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sábado, 1 de enero de 2022

CÉSAR DICE SOBRE EL TRATO CON LA GENTE DE BAJA RALEA

He descubierto que cuando uno se halla en peligro entre gente de baja ralea, sean romanos o bárbaros, lo mejor es adoptar una actitud de cierta burla mezclada con desprecio. Es ante todo esencial darles a entender la propia superioridad y hacerles creer que no se les teme.







CÉSAR REFLEXIONA AL INICIARSE LA BATALLA DE FARSALIA

El instante de entrar en la batalla es un momento terrible, y casi todos los soldados, si tienen tiempo o capacidad de pensar racionalmente en lo que va a producirse, vacilan en exponerse con ligereza a la muerte, al dolor, a las feas heridas y a la mutilación. Por cierto que algunos de los discípulos de Epicuro han hecho una muy buena defensa del pacifismo. Con todo, si debemos entrar en la batalla, estaremos más seguros y obtendremos más éxito si no se nos ocurren estos argumentos racionales. Lo que se necesita en ese instante es una especial exaltación del espíritu, que parece conferir a un hombre un coraje físico inusitado y unas facultades de resistencia y determinación superiores a lo normal. Y el espíritu se exalta en virtud de una serie de medios que son artificiales. En verdad, toda la disciplina y apariencia exterior de un ejército tienen por finalidad preparar el terreno para que se produzca en el momento oportuno la clase de exaltación precisa; y cuando llega el momento, nosotros y todas las razas conocidas por la historia empleamos otros estímulos artificiales. En nuestros ejércitos resuenan las trompetas en todos los sectores del campo de batalla; los bárbaros usan tambores y varios instrumentos de percusión. Luego está el efecto que produce el grito de batalla proferido al mismo tiempo por cada soldado. Yo mismo sentí ese efecto cuando oí el gran clamor de «jVenus victrix» proferido a lo largo de toda la línea. Y también es importante, de ser posible, entrar en la batalla en doble fila. Los propios movimientos de los miembros y la sensación de inevitabilidad contribuyen a promover el espíritu necesario en un soldado.






sábado, 11 de diciembre de 2021

miércoles, 8 de diciembre de 2021

CÉSAR DICE SOBRE LOS POETAS

 

Necesitamos poetas para el nuevo mundo que está naciendo y, a medida que dicho mundo adquiera forma, no me sorprendería ver a un gran poeta dedicar su genio a una gran idea política o nacional en lugar de los habituales temas de amor y de odio.




martes, 7 de diciembre de 2021

CÉSAR DICE SOBRE LA RELACIÓN MILITAR DE LÚCULO

Lúculo, teniendo todas las cualidades que un general podía desear, carecía de aquella que, en nuestros días, es la más importante de todas: era ignorante de la naturaleza humana, de cuyas potencias no sabía aprovecharse y desdeñó utilizar sus debilidades. Con todo derecho, exigió mucho de sus hombres, pero sin darles a cambio ni la seguridad de la camaradería que Mario y yo diéramos a nuestras tropas, ni los placeres y excitaciones de esa cínica irresponsabilidad que Sila solía desplegar en sus deliberadas alternancias entre la disciplina más estricta y la más abandonada. A decir verdad, Lúculo se apoyaba en una disciplina fuera de uso. En nuestros días, los soldados piden cuando menos la satisfacción de ser tratados como seres humanos.






domingo, 5 de diciembre de 2021

CÉSAR DICE SOBRE LA CRUELDAD


Siempre tuve tendencia a la misericordia cuando ésta puede practicarse sin peligro. Y tal tendencia mía se debe de un lado a que me disgusta la crueldad, porque fui testigo de demasiadas crueldades en mi juventud, y de otro, al saber que, en última instancia, por más violencia que uno pueda emplear para obtener el poder, es posible conservarlo sólo si uno se granjea la buena voluntad de aquellos a quienes se ha sometido.







jueves, 29 de octubre de 2020

CÉSAR EN GADES, ANTE LA ESTATUA DE ALEJANDRO MAGNO

 

En Gades me encontré ante un vestigio de esa irradiación y también, debo añadir, con algo diferente y, acaso, menos bello, aunque igualmente importante: una gloria absolutamente descollante. En el templo de Hércules de esa ciudad española del Atlántico alguien había erigido una estatua de Alejandro Magno. La estatua en sí no era notable, aunque al igual que en la mayoría de las estatuas de Alejandro, éste se reconocía de inmediato por su gracia, su ligereza y por cierta tensión de los músculos del cuello. Aquí había una belleza más penetrante que la de Pompeyo, más femenina en cierto modo, y mucho más intelectual. Al contemplarla me di cuenta de que allí, en la más remota de las ciudades conocidas de Occidente, me hallaba contemplando la semblanza de alguien que llevara sus ejércitos victoriosos a través de Asia, Mesopotamia, Persia, Bactria y Sogdiana; que llevara el lenguaje, la ciencia y el pensamiento de los griegos desde Macedonia hasta más allá del Indo; que fundara ciudades y dinastías; que, por medio del oráculo de Amón, fuera proclamado dios; que lograra todo esto y muriese antes de haber llegado a la edad que yo tenía.


La gracia y belleza de la imagen, y la rapidez, certeza y brillo de las verdaderas hazañas del hombre se combinaban juntos produciendo en mi mente el más poderoso efecto. Mucho más tarde he sufrido ocasionalmente ataques epilépticos. En esta ocasión también estuve consciente de la proximidad de una especie de convulsión, aunque, en su apariencia externa, era más decente y normal de lo que son dichos ataques. Estallé en llanto y por algunos instantes tuve que ser auxiliado por los amigos y ayudantes que se hallaban conmigo. Cuando al volver en mí se me pidió que explicase mi comportamiento, hice notar simplemente que había llorado al pensar en el contraste entre mi propia vida, en que tan poco realizara, y la de Alejandro, quien, a mi edad, había conquistado el mundo. Esto, en cierto modo, era la verdad; mas sólo parte de ella. Lo que me impresionó con una fuerza que era casi aplastante fue algo mucho más difícil de expresar en palabras que la mera comparación entre mí mismo, con muy poco o ningún título para la fama, y un hombre que, a mi misma edad, se había ganado merecidamente una gloria duradera.


Por un momento me pareció ver en los arcanos de la historia, en la evocación de los muertos, algo sorprendente y de extrema belleza. Mi emoción se parecía a aquella que pueden despertar en nosotros ciertos versos, audaces y apropiados. Tales líneas nos llenarán no sólo de admiración y deleite, sino también de una especie de amor. Combinan el tiempo y el espacio; años y distancias llegan a ser al mismo tiempo magnificados y aproximados. Y para mí, esa figura de Alejandro, una efigie en la costa del Atlántico, representaba los grandes alcances y la precisión del genio, su impacto sobre millones de hombres, sobre ciudades, sobre el pensamiento y la organización de un mundo: un mundo que existía, también, no en palabras, por perfectas que fuesen, sino en carne y sangre. Por cierto que noté con gran desaliento la disparidad existente en ese momento entre el gran Alejandro tal como había sido y era, y yo; sin embargo, lo que arrancó mis lágrimas fue un sentimiento de admiración, de deleite y de amor ante la contemplación de lo que parecía ser un tipo de perfección.


En ese mismo templo de Hércules, en Gades, los sacerdotes trataron de interpretar los inquietantes sueños que tuviera de un amor culpable con mi propia madre. Su teoría, según la cual esos sueños eran una indicación de que un día yo llegaría a dominar el mundo, no era lógicamente sustentable; sin embargo, esas teorías se avenían con mi forma de pensar. Desde ese momento comencé conscientemente a aspirar al poder. No porque yo anhelase ese poder absoluto que más tarde llegaría a ser mío. Deseaba simplemente ser el primer hombre en el Estado y poder transformarlo de acuerdo con la dirección de mis propias ideas. Veía también que, a fin de alcanzar la altura a que aspiraba, debería actuar no sólo con resolución, sino con una cierta duplicidad. Tendría que hacer alianzas políticas con otros más ricos y poderosos que yo y contentarme durante algunos años todavía con aparecer como un subordinado. No obstante, no habría de descuidar ninguna oportunidad de llevar adelante una política que podría ser llamada mía, y no vacilaría en imponerla por medio de la violencia, mientras estuviera seguro de que la actitud violenta que tomara tuviese éxito.

( Warner Rex en "El joven César")


domingo, 25 de octubre de 2020

CÉSAR EXPLICA LAS CAUSAS BÁSICAS DE LA GUERRA CIVIL ROMANA

 

Según los historiadores, el estallido de la guerra civil se remonta al momento en que envié a Italia las primeras unidades de mi ejército a través del límite provincial del Rubicón. Esa es una manera de considerar el tema, pero desde otro punto de vista es licito afirmar que la guerra civil duró toda mi vida. Las contradicciones de concepción, procedimientos y sentimientos que existían en la época de Mario y Sila permanecían aún sin resolver; y quizá no se deba a accidente alguno el hecho de que en esta pugna mayor los protagonistas, Pompeyo y yo, hubiéramos estado desde nuestros años juveniles tan relacionados con estos dos ejemplos del pasado. Pompeyo se había hecho famoso como el más brillante de los comandantes jóvenes de Sila. Yo estuve a punto de perder la vida y casi desesperaba de poder hacerme alguna vez un nombre porque era sobrino de Mario. Desde aquella época, con grandes dificultades y peligros, conseguí reanimar en cierta medida el partido de Mario. En política se me conocía como uno de los jefes del pueblo y como un opositor de aquel tradicionalismo artificial y represivo que había defendido Sila y que en el pasado había encontrado la oposición de varios miembros de mi familia de espíritu liberal. También Pompeyo se había opuesto en varias ocasiones a la constitución de Sila y había adquirido cierto renombre de político popular, pero sólo lo había hecho cuando pareció que la constitución iba contra sus propias ambiciones personales. Era claro que a su juicio los artículos de la constitución debían aplicarse a todo el mundo, excepto a él mismo. Ahora, por fin, los reaccionarios del Senado que por envidia se habían opuesto durante tanto tiempo a Pompeyo, comenzaron a comprender que todo cuanto debían pedirle era que fuera su jefe. Naturalmente, se les ocurrió que el mejor uso que podrían dar a la posición de jefe de Pompeyo era enfrentarlo conmigo. Por supuesto, la opinión que de mi tenían esos elementos reaccionarios era tan obstinadamente injusta como la que habían tenido de Pompeyo. Yo contaba con el apoyo del pueblo y de muchos elementos del Estado que podían considerarse desdorosos; pero poseía (y no es desatinado pensar que aquellos hombres deben de haberlo observado) cierto sentido de responsabilidad y eficiencia. No era, como ellos pretendían, otro Catilina. Si llegaba a ser elegido cónsul, tomaría muchas medidas que podrían deplorar los conservadores extremos (la mayor parte de ellos, atrasados en unos cincuenta años, se oponían hasta a conceder la ciudadanía a los italianos del norte), pero no aboliría, por ejemplo, todas las deudas ni toleraría ningún género de anarquía. Tanto a Pompeyo como a mi nos habían acusado, y aún se nos acusaba, de que aspirábamos a una monarquía. En ninguno de los dos casos la acusación era justa, aunque ahora, como resultado de los acontecimientos de estos últimos cinco años, comienzo a preguntarme sí ese titulo de «rey» no es el que más me conviene. Pero es verdad que en el momento de estallar la guerra civil no se me había ocurrido semejante idea.



Los hechos, desde mi punto de vista, fueron éstos: en el transcurso de las dos generaciones pasadas nuestro imperio se había convertido en una organización demasiado grande y compleja para ser gobernada con eficacia sin un planteamiento consciente y de largo alcance. El reducido clan de nobles hereditarios que había gobernado Roma podría haber desarrollado las condiciones necesarias para un mundo en constante mutación. Pero durante las dos últimas generaciones se había hecho evidente que no podían ni querían desarrollarlas. Cuando todo mostraba la necesidad de expansionarse (lo político, lo militar, lo económico), su acción fue invariablemente restrictiva. Y continuaron justificando sus deshonrosas y peligrosas prácticas con el argumento de que respetaban y aplicaban una constitución tradicionalista. Incluso Cicerón, que siempre había estado regido por un excesivo respeto por las «familias nobles», se había dado cuenta y en un libro que publicara en esa época evidenciaba la necesidad de reorganización, de flexibilizar la política y la justicia. No obstante, para él, así como para muchos otros, esa necesidad permanecía teórica. Era incapaz de traducir a frases más comunes y precisas sus abstractas palabras: reforma agraria, fundación de colonias, ampliación de la ciudadanía, seguridad fronteriza, organización del tráfico en Roma, desagües y todas las innumerables necesidades evidentes y concretas de las cuales soy consciente y me esfuerzo por subsanar. Creo que ni siquiera ahora se da cuenta de que soy tan constitucionalista como él. Esto se debe en parte a que fui educado como un aristócrata, y en parte porque mis antepasados fueron reyes y, de acuerdo a la leyenda, dioses. Recuerdo incluso cómo me impresionó el que Catilina, que sin duda merecía el calificativo de revolucionario, y que de haber podido, habría exterminado con certeza a casi la mitad del Senado (algo que a mí ni siquiera se me pasó por la cabeza), conservó hasta el final, sin duda porque provenía de una familia patricia, una veneración bastante patética por las formas. Cuando su causa estaba prácticamente perdida, él se autoproclamó (por supuesto ilegalmente) cónsul y se paseaba acompañado por lictores. En cambio, mi respeto por la constitución está basado en la razón antes que en los sentimientos.


Siempre he aspirado a un mundo en expansiva y tolerable libertad y sé que este mundo no puede existir sin orden. Nuestras instituciones políticas, militares y religiosas simbolizan y también preservan el orden. La gente se siente muy feliz cuando honra y respeta estas instituciones y acata cuanto ellas impongan. Sin embargo, en cada generación estas instituciones "que estructuran nuestro sistema de vida y regulan nuestras ambiciones y necesidades" están representadas por hombres de carne y hueso. Salvo en épocas muy inestables y peligrosas, estos hombres no precisan ser poseedores de sobresalientes cualidades de virtud e inteligencia. Es suficiente con que sean respetables; y en tiempos críticos, deben admitir la necesidad de un cambio. Pues estas instituciones tan venerables y reverenciadas deben ser nuestras guardianas y protectoras: si controlan nuestras acciones y refrenan nuestras ambiciones, debe ser para nuestro bienestar. Cuando sus representantes utilizan claramente las formas consagradas de gobierno para reprimir las legítimas iniciativas, distorsionar la justicia, perpetuar la ineficiencia, se propicia una situación que puede describirse como revolucionaria; aunque aun entonces, con un mínimo de inteligencia, los horrores y convulsiones de una revolución se pueden evitar.


(...)  No me gusta nada la noción de necesidad en la historia, puesto que creo que todos o casi todos nosotros gozamos en nuestros actos de cierta medida de libre albedrío. Aun ahora tengo la seguridad de que la guerra civil pudo haberse evitado y se habría realmente evitado, si se me hubiera ofrecido la oportunidad de mantener con Pompeyo una charla privada. Y sin embargo, el hecho mismo de que el estallido de esa guerra y su continuación fueran tan poco razonables, tan por entero opuestos a los deseos de la mayoría de nuestro pueblo, me hace creer a veces en que era inevitable. Detrás de Pompeyo y detrás de mí se habían congregado las mismas fuerzas, buenas y malas, que estaban detrás de Sila y de Mario, y en cierto modo la situación se había hecho, si no más clara, más abstracta. Pompeyo y yo no éramos enemigos personales, como lo fueron Mario y Sila. Es más, siempre apoyé a Pompeyo en política, y él, en virtud de su influencia, había hecho posible que yo llevara a cabo lo que deseaba hacer en mi primer consulado y posteriormente. Cada uno de nosotros podía contar con la lealtad personal de nuestros partidarios, pero la lucha no era en modo alguno una lucha de personas. Pompeyo y su partido pretendían representar el gobierno tradicional de Roma contra un hombre que era un revolucionario potencial o, mejor dicho, un revolucionario cabal. También yo, claro está, pretendía obrar legalmente y, con la ayuda de los tribunos, tenía una razonable argumentación para defender mi causa. Pero en verdad Pompeyo, con sus ojos fijos en el pasado, representaba una tradición que, a pesar de sus manifestaciones animadas y hasta convulsivamente vigorosas, estaba casi muerta; en tanto que yo, aun en ciertos aspectos proyectándome a tientas hacia el futuro, representaba algo que, nacido del pasado, se convertirá en la tradición de que vivirá la gente de edades futuras. Yo mismo habré hecho para dar forma a esta tradición algo que, no obstante, puede considerarse como necesario y más fuerte que yo. Esa tradición tendrá que existir, si la propia Roma pretende existir. Y si tuviera que morir mañana en uno de mis ataques epilépticos (que ocasionalmente resultan fatales) o si me asesinaran, y el poder volviera a manos de aquellos enemigos míos que han sobrevivido a causa de mi perdón, ese poder ya no podrá ejercerse otra vez como antes ni, creo, lo ejercerá otra vez la misma clase de gente. Serían necesarias aún más guerras, y a fin de cuentas el nuevo sistema que inicié, en parte por mi voluntad consciente y en parte por la presión de los hechos, volvería a afirmarse y continuaría desarrollándose.












CÉSAR DICE SOBRE RELACIONARSE CON MUJERES

 

En realidad, aunque siempre es un placer conversar con gente inteligente, en caso de ser mujeres la conversación resultaba mucho más agradable, sobre todo si se supone que no es para hacerles el amor.






domingo, 11 de octubre de 2020

TRAS VENCER EN FARSALIA, CÉSAR VISITA TROYA, LA CIUDAD DE ORIGEN DE SUS ANTEPASADOS JULIOS


En Troya me detuve lo bastante para examinar las antigüedades y hacer levantar un altar cerca del punto en que, según la tradición, yace enterrado Héctor. Verdaderamente, queda bien poco de los terraplenes y torres de que nos habla Homero; pero el lugar parece aún animado por los famosos espectros.


Algunos de mis oficiales, al ver el lugar en que se había levantado la ciudad, se rieron de Homero y de sus historias sobre el sitio de diez años y las tremendas batallas en las cuales un hombre Héctor, Patroclo o Aquiles aparece a menudo representado, en el estilo heroico, como dueño de una fuerza destructora de por lo menos una legión entera. Les dije cuán fuera de lugar estaban sus risas y, más aún, cuán bárbaras eran. Es cierto que para un ejército moderno con superioridad naval el sitio y toma de Troya presenta pocas dificultades. Lo que hicimos en Avarico y Alesia eran operaciones de dimensiones mucho mayores. También es verdad que una cohorte romana podría acabar fácilmente con todos los héroes homéricos juntos. Sin embargo, si llega alguna vez la época en que los hombres ya no se conmuevan con la verdad de Homero, el hombre se habrá convertido en una especie diferente. Homero ve la grandeza y la debilidad conjuntamente, el honor y el deshonor, la sublimidad y los terribles estragos de la guerra. Por eso lloramos tanto a Aquiles como a Héctor, nos exaltamos en la libertad que ellos, como seres excepcionales, aunque humanos, poseen; y nos hace modestos el pensamiento de que hasta ellos, en toda su fuerza y brillo, sólo pueden escapar por un breve período, acaso por unos momentos, a la presión de la necesidad. Yo mismo tenía razones de índole más personal para sentirme conmovido ante la vista de Troya, puesto que, según la tradición, mi familia y toda la raza de los romanos proceden de esa ciudad. En alguna parte de esas boscosas colinas que se extienden más allá de la ciudad, la diosa Venus, así lo refiere la leyenda, se enamoró del troyano Anquises y le dio por hijo al héroe Eneas, quien, por la voluntad de los dioses, escapó del incendio de la ciudad y llevó consigo a su hijito Iulo, de quien toma su nombre nuestra familia. Ya había concebido la idea de que sería digno de mí, una vez restablecida la paz, construir otra Troya en el antiguo emplazamiento y poblada con ciudadanos de Roma. Este proyecto me es muy caro, aunque en los últimos años he pensado en otros lugares: Alejandría y Bizancio, que en ciertas circunstancias podrían también adaptarse admirablemente como centros de gobierno y administración. Lo cierto es que durante esta visita a Troya después de Farsalia lloré ante la tumba de Aquiles y dispuse que mis secretarios me prepararan una serie de mapas, planos y notas que me han resultado recientemente útiles al considerar la disposición de la futura colonia.


CÉSAR SE GANA LA CONFIANZA DE SUS LEGIONARIOS

Creo que, después de las campañas del primer año en las Galias, ningún soldado mío podía pensar que su comandante en jefe lo abandonaría. Después de haberme separado de mi caballo, me puse el manto escarlata que siempre uso en las acciones de guerra y antes de que comenzara la batalla recorrí a pie las líneas, llamando por su nombre a los centuriones en quienes confiaba más y deteniéndome de cuando en cuando para decir unas pocas palabras de aliento a los soldados. Decía las cosas usuales (que también pueden encontrarse en un manual); pero me parece que al decirlas podía comunicar algo de mi entusiasmo y de mi determinación de obtener la victoria. En tales momentos, me siento exaltado y no sería muy exacto considerar esta exaltación como una forma de egoísmo. En cierto sentido no sería desacertado afirmar que veo la larga línea de las legiones como una extensión de mi propia personalidad. Las legiones ocupan más espacio del que soy capaz de ocupar y representan mayor poder físico del que yo puedo concentrar en mi cuerpo. Su actividad y hasta algunos de sus pensamientos y aspiraciones son funciones de mi voluntad, de mi ambición, de mi cuidadoso adiestramiento y de mi determinación de llegar a una meta. En este sentido, puedo sentir que mi ejército es un instrumento en mis manos; pero en los momentos en que está a punto de entablarse una batalla, siento mucho más que eso. Me siento el amigo y el camarada de cada soldado que está a punto de enfrentarse con la muerte o de caer herido, y estoy convencido de que tengo el poder de impartir a cada uno de ellos algo de mi propia vehemencia y seguridad. En esos momentos, también los soldados me hablan con soltura, con facilidad, pues saben que nuestro lenguaje es el mismo.








sábado, 10 de octubre de 2020

CÉSAR DICE SOBRE SU PRIMER CONSULADO Y EN VÍSPERAS DE PARTIR PARA LA CONQUISTA DE LA GALIA

Así terminó mi consulado, en un gesto que podría ser descrito con razón como brutal y sórdido a la vez. ¿Es que hubo alguna vez alguien, me pregunto, que haya alcanzado el poder por medios que fueran completamente honorables y dignos?. Ahora, sin embargo, disponía de un ejército y de un mando importante. Debía permanecer en Roma todavía dos meses más ocupándome de otras intrigas políticas, hasta tener la certeza de que durante mi ausencia no podría hacerse ningún movimiento efectivo en mi contra; pero durante dicho tiempo, adquirí la convicción de que había terminado un período de mi vida y que estaba al comienzo de otro. El período pasado había estado caracterizado por continuos peligros y dificultades. Me encontré obstaculizado desde el comienzo por la falta de dinero y por el derrumbe completo del partido de Mario y Cinna, en quienes me apoyara en busca de oportunidades para ascender. Ahora, a la edad de cuarenta y tres años, no tenía sino una fracción de la experiencia militar que a esta misma edad poseían Lúculo o Pompeyo y hasta el mismo Craso. Sin embargo, no creía tener menos habilidad que ellos y sabia que, en estos años durante los cuales luché cuesta arriba, partiendo en mi primera juventud desde mi posición de perseguido por los verdugos de Sila, hasta llegar a la de cónsul del pueblo de Roma, había adquirido un conocimiento más que excepcional sobre política y sobre la naturaleza humana. En estos aspectos no habría de cometer los errores que cometiera mi tío Mario. Esperaba, y (aunque no creo que los dioses intervengan en los asuntos humanos) casi hasta rogué, que me fuese posible demostrar que no soy indigno de él, en lo que siempre me pareció lo más rico, lo más brillante y lo más honesto: el campo de la guerra. No podía saber que en el transcurso de los diez años siguientes habría de arrasar más de ochocientas ciudades, someter trescientas naciones y combatir en diversas oportunidades en batallas con tres millones de hombres. Ni sabía tampoco que tales hazañas iban a ser solamente el preludio de otras luchas aún más desesperadas. Todo lo que veía era la poderosa invitación hacia un futuro más grande. Me sentía ansioso por unirme a mi ejército lo antes posible. Mientras tanto, despaché a Tito Labieno para que me precediera en la Galia.