Cimón era hijo del vencedor de Maratón, de aquel Milcíades a quien Jantipo había acusado más de diez años antes, y que, incapaz entonces de pagar la enorme multa que se le había impuesto, murió en la cárcel, después del juicio, cuando Cimón era un muchacho de unos dieciocho años. Durante algún tiempo había vivido en la mayor miseria con su hermana Elpinice. La gente decía que su relación con ella era incestuosa, pero no estoy en condiciones de afirmar la verdad de este rumor, si bien Cimón era en extremo aficionado a las mujeres y lo cierto es que Elpinice le fue muy devota durante toda su vida. Aunque carecía de dote, se casó con el hombre más rico de Atenas, quien no sólo saldó la deuda del padre de Cimón, sino que proveyó a éste de dinero. Desde entonces, durante muchos años tuvo una carrera brillante y de ininterrumpidos éxitos. La gente suele compararlo con su padre por su arte como estratega y con Temístocles por sus condiciones de mando. Y si la última comparación resulta excesiva, no deja de ser cierto que era un comandante al par intrépido y prudente. Era muy popular. Su generosidad, sus maneras llanas, el modo en que protegía a sus hombres, su valor y su fuerza lo convirtieron en héroe para el ejército y la flota. Su aspecto era también fascinante.
Continuación del blog "APASIONADOS DEL IMPERIO ROMANO", de Xavier Valderas. Se crea porque ya no se pueden subir más etiquetas debido al extenso blog anterior, con más de 10.500 entradas.
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sábado, 10 de octubre de 2020
ANAXÁGORAS RELATA A CIMÓN
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martes, 31 de marzo de 2020
TEMÍSTOCLES Y EFIALTES
Cuando, una vez consumados los hechos, los generales y almirantes griegos se reunieron para decidir quién, entre ellos, había sido el mayor artífice de la victoria y recompensarle, cada uno dio dos votos:
uno a sí mismo y el otro a Temístocles.
Éste había continuado, aun
después de Salamina, haciendo de las suyas. Después de la batalla naval, había vuelto a mandar el mismo esclavo, de absoluta confianza,
a informar a Jerjes que él había logrado disuadir a sus colegas de que persiguiesen a la flota derrotada. ¿Lo había hecho realmente?. ¿Y por qué motivo advertía de ello a su adversario?. Tal
vez porque no se sentía seguro y prefería que éste se retirase. Pero la continuación de sus vicisitudes nos hace vislumbrar más graves sospechas. Sea como fuere, también esta vez Jerjes le hizo caso. Dejó en Grecia trescientos mil hombres bajo el mando de Mardonio.
Y con los demás, entre los que la disentería
causaba estragos, se retiró desalentado a Sardes. Hubo un año de tregua porque en ambas partes sentíase necesidad de recobrar alientos. Después, un ejército griego de cien mil hombres conducidos por el rey de Esparta, Pausanias, fue a alinearse en Platea frente al persa. El encuentro tuvo lugar en agosto de 479, y de nuevo nos hallamos ante cifras poco dignas de crédito. Heródoto dice que Mardonio perdió doscientos sesenta mil soldados, y esto puede ser. Pero añade que Pausanias perdió
ciento cincuenta y nueve, y esto ya nos parece inverosímil.
De todos modos, fue una gran victoria terrestre, a la que pocos días después se añadió otra marítima, en Micala, donde la flota persa quedó destruida. Como después de la guerra de Troya, los griegos fueron de nuevo dueños del Mediterráneo. O mejor dicho, lo fueron los atenienses, que eran los que habían dado la mayor contribución. Temístocles,
el
hombre de las «emergencias» y de los «hallazgos», supo aprovechar para sí aquella posición. Organizó una confederación de ciudades griegas de Asia
y del
Egeo, que se llamó «Delia» porque se escogió
como protector al Apolo de
Delos, en cuyo templo se
convino depositar el tesoro común. Pero pidió y obtuvo que Atenas, además de ser su guía, contribuyese no ya
con dinero, sino con naves. Así ésta tuvo un pretexto para desarrollar aún más su flota, con la que reforzó
el dominio naval que ya ostentaba.
Temístocles leía
con claridad el destino de su patria. Sabía que de la parte de tierra no había que esperarse nada bueno, y no sosegó hasta que hizo aceptar al Gobierno el proyecto de encerrar la ciudad hasta el puerto de El Pireo —que es
un buen trecho
de camino—, dentro de una enorme valla,
y que ésta fuese abierta sólo sobre el mar, donde su fuerza era ya suprema. Preveía las luchas con Esparta y con los demás Estados del interior, celosos del poderío ateniense. Y al mismo tiempo tomó la
iniciativa de los tratados de paz con Jerjes porque quería el mar despejado y abierto al comercio.
Mas, al igual
que Milcíades,
se proponía hacerse pagar también los
servicios que prestaba, y lo hizo sin reparar en los medios. La democracia había
enviado al exilio a muchos aristócratas conservadores y propietarios, poseedores
de conspicuas fortunas. Propuso hacerles llamar, se embolsó las gratificaciones y les dejó en el destierro. Un día se presentó con la flota en las islas Cicladas y les impuso una multa por la ayuda
que, obligados con violencia, habían prestado a Jerjes. Con escrupulosa exactitud entregó el total al Gobierno; pero guardó en su bolsillo las sumas que algunas de aquellas ciudades
le habían deslizado en él para quedar eximidas
del castigo.
Si la guerra
hubiese continuado, los atenienses tal vez se lo habrían perdonado. Pero la gran borrasca había pasado ya y todos deseaban volver a la normalidad que significaba, sobre todo, honestidad
y orden administrativo. Por lo que la Asamblea recurrió otra vez el ostracismo para condenar a aquel que, apoyándose en el mismo, había hecho condenar al virtuoso Arístides.
Temístocles se retiró a Argos. Era riquísimo. Sabia gozar también de la
vida al margen de las ambiciones políticas. Y acaso no habría vuelto a dar que hablar si los espartanos no hubiesen mandado a Atenas un legajo de documentos de
los que resultaba que Temístocles había
negociado
secreta y traidoramente con Persia, de acuerdo con su regente Pausanias, que ellos habían
condenado ya a muerte.
La Historia no ha puesto en claro si esta denuncia correspondía
a la
verdad. El «affaire» Temístocles semeja un poco
al de Tukachevski, el mariscal soviético que los alemanes, para librarse de él, denunciaron como traidor a Stalin. Mas el brillante estratega, enterado de lo que estaba a punto de caerle encima, buscó refugio precisamente en la Corte de Artajerjes, el
sucesor de Jerjes. ¿No había preparado
Temístocles, hombre previsor, el terreno, el día que mandó a los persas la famosa información que permitió su retirada, tras el desastre de Salamina, con toda tranquilidad?.
Artajerjes le recompensó del favor con suntuosa hospitalidad, le aseguró una cuantiosa pensión, y prestó oído complaciente a los consejos que Temístocles le dio de reanudar la lucha contra Atenas, y a los criterios que había que seguir para llevarla a buen término.
La muerte, llevándose a
los sesenta y cinco años, en -459, a aquel «padre de la patria» que se disponía a convertirse en el sicario, puso fin a
la carrera de un inquietante personaje, que parecía encarnar todas las cualidades y los vicios del genio griego.
Mientras tanto, en Atenas se
había creado una situación nueva. Los dos partidos —el oligárquico y el democrático, dirigido el primero por Cimón, hijo de Milcíades, y
el segundo por Efialtes— no estaban ya equilibrados como antes, cuando
se
alternaban en el poder. Por dos motivos; en primer lugar porque la guerra había sido ganada por la flota, arma y feudo de la burguesía mercantil, a costas del Ejército que, arma y feudo de la aristocracia terrestre, casi no había tomado parte en ella. Y, además, porque la valla dentro de la cual Atenas proyectaba encerrarse y que ya estaba comenzada, acentuaba su vocación, burguesísima,
de emporio marítimo, Cimón fue la víctima de esta situación. De su padre no había heredado ninguno
de aquellos cínicos recursos que habían
labrado su suerte. Era un hombre honesto, de gran carácter y políticamente desmañado. Pero no fue éste el motivo de su derrota, pues también su adversario era íntegro y esquinado.
De ese Efialtes,
cuya acción fue
decisiva, pues allanó el camino a Pericles é inauguró el período áureo de Atenas, sabemos solamente
que era un hombre pobre, incorruptible, melancólico e idealista. Atacó a
la aristocracia en su castillo roquero,
el Areópago o Senado, o sea en el plano constitucional, revelando ante la Asamblea todos los manejos que se perpetraban
en aquél para convertir prácticamente en inoperante la democracia. Sus acusaciones eran
documentadas e incontrovertibles. Ellas
pusieron a la luz todos los manejos y todas las intrigas a que se entregaban los senadores, con la colaboración de los sacerdotes, para imprimir un aval religioso a sus decisiones, que
tendían solamente a salvaguardar los
intereses de casta.
El Areópago salió malparado de aquella campaña. No solamente no logró salvar a varios de sus miembros, condenados unos al destierro y otros a muerte, sino
que se
vio despojado de casi todos sus poderes y reducido a una posición subordinada con respecto a la Asamblea, o Cámara de diputados. Pero Efialtes pagó cara su victoria. Después de algunas tentativas infructuosas
para corromperle, no les quedó a sus adversarios, para desembarazarse
de él, más que el puñal de un asesino. Fue muerto
el
-461. Pero, como de costumbre, el delito no «pagó». Al revés, hizo más aplastante e irrevocable el triunfo de la democracia y costó el ostracismo a Cimón, que probablemente nada tuvo que ver con el atentado.
Las perspectivas
para Atenas no podían ser más brillantes cuando Pericles,
sucesor natural de Efialtes, hizo su debut político.
En el mismo año -480 que Atenas había
derrotado a los persas en Salamina, los griegos de Sicilia habían batido en Himera a los cartagineses. En todo el Mediterráneo oriental
el Occidente, representado por la flota ateniense, tomaba
la delantera al Oriente, representado por los persas y
los fenicios. Las victorias
de Maratón, de Platea, de Himera y de Micala no eran definitivas.
Contra los persas se siguió combatiendo durante decenios, pero los teatros de la guerra se alejaban cada vez más hacia el Este. El Mediterráneo oriental estaba abierto ya para la flota de Atenas, que podía disfrutarlo a su antojo.
La
ciudad poseía todas las condiciones para convertirse en una gran capital. Mercaderías y oro afluían a ella. Y sobre todo afluían hombres de diversas civilizaciones para crear en ella aquel cruce de culturas del que salió una nueva: la que suele llamarse
precisamente «la civilización griega», la
civilización del Partenón,
de Fidias, de
Sófocles, de Eurípides,
de Sócrates, de Aristóteles
y de Platón. Fue un
florecimiento rápido
y
ágil, que en dos siglos dio a la
humanidad lo que otras naciones no han dado en milenios.
(
Indro Montanelli )
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jueves, 26 de marzo de 2020
MILCÍADES, ARÍSTIDES, LEÓNIDAS Y TEMÍSTOCLES CONTRA LOS INVASORES PERSAS
El destino de Grecia, que muy poco después había de desaparecer como nación por el hecho de no haber logrado serlo, fue preanunciado por el espectáculo que ofreció en aquel año -490 antes de Jesucristo, cuando seiscientas naves y doscientos mil soldados persas se asomaron a sus puertas. Los Estados septentrionales se rindieron cada uno por su cuenta; Eubea se sometió; Esparta pidió consejo a los dioses, que le dieron el de evitar los «líos». Total:
que al lado de Atenas sólo formó la pequeña Platea, ciudad de segundo orden, que mandó su modesto
ejército a alinearse junto al que con gran prisa había preparado Milcíades.
Era
éste un caudillo que hubiese hecho muy buena figura también en
la Italia del siglo XV, de esos que, cuando nacen en el momento justo, o sea en el del peligro, representan una bendición para su país. Había en él algo que recuerda a McArthur, y debía conducirle a los mismos éxitos y a los mismos excesos.
Con veinte mil hombres someramente armados, sintéticamente adiestrados y con escasa tradición militar, Milcíades tenía que afrontar a doscientos mil y en condiciones particularmente difíciles a causa de un reglamento que le imponía compartir los turnos de mando con otros nueve generales. Los atenienses no querían que de una guerra volviesen a casa «héroes», dispuestos tal vez a sacar provecho de los méritos militares para una carrera política. Pero en determinados casos ciertas preocupaciones acarrean la parálisis.
Con veinte mil hombres someramente armados, sintéticamente adiestrados y con escasa tradición militar, Milcíades tenía que afrontar a doscientos mil y en condiciones particularmente difíciles a causa de un reglamento que le imponía compartir los turnos de mando con otros nueve generales. Los atenienses no querían que de una guerra volviesen a casa «héroes», dispuestos tal vez a sacar provecho de los méritos militares para una carrera política. Pero en determinados casos ciertas preocupaciones acarrean la parálisis.
La gran suerte de Milcíades fue que el día de la batalla en la llanura de
Maratón, el turno de mando le tocase a Arístides,
el cual, reconociendo, como
hombre honrado que era, la superior capacidad de su colega, renunció en su favor. Milcíades había comprendido cuál era el punto flaco de los persas; eran
valientes soldados individualmente, pero no tenían ninguna idea de la maniobra
colectiva. Y sobre ésta apostó. De dar crédito a los historiadores de la época —que desgraciadamente eran todos griegos—, Darío perdió siete
mil hombres y Milcíades ni siquiera doscientos. No nos parece muy creíble. Pero lo cierto es que fue una gran y sorprendente victoria.
Todos sabemos cómo el mensajero mandado a anunciarla a Atenas, Fedípides, cayó muerto, con los pulmones reventados, dando un ejemplo que ningún maratoniano, hasta Zatopek, ha vuelto a tener la fuerza y el valor dé seguir. Mientras corría, llegaron también a Maratón los espartanos. Estaban sinceramente apenados por su retraso y pidieron humildemente perdón por él a los vencedores.
Todos sabemos cómo el mensajero mandado a anunciarla a Atenas, Fedípides, cayó muerto, con los pulmones reventados, dando un ejemplo que ningún maratoniano, hasta Zatopek, ha vuelto a tener la fuerza y el valor dé seguir. Mientras corría, llegaron también a Maratón los espartanos. Estaban sinceramente apenados por su retraso y pidieron humildemente perdón por él a los vencedores.
Henchido
de orgullo y con el pecho cubierto de medallas, Milcíades pidió setenta
naves. Los atenienses no comprendieron qué
quería hacer con ellas, pero, por gratitud, se
las dieron. El general, convertido en almirante, las
condujo a Paros a cuyos habitantes intimó que le entregasen cien talentos, algo así como quinientos millones de liras. He aquí lo que quiso hacer con
aquella flota: cobrarse el servicio que había prestado a su patria, la cual se había olvidado de pagárselo.
El Gobierno le reclamó, pero le impuso entregar tan sólo la mitad de lo que se había embolsado. Milcíades no llegó a tiempo de restituirlo porque la muerte se lo llevó, por suerte suya y de su país. A saber cuántas cosas habría imaginado si hubiese quedado con vida.
Sobrevivióle Arístides, cuyas vicisitudes nos demuestran, desgraciadamente,
que la honestidad en política no encuentra siempre su recompensa, y que la historia,
como las mujeres, siente debilidad por los bribones.
Era
el hombre hacia el cual todo el público volvió la mirada cuando una noche, en el teatro, un actor declamó ciertos versos de Esquilo que decían: «Él
no pretende parecer justo, sino serlo. Y de su ánimo no germinan, como trigo de fértil gleba, más que sabiduría y mesura», pues cada uno vio en esta descripción su retrato. Era el hombre que no sólo había cedido su
turno de mando a Milcíades, sino que después de la batalla, habiendo recibido en custodia las tiendas del enemigo, dentro
de las cuales se
acumulaban cuantiosas
riquezas, las había entregado intactas al Gobierno; cosa que también en aquéllos tiempos, como se ve, causaba gran impresión. Su rectitud era tan universalmente reconocida que, cuando Atenas y sus
aliados convinieron en formar una liga e instituir un fondo común en Delos, fue él, por votación unánime, designado para administrarlo.
No nos maravilla, porque había sido amigo y discípulo de Clístenes. Y había pasado la juventud combatiendo, en nombre del orden democrático, la corrupción política y las malversaciones
de sus funcionarios. Desgraciadamente,
son cualidades que la gente admira, pero no ama. Y acaso le faltaba a Arístides aquel don de la «simpatía» que había sido la fuerza de Pisístrato y le había permitido hacerse perdonar su cinismo.
El hecho es que fue
batido por su adversario Temístocles, del que tal vez le separaba más bien una rivalidad sentimental que una oposición ideológica.
Habían estado ambos perdidamente enamorados de la misma muchacha, Estesilao de Ceo. A
la sazón, ella había muerto. Pero los rencores habían
sobrevivido, y la mala fortuna quiso que las buenas cualidades, entre los dos, estuviesen equitativamente repartidas: al superior carácter de Arístides
se oponía la superior inteligencia de Temístocles, orador brillante y hombre político de recursos inversamente proporcionales a los escrúpulos. «No había —dice Plutarco de él— aprendido
gran cosa, cuando los maestros trataron de enseñarle cómo hay que ser; pero había aprovechado ampliamente las lecciones cuando le instruyeron sobre
los métodos de triunfar.»
Venció él, y con escasa caballerosidad propuso el ostracismo para Arístides. Era
el único medio de librarse de semejante hombre de bien. Y no dice mucho a favor de los atenienses el hecho de que los tres mil votos se encontraron también
en
esa ocasión. Los motivos de esta desdichada medida los expresó con claridad un pobre rústico analfabeto, que el día de la votación, se dirigió a Arístides sin saber quién era éste, para rogarle que inscribiese en la pizarra su aprobación a la propuesta de Temístocles.-
«¿Por qué
quieres mandar al exilio a Arístides?. ¿Te ha hecho algo?», preguntó Arístides.
«No me ha hecho nada
—respondió el otro—, pero
no puedo aguantar más oírle llamar "el Justo". ¡Me ha roto los cascos con su justicia!» Arístides sonrióse de tanto rencor,
típico de
la mediocridad contra lo sobresaliente, e inscribió el voto de aquel hombre
contra él. Y tras haber oído el veredicto condenatorio,
dijo sencillamente: «Espero, atenienses,
que no volváis a tener ocasión de acordaros de mí.» Así, después de Clístenes, que lo había inventado, también su mejor amigo y alumno caía víctima del ostracismo. Pero también esta vez había un motivo, aunque cruel e injusto: Atenas,
en aquel momento, necesitaba más de Temístocles que de Arístides. Los persas se hallaban de nuevo a sus puertas.
Esta
vez los conducía Jerjes, que sucediera a su padre en -485 y ardía en deseos de vengar la única derrota de éste. Empleó cuatro años en preparar la expedición. Y
lo que en 481 se puso en marcha para el gran castigo era un ejército que Heródoto calculó
en más de dos millones
y medio de hombres, apoyado
por una flota de mil doscientas naves.
«Cuando
se paraban a beber en un sitio, los ríos se secaban», añade el historiador para hacer más creíbles sus cifras. Los espías griegos que Temístocles mandó para procurarse informaciones fueron descubiertos. Pero Jerjes ordenó que se les soltase. Prefería que los griegos se enteraran y que, sabiendo, se rindiesen.
Los Estados del Norte lo hicieron. Al ver a los ingenieros fenicios y egipcios construir un puente de setecientas barcas, sobre el que extendieron encima una capa de troncos de árbol y tierra, y excavar después un canal de dos
kilómetros para
atravesar el istmo del monte Atos,
aquellos pobres campesinos pensaron que Jerjes debía ser una encarnación del dios Zeus y que, por lo tanto, era inútil resistirle.
Como
de costumbre, al lado de la temeraria Atenas, de momento sólo estuvo Platea. A ésta se agregó Tespias.
Y, poco después, Esparta decidióse finalmente a unirse a la coalición. Su rey, Leónidas,
condujo en las Termopilas un extenuado grupo de
trescientos hombres, todos viejos, pues los jóvenes tenían que. quedarse a actuar de simiente en casa.
Y de dar crédito a los historiadores griegos, aquéllos
hubieran rechazado solos a los dos millones y medio de enemigos, si unos traidores no hubiesen guiado a éstos, por un sendero oculto, cogiendo
de revés a Leónidas. Éste
cayó
con doscientos noventa y
ocho de los suyos, tras
haber causado veinte mil muertos al
enemigo. De los dos supervivientes, uno se suicidó por vergüenza y el otro se rehabilitó, cayendo en Platea.
Una
lápida fue colocada en conmemoración del
episodio. En ella está escrito; «Ve, extranjero, y di en Esparta que nosotros caímos aquí en obediencia a sus leyes.»
La noticia del desastre llegó a Temístocles el día siguiente de la batalla naval de Artemisium, donde,
si bien se encontrase a uno contra diez, logró no perder. La víspera, los otros almirantes querían retirarse. Mas los eubeos,
temerosos de
un desembarco persa, le habían enviado treinta talentos —algo así como cien millones de liras— para que él les decidiera
a batirse. Temístocles les dio la mitad. El resto de la propina se la guardó.
El
desastre de las Termopilas no le permitió
reanudar la batalla el día siguiente. Era preciso mandar
la flota a Salamina para embarcar a los atenienses,
que comenzaban a huir ante el ejército de Jerjes en marcha hacia la ciudad. Ésta no se rindió. Un diputado que lo había
propuesto fue muerto en la Asamblea, y su esposa y sus hijos lapidados por las mujeres.
Los persas saquearon una ciudad desierta, y creyeron haber vencido porque, mientras tanto, su flota había entrado también
en la rada. En este punto se vio quién era Temístocles. No pudiendo oponerse a sus colegas que, unánimes, querían huir, mandó a escondidas un esclavo suyo a Jerjes para informarle del plan de retirada que había de efectuarse la noche siguiente. Si aquel mensaje hubiese sido descubierto, Temístocles
habría pasado por un traidor. En cambio, llegó a su destino. Jerjes, para que el enemigo no le rehuyese, le cercó, y Temístocles alcanzó su objetivo: el de obligar a los
griegos a batirse.
Jerjes,
desde tierra firme, asistió a la catástrofe de su flota, que perdió doscientas
naves contra cuarenta griegas. Los únicos de entre sus marineros que sabían nadar eran también griegos, que se unieron al enemigo.
Los demás se ahogaron. Así, por segunda vez desde Maratón, Atenas salvóse a sí misma y a Europa en Salamina. Corría el año -480 antes de Jesucristo.
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