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viernes, 27 de marzo de 2020

JUICIO, CONDENA Y MUERTE DE SÓCRATES


A esta regla de sabia tolerancia hacia sus adversarios, la restaurada democracia hizo una sola excepción: en  perjuicio  de  un  hombre  que  era  sin  duda el más grande de los atenienses vivos, y que no era adversario; Sócrates.


La condena de Sócrates queda como uno de los más grandes misterios de la Antigüedad. El setentón Maestro había rehusado obediencia a los Treinta y denunciado el mal gobierno  de  Critias.  Escapaba, por  tanto a cualquier acusación de «colaboracionismo», como hoy se diría,  y  no  era  susceptible  de  «depuración». De hecho, sus adversarios no le acusaron en el plano político, sino en el religioso y moral.  La  imputación que se le dirigió en -399 era de «impiedad pública respecto a los dioses,  y  corrupción  de  la  juventud». El jurado estaba compuesto por mil quinientos ciudadanos. Y en aquello que hoy  llamaríamos  la  tribuna de la Prensa, sentábanse, entre otros, Platón y Jenofonte, cuyas reseñas permanecen como los únicos testimonios dignos de consideración del proceso.


Fue el «affaire Dreyfus» de la época. Y como siempre sucede en esos casos, los motivos pasionales se sobrepusieron a todo criterio de justicia. Mas precisamente por esto el  proceso  nos  dice  más  acerca de la psicología del pueblo griego que cualquier libro. De los tres ciudadanos que habían presentado la querella, Anito, Meletos y Licón, el primero tenía motivos personales de rencor para con Sócrates porque, cuando tuvo que ir al destierro, su hijo se había negado a seguirle para quedarse en Atenas con el Maestro, del cual era un apasionado partidario, se había dado a la buena vida y  murió medio  alcoholizado. Anito era un hombre de bien, un demócrata auténtico que por sus ideas había sufrido destierro y que después combatió valerosamente bajo Trasíbulo respetando la vida y los bienes de los oligarcas que habían caído en sus manos. Pero, como padre, era lógico que guardase cierto resentimiento. Lo que sorprende  es que éste fuese compartido por gran parte de los ciudadanos, como demostraron los hechos.


Los motivos inmediatos de la impopularidad de Sócrates eran evidentes, pero de escaso relieve. Se le reprochaba haber tenido entre sus discípulos a Alcibíades y a Critias, muy odiados en aquel momento. Pero uno y otro se habían apartado muy pronto del Maestro, precisamente por refractarios a sus enseñanzas. Además, entre los estudiantes de Sócrates siempre había habido de todo. En cuanto a sus antiguas costumbres sexuales, en la Atenas de aquel tiempo no habían sido nunca motivo de escándalo.


Pero eran otras y  más  profundas  las  razones  por las que muchos, sin tener conciencia de ello, le detestaban. Y las había  indicado  claramente  la  comedia de Aristófanes, que no  constituyó  en  absoluto, como dice Platón, un texto de acusación contra el encausado, pero que documenta los motivos por los cuales había sido mal visto. Sócrates era, por naturaleza, un  aristócrata,  no  en  el  sentido  trivial  y  vulgar de pertenecer a una clase y participar de sus  prejuicios, sino en el sentido intelectual, que es  el  único que cuenta. Era pobre, iba vestido como un  andrajoso y nadie podía reprocharle la menor deslealtad respecto al Estado democrático.


Al contrario, había sido un buen soldado en Anfípolis, en Delios y en Potidea. Se había mostrado como un juez escrupuloso en el proceso de los almirantes de las Arginusas. Se  había  rebelado  a  Critias, a  pesar de ser su amigo. El respeto a las leyes de la ciudad, antes de predicarlo en el Critón, lo había practicado. Como filósofo, empero, había exigido que aquellas leyes estuviesen a tono con la justicia  y había impelido a sus discípulos a fiscalizar que así ocurriese. Para él, el ciudadano ejemplar era el que obedecía cuando recibía una orden de la autoridad, pero que antes de recibirla y después  de  haberla  cumplido,  discutía si la orden era buena y si la autoridad la había formulado bien. No se jactaba de saberlo en absoluto, pero reivindicaba el derecho a indagarlo y por esto había fundado todo su método en las preguntas. «Tí estí?-», preguntaba. «¿Qué es esto?» Buscaba los conceptos generales y trataba de conseguirlos a través de las inducciones. «Dos cosas —dice Aristóteles  se le deben reconocer; los discursos inductivos y las definiciones.» Y su objeto era claro:  preparar  una clase política instruida que gobernase según justicia, tras haber  aprendido  bien  qué  es  justicia.  Llevaba en la cabeza una noocracia, o sea una especie de dictadura de la aptitud que naturalmente excluía la ignorancia y la superstición.


Todo esto la plebe no lo sabía porque no  era capaz de seguir la dialéctica socrática. Pero lo intuía. E instintivamente odiaba a Sócrates y su sutil modo de razonar, del cual se sentía excluida.  Aristófanes,  con su tosco «qualunquismo» (1) precursor,  no  había  sido más que el intérprete  de  aquella  protesta  plebeya, la cual pretendía oponer a Sócrates un sentido común y estaba animada  por  la  envidia  que  todos los hombres mediocres sienten hacia los de intelecto superior. Porque no hay que creer que Atenas estuviese compuesta exclusivamente de filósofos cultos. Como en la Florencia del siglo XVI y en el París del siglo XVIII, la gente de cultura constituía una restringida minoría en medio de  una  masa  de  bajo  nivel.


Ahora bien, de esta  masa  procedía  la  mayoría  de los jurados y la del público que sobre aquéllos reflejaba sus propias pasiones. Es de  creer,  sin embargo, que difícilmente se habría  llegado  a la condena,  si el mismo Sócrates no hubiese puesto lo suyo para provocarla. No es que se negara  a  defenderse.  Lo  hizo  y  hasta  con  elocuencia,   si  bien  no  hacía   falta mucha para refutar las acusaciones. Dijo que siempre había respetado formalmente a los dioses. Era verdad y nadie pudo replicarle que, sin embargo, no había creído en ellos, pues en aquellos tiempos tal problema no se planteaba. En cuanto  a  la  corrupción de los jóvenes, desafió a quien fuere a negar que siempre les  había  exhortado  a  la  templanza,  a  la  piedad y a la prudencia. Mas en seguida se lanzó a la más orgullosa e inoportuna apología de sí mismo, proclamándose investido por los dioses de la misión de revelar la verdad.


Todos palidecieron. No solamente porque aquellas palabras parecían un desafío al tribunal, sino también porque sonaban absolutamente a novedad en boca de un hombre  que  siempre  se  había  mostrado modesto y propenso a la autocrítica. Los jurados trataron de pararle en ese peligroso camino. Pero él no les escuchó y siguió hasta el fondo, pidiendo  al  fin  ser  no  sólo absuelto de la acusación, sino proclamado bienhechor público.


Según el enjuiciamiento ateniense, los veredictos  eran dos. En el primero se afirmaba o se negaba la culpabilidad. En el segundo se determinaba  la  pena, por la cual el acusador hacía una propuesta, el  acusado otra y después el tribunal elegía entre las dos, sin poder decidir una tercera. Por lo que, cuando el acusador pedía la pena de muerte, el acusado solicitaba, pongamos dos años de cárcel, para ofrecer a  los  jueces una escapatoria; pero no  una  medalla.  Sócrates, en cambio, a la propuesta de muerte de Meletos, respondió pidiendo ser alojado en el Pritaneo, el Viminal de aquel tiempo. Así, con una altanería que debía de costarle,  al  fin  y  al  cabo,  un  gran  esfuerzo,   porque no estaba en su carácter, desairó a  público,  jueces y  jurados.  De  éstos,  setecientos  ochenta votaron a favor de la pena capital y setecientos  veinte  en contra. Sócrates podía aún proponer una alternativa. Primeramente  se  negó,  después,  por  fin,  se  rindió  a las súplicas de Platón y  de  otros  amigos, y  se  avino a satisfacer una multa de treinta minas, que aquéllos se declararon dispuestos a pagar. Los jurados volvieron a reunirse. Había buenas  esperanzas de  que la  catástrofe  fuese  evitada  y  el   temor  era  grande en todos, excepto  en  Sócrates.  Cuando  se  recontaron los votos, los partidarios de la pena de muerte habían aumentado en ochenta.


Sócrates fue encerrado en la cárcel, donde se permitió que sus  discípulos  le  visitaran.  A  Critón,  que le decía: «Mueres inmerecidamente», respondió: «Pero si no lo hiciese, lo merecería.»  Y  a  Fedón,  su  favorito del momento; «Lástima de tus rizos. Mañana tendrás que cortártelos en señal de luto.» No se conmovió siquiera cuando llegó Xantipa, llorando con su último hijo en brazos: pero rogó a uno  de  sus  amigos que la acompañaran a casa. Llegado el momento, bebió la cicuta con mano firme,  se  tendió en el lecho, se cubrió  con  una  sábana,  y  debajo  de  ésta  esperó la muerte, que le comenzó por los pies y le subió lentamente a lo largo del cuerpo. En torno a él sus discípulos lloraban. Les consoló mientras tuvo un poco de aliento; «¿Por qué os desesperáis?.  ¿No  sabíais  que desde el día en que nací la naturaleza me ha condenado a morir?. Mejor es  hacerlo  a tiempo,  con el cuerpo sano, para evitar la decadencia...»


Acaso en estas palabras resida el secreto del misterio. Sócrates había sentido que el sacrificio de la vida aseguraría el triunfo de  su  misión.  Valeroso  como era, no le pareció siquiera un gran sacrificio. Contando ya setenta años, no renunciaba a gran cosa. En compensación se aseguraba una  gran  hipoteca  sobre el futuro. Todos se habían engañado con él, deslumbrados por su carencia de  vanidad.  Bajo  su  aparente modestia se ocultaban un orgullo y una ambición inmensas y, sobre todo, una profunda fe en la validez de lo que había enseñado y que, por aquella espontánea aceptación de la muerte, alcanzaba una importancia profética.


Los frutos no tardaron en madurar. Apenas el cadáver había caído en la fosa, Atenas se  rebelaba  ya contra quien había provocado la condena. Nadie quiso volver a dar un tizón a los tres acusadores para encender sus fuegos. Meletos fue lapidado y Anito desterrado. Es un destino que sometemos a la meditación  de todos los que se fortalecen con los más bajos instintos del pueblo para cometer una injusticia contra los mejores.

( Indro Montanelli )






domingo, 2 de febrero de 2020

TALES DE MILETO



Una de las primeras ciudades que los griegos fundaron en la costa del Egeo fue Mileto. Llegaron primeramente, en calidad  de  pioneros,  los  veteranos de la guerra de  Troya,  y  acaso no  fueron  absolutamente a propósito; sino tan sólo  arrojados  como  náufragos de  la  tempestad  que  dispersó  la  flota  de  Agamenón y en la que andaba también Ulises.

 

Los griegos, cuando hacían apoikia, es  decir,  cuando ponían su casa en el extranjero, trataban a los antiguos inquilinos —que estaban mucho menos evolucionados que ellos— de modos diversos, que no eran jamás, empero, muy tiernos. Y en Mileto, por ejemplo, dado que llegaron solteros, usaron aquello de  matar del primero al último a los  hombres  y  casar con las viudas, que eran de sangre caria, o sea oriental, y —por lo que podemos presumir del gentil episodio— más bien guapetonas. Ellas lloraron a los maridos muertos, aceptaron a los vivos, absorbieron el idioma  y  la  civilización  y  les  dieron  muchos  hijos. Y a los cuatro siglos  de  aquel  brusco  cruce,  ocurrido hacia el año 1000  antes  de  Jesucristo,  Mileto era la ciudad más rica y evolucionada del mar Egeo. Como siempre, empezó haciéndose gobernar  por  un rey y, después por la aristocracia, y por fin por la democracia, que degeneró en la consabida dictadura.

 

En el siglo VII el dictador de turno se llamaba Trasíbulo, tirano prepotente, pero inteligente, bajo el cual Mileto convirtióse en capital, no sólo de la industria (sobre todo textil) y del  comercio,  sino  también del arte, la literatura y la filosofía. La colonia había fundado a su vez otras ochenta  colonias,  entre  grandes y pequeñas, en la costa y en las islas circundantes,  y en todo el mundo griego se hablaba de ellas  con acento escandalizado por mor de la  riqueza, la libertad y el lujo de que disfrutaban.  Sus  marinos  eran  los más recelosos, sus mujeres las más refinadas, y su cultura la más avanzada.

 

Esta cultura había escapado a las manos de los sacerdotes, que en todas las demás partes detentaban aún el  monopolio,  y  se  había  vuelto  laica,  escéptica y sometida al examen crítico del libre pensamiento. Mientras en el continente la ciencia se confundía  aún con la mitología y había quedado en lo que enseñaran Homero y Hesíodo —por lo demás muertos hacía poco— en Mileto había ya quien  jubiló  a  los  dioses con sus leyendas, y  fundó  sobre bases experimentales la primera escuela filosófica griega, la naturalista.

 

Era un llamado Tales, que nació en 640 de una familia no griega, sino fenicia. De  niño tuvo  reputación de divertido y zángano porque estaba siempre  distraído e inmerso en sus pensamientos;  tanto, que a menudo no sabía dónde metía los pies,  y  un  día  se  cayó por las buenas dentro de un foso, provocando la hilaridad de sus conciudadanos que le consideraban como un inútil. Tal vez también porque, herido en  su  orgullo por aquellos sarcasmos, Tales se  metió en la cabeza demostrar a todos que, si quería, también él sabía ganar dinero. Y,  haciéndoselo  prestar,  probablemente por su padre, que era un mercader acomodado, compró todas  las  almazaras  que  había  en  la  isla  para  el aceite. Érase un invierno, y los  precios eran bajos  por falta de demanda. Pero Tales, estudioso y competente en  Astronomía,  había  previsto  un  buen  año y una cosecha de aceitunas favorable que, en el momento oportuno, haría inapreciables aquellas zarandajas. Sus cálculos se confirmaron. Y el otoño sucesivo pudo imponer a los usuarios, como monopolizador, los precios que quiso. Con esto se tomó un bonito  desquite sobre los que tanto le habían escarnecido, acumuló un discreto patrimonio que le permitía vivir de renta, y se dedicó enteramente al estudio.

 

Del científico tenía, además de la distracción, la curiosidad, la capacidad de observación y el espíritu de intuición. Habiendo estado en Egipto para ponerse al corriente de los progresos que allí habían hecho las matemáticas, aplicó los  resultados calculando la  altura de las pirámides, que nadie sabía,  con  el  método más sencillo y expeditivo: medió su sombra sobre la arena en el  momento  que  él  mismo  proyectaba  una de la misma longitud que su cuerpo. E hizo la pro- porción. Bastante tiempo antes de  que  Euclides,  padre de la Geometría, viniese, al mundo, Tales había formulado ya buena parte de los principales teoremas sobre los que se basa  la  ciencia.  Había  descubierto, por ejemplo, que los ángulos de la base de  un  triángulo isósceles son iguales; que son  otro  tanto iguales dos triángulos que tienen en común dos ángulos y un lado, que los ángulos opuestos,  formados por el cruce de dos rectas, son también iguales.

 

En cuclillas sobre la cubierta de  la embarcación que  le transportaba de un puerto a otro del Mediterráneo, cavilaba acerca de todo ello. Y de noche estudiaba el cielo, tratando de darle un  orden  y  una  lógica,  a  la luz de cuanto había  aprendido  en  Babilonia,  donde los estudios de Astronomía estaban más desarrollados. Compartió muchos errores de su tiempo, se comprende, porque carecía de  instrumentos  para  comprobar su falta de fundamento. Creyó, por ejemplo, que la Tierra era un disco flotante en una interminable extensión de agua, y personificó en el Océano a su creador.

 

Según él, todo procedía del agua y acababa  en  el agua. Aristóteles dice  que  esta  idea  le  fue  sugerida por la observación de que todo cuanto alimenta a animales y plantas es húmedo. Puede ser. Como fuese. Tales fue el primero en comprender que todo lo que forma lo creado tiene un principio único y común. Equivocóse al identificarlo con el agua. Mas, a diferencia de todos los que le precedieron y que habían hecho remontar el origen de las cosas a una pluralidad de otras cosas o personas, atisbo el  origen  único de todo, es decir, fue el primero en dar fundamento filosófico al monismo (de monos, que precisamente quiere decir uno).
 
Tales imaginó la  vida  como  un  alma  inmortal, cuyas partículas se encarnaban momentáneamente ora en una planta, ora  en  un  animal  o  un  mineral.  Lo que moría, según él, era solamente  estas  momentáneas encarnaciones, de las cuales el alma inmortal tomaba sucesivamente la "forma y constituía la fuerza vital; para las cuales, entre vida y muerte no había diferencia sustancial. Y cuando le fue preguntado por qué,  entonces  al  obstinarse  en   preferir  la   primera a la segunda, respondió: «Precisamente porque no hay diferencia.»

 

Tales era hombre de carácter tranquilo y bondadoso, qué procuraba enseñar a sus conciudadanos y razonar correctamente, pero no se indignaba cuando aquéllos  no le comprendían o se reían francamente de él. Para ellos fue una gran sorpresa el día  que los  otros  griegos le incluyeron en la lista de los Siete Sabios  al lado de Solón. Los milesios no se habían  dado  cuenta  de que tenían en Tales un conciudadano tan ilustre e importante. Una sola  vez  lo  sospecharon:  fue  cuando predijo el eclipse de sol para  el  28  de  mayo  de  585, y el eclipse, en efecto, aconteció. Pero, en  vez  de admirarle, por poco le acusan de brujería.

 

Era un hombre agudo, que fue precursor  de  Sócrates en la técnica de rebatir las objeciones ajenas con respuestas que parecían  bromas  solamente  a  todos los necios, que  creen  que  la  seriedad  es  lo  mismo que el engreimiento y la prosopopeya. Cuando le preguntaron  cuál  era,  según  él,  la  empresa  más  difícil  para  un  hombre  dijo  «Conocerse  a      mismo.» Y  cuando  le   preguntaron  qué   era  Dios, respondió: «Aquello que no comienza y que no acaba», que es todavía, después de dos mil quinientos años, la definición más pertinente. A la pregunta de en qué consiste,  para  un  hombre  virtuoso,  la  justicia,  replicó: «En no hacer a los demás  lo  que  no  se  quiere  que  sea hecho con nosotros.» Y en esto se anticipó en seiscientos años a Jesús.

 

Le llamaban sopho, es decir, sabio, aunque con un matiz de bondadosa ironía.  Demostró  serlo  hasta  en el más estricto  sentido  de  la  palabra,  no  molestando jamás a nadie, contentándose con poco y manteniéndose alejado de la política.  Esto  no  le  impidió ser amigo de Trasíbulo, que con  frecuencia mandaba   a llamarle porque se divertía con su conversación. La única cosa que le hacía olvidar la Filosofía era el deporte. El pacífico, distraído y  sedentario Tales  era un «hincha» rabioso, no perdía un espectáculo en el estadio y allí murió viejísimo, durante una  competición de atletismo, acaso de dolor al ver perder a su «equipo preferido».

 
Dejó un alumno, Anaximandro, que continuó sus indagaciones y perfeccionó algunas, contribuyendo a asentar  sobre  bases   científicas   la  Física   de   Tales y anticipándose a las teorías de Spencer.  Pero no tenía la originalidad y el genio del Maestro.  Vivió  en una Mileto  que estaba decayendo con  rapidez, política y económicamente, después  del  lozano  florecimiento de los tiempos de Trasíbulo  y  de  Tales.  En  546  la isla fue anexionada por Ciro al Imperio persa, y la cultura griega entró en agonía.  Tales  hubiera  dicho que la cosa no tenía importancia porque también la cultura y el Imperio no son más que formas pasajeras del alma inmortal. Pero sus compatriotas no compartieron tal opinión.

( Indro Montanelli )