antoja que a estos individuos las riquezas les han servido de capricho, porque se apresuraban a derrochar vergonzosamente las que tenían la posibilidad de poseer con honradez.

 

 Los hombres se sometían como mujeres, las mujeres exponían su honra a los cuatro vientos; para alimentarse escudriñaban todo en la tierra y en el mar; dormían antes de tener deseo de sueño, no aguardaban a tener hambre o sed ni frío o cansancio, sino que por vicio anticipaban todas estas necesidades. Este comportamiento incitaba al crimen a la juventud cuando faltaban los bienes de familia. El espíritu imbuido de malas artes no se privaba fácilmente de placeres, de ahí que se entregase más profusamente y por todos los medios a ganar dinero y a gastarlo. En una ciudad tan grande y tan corrompida, Catilina (cosa que era muy fácil de hacer) tenía a su alrededor un batallón de todas las hazañas y crímenes, como una guardia de corps. Pues cualquier sinvergüenza, calavera o jugador que hubiera disipado la fortuna paterna en el juego, la buena comida, y el que había contraído grandes deudas para hacer frente a su deshonor o su crimen, todos los parricidas de cualquier procedencia, sacrílegos o convictos en juicios, o por sus hechos temerosos de un juicio, aquéllos además a los que alimentaba su mano con la sangre de los conciudadanos, o la lengua con falso testimonio, todos, en fin, a quienes torturaba el deshonor, la escasez o la mala conciencia, éstos eran los íntimos de Catilina y sus amigos.

( Cayo Salustio Crispo en "Conjuración de Catilina" )



jueves, 26 de diciembre de 2019

EL CÓNSUL QUINTO MARCIO REX


Quinto Marcio Rex (en latín, Quintus Marcius Q. f. Rex) fue un político y militar romano del siglo I a. C.
 
Probablemente era nieto de Quinto Marcio Rex, cónsul en el 118 a. C. Estuvo casado con la hermana mayor de Clodio.
 
Obtuvo el cargo de cónsul junto a Lucio Cecilio Metelo en 68 a. C. Cecilio Metelo murió nada más obtener el cargo y no fue reemplazado. Los Fasti lo señalan con la observación solus consulatum gessit.


Fue procónsul en Cilicia al año siguiente. Durante su ejercicio, presionado por su cuñado Clodio, no prestó ayuda a Lucio Licinio Lúculo, lo que molestó a este último. Fue relevado de su provincia en 66 a. C. cumpliendo con la Ley Manilia, que otorgaba el mando de las provincias orientales a Pompeyo.


Se le denegó el triunfo que solicitó a su regreso. Aun así permaneció acampado en las afueras de la ciudad y todavía estaba allí cuando estalló la conspiración de Catilina en el año 63 a. C. Fue enviado por el Senado a Faesulas para vigilar los movimientos de Cayo Manlio, uno de los generales de Catilina. A pesar de la propuesta de paz que Manlio envió a Marcio, este no escucharía sus ofertas si antes no entregaba sus armas en rendición.

 

Murió en 61 a. C. sin dejar nada en herencia a su cuñado Clodio, como él esperaba.