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domingo, 26 de abril de 2020

TITO DICE SOBRE SÍ MISMO



Es imposible que yo sea insultado o ultrajado de alguna forma. Yo no hago nada que merezca ser censurado, y no me importan las falsedades que sobre mí se escriban. Y en cuanto a los emperadores que ya están muertos y enterrados, ya se vengarán por sí mismos en caso de que alguien les haga algún mal, si en verdad son semidioses y poseen algún poder.


( Dión Casio en "Historia romana" )



sábado, 25 de abril de 2020

CAUSA DE LA MUERTE DEL EMPERADOR TITO SEGÚN EL TALMUD




Según el Talmud, un insecto se introdujo en la nariz de Tito y se escondió en su cerebro durante siete años causándole un gran dolor. Tito notó cómo el sonido de un herrero que martillea disminuía su dolor, tanto que pagó a unos herreros para que martillearan cerca de él; sin embargo, aunque el efecto cesó, el insecto continuó en su sitio. Cuando Tito murió, abrieron su cráneo y encontraron que el insecto había crecido hasta alcanzar el tamaño de un pájaro. El Talmud cita esto como la causa de su muerte y lo interpreta como la venganza divina por sus malas acciones.






DIÓN CASIO DICE SOBRE EL EMPERADOR TITO




El hecho de que las fuentes hablen muy bien de él se debe a que estuvo poco tiempo en el trono, y casi no tuvo oportunidad de hacer el mal. Desde la fecha en que le nombraron emperador pasaron solo dos años, dos meses y veintinueve días —además de los veintinueve años, cinco meses y veinticinco días que había vivido hasta entonces—. Ciertamente, por ello se considera que igualó el largo reinado de Augusto, ya que Augusto nunca habría sido amado de haber vivido menos, ni Tito de haber vivido más. Augusto, aunque se mostraba irascible a causa de las guerras y otros contratiempos, fue muy capaz, con el tiempo, de conseguir una brillante reputación por sus generosos actos; Tito, por el contrario, gobernó con templanza y murió en el apogeo de su gloria. Si hubiera vivido mucho más, se hubiera demostrado que debe más su fama actual a la fortuna que a sus propios méritos.










martes, 21 de abril de 2020

TITO FLAVIO DOMICIANO EL EMPERADOR CRUEL, POR SUETONIO




I. Nació Domiciano el 9 de las calendas de noviembre (191); su padre había sido designado cónsul y había de entrar en funciones al mes siguiente. El nacimiento acaeció en la sexta región de Roma, cerca del punto llamado la Granada, en una casa convertida más adelante por él en templo de la familia Flavia. Se afirma que pasó su infancia y su primera juventud en la indigencia y en la infamia; no tenía siquiera un vaso de plata y es sabido que el prestamista Clodio Polión, contra el que tenemos un poema de Nerón, intitulado El Tuerto, había conservado y exhibía muchas veces una carta de Domiciano en la que éste le ofrecía una noche. Afirmase también que tuvo el mismo comercio obsceno con Nerva, su inmediato sucesor. Durante la guerra de Vitelio se había encerrado en el Capitolio con su tío Sabino y una parte de las tropas, pero habiéndose apoderado el enemigo del templo y habiéndole puesto fuego, refugiase él en casa de un guardián, donde pasó la noche; por la mañana, disfrazado con el traje de los sacerdotes de Isis, consiguió escapar, mezclándose con los ministros subalternos de esta vana religión. Se retiró al otro lado del Tíber, acompañado de una sola persona, a casa de la madre de un condiscípulo suyo, hallando en ella tan excelente refugio, que los emisarios que seguían sus huellas no pudieron encontrarle. Salió finalmente después de la victoria, siendo saludado cesar; se le honró incluso con la dignidad de pretor de Roma con autoridad consular, pero sólo conservó el título y transmitió la autoridad al primero de sus colegas, mostrando, por el abuso que hizo del poder, lo que había de ser algún día. Fuera largo enumerar todas sus bajezas. Sedujo, en primer lugar, a las esposas de gran número de ciudadanos, robó y tomó en matrimonio a Domicia Longina, que estaba casada con Elio Lamia; distribuyó en un solo día más de veinte oficios para la ciudad y para las provincias, diciendo Vespasiano con este motivo, que se extrañaba de que su hijo no le nombrase también sucesor.


       

II. Emprendió sin necesidad una expedición a la Galia y la Germania, desoyendo los consejos de los amigos de su padre, con el único objeto de emular las hazañas y la consideración de su hermano. Vespasiano le reprendió con dureza, y a fin de que no olvidara en adelante su edad y condición, le obligó a vivir con él. Siempre que el emperador se presentaba en público con Tito, Domiciano seguía en litera la silla curul, y el día en que se celebró su triunfo sobre la Judea los acompañó montado en un caballo blanco. De sus seis consulados únicamente uno fue regular, y su hermano fue quien se lo cedió y solicitó para él. Domiciano supo fingir entonces gran moderación, y sobre todo viva afición a la poesía, de la que no había hecho nunca el menor caso y por la que mostró más adelante profundo desprecio; entonces llegó, sin embargo, incluso a leer versos compuestos por él. Cuando Vologesio, rey de los partos, pidió un refuerzo mandado por un hijo de Vespasiano, para luchar contra los alanos, Domiciano hizo cuanto pudo para ser elegido, y habiendo resultado vanos sus esfuerzos, trató de incitar con dones y promesas a los otros reyes de Oriente para que hiciesen igual petición. Tras la muerte de su padre vaciló algún tiempo sobre si ofrecería a los soldados donativo doble del ordinario, con el fin de sublevarlos, y no dudó hacer correr que Vespasiano le había dejado una parte del Imperio, pero que habían falsificado su testamento. A partir de entonces, no cesó de conspirar en secreto y hasta abiertamente contra su hermano. Cuando le vio gravemente enfermo ordenó sin esperar a que expirase, que le abandonaran como si estuviese muerto. Tributó sólo a su memoria los honores de la apoteosis y hasta algunas veces le censuró indirectamente en sus edictos y discursos.


       

III. Al comienzo de su reinado se encerraba solo todos los días durante horas enteras para cazar moscas. a las que enristraba con un punzón muy agudo. Semejante costumbre dio motivo a un chiste de Vibio Crispo, el cual, preguntado un día si había alguien con el emperador: No, contestó, ni siquiera una mosca. Repudió Domiciano a su esposa Domicia, que le había dado un hijo durante su segundo consulado, y que al año siguiente había recibido de él el título de Augusta, pero que estaba locamente enamorada del histrión Paris. No pudo, sin embargo, soportar esta separación, y poco después volvió a llamarla, como cediendo a las instancias del pueblo. Su conducta en el gobierno del Imperio fue al comienzo muy desigual y mezclada de mal y de bien, pero poco a poco hasta sus virtudes degeneraron en vicios; puede conjeturarse que las circunstancias ayudaron también a desarrollar sus malas inclinaciones: la pobreza le hizo codicioso, y el miedo, cruel.


       

IV. Dio a menudo en el Anfiteatro y en el Circo espectáculos tan dispendiosos como magníficos. En el Circo, además de las carreras acostumbradas de bigas y cuadrigas, dio un doble combate de caballería e infantería, y en el Anfiteatro una batalla naval. Las cacerías de fieras y los combates de gladiadores se verificaban de noche, a la luz de las antorchas, viéndose luchar en la arena, no sólo a hombres, sino también a mujeres. Los cuestores habían dejado caer en desuso desde hacía ya mucho la costumbre de dar combates de gladiadores a su entrada en el cargo; Domiciano la restableció, asistió siempre a tales espectáculos y permitió cada vez al pueblo pedir dos parejas de sus propios gladiadores, que presentaba los últimos y vestidos con trajes dignos del dueño del Imperio. Mientras duraban los juegos tenía constantemente a sus pies un enano vestido de escarlata, cuya cabeza era de una prodigiosa pequeñez; Domiciano hablaba continuamente con él, y algunas veces de cosas serias; un día se le oyó, por ejemplo, preguntarle si sabia por que había dado en la última promoción el gobierno del Egipto a Mecio Rufo. En un lago abierto cerca del Tíber y rodeado de gradas, hizo representar batallas navales, en las que combatieron flotas, por decirlo así, completas; y ni siquiera una fuerte lluvia sobrevenida durante uno de estos espectáculos le impidió presenciarlo hasta el fin. Celebró asimismo los juegos seculares, tomando por fecha los últimos del reinado de Augusto, y no los de Claudio. El día de los dioses en el Circo, decidió reducir a cinco las siete vueltas, a fin de facilitar la terminación de las cien carreras de carros. Fundó en honor de Júpiter Capitolino un certamen quinquenal de música, de carreras de caballos y de ejercicios gimnásticos, en los que se distribuían más coronas que en nuestros días. Se disputaba, asimismo, en ellos el premio de la prosa griega y latina; había, además, premio para canto y arpa, otro para los coros de arpa y de canto, y otro, por último, para arpa sola; y se vio, incluso, a doncellas disputarse en el estadio el premio de la carrera. Domiciano presidió personalmente tales juegos, con calzado militar, toga de púrpura a la griega y en la cabeza una corona de oro en la que estaban grabadas las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva, a su lado tenía al gran pontífice de Júpiter y del colegio de los sacerdotes flavianos, vestidos todos como él, pero llevando en sus coronas, además de las imágenes citadas, el retrato del emperador. Celebraba todos los años en el monte Albano las fiestas de Minerva, divinidad para la cual había establecido un colegio de sacerdotes. Entre éstos, designaba la suerte al pontífice, estando obligados a dar magníficos combates de fieras, juegos escénicos y premios de elocuencia y poesía. Distribuyó tres veces al pueblo congiarios de trescientos sestercios por individuo; y durante las cestas de su cuestura le hizo servir un festín de los más espléndidos. En la fiesta de las Siete Colinas hizo distribuir a los senadores y caballeros raciones de pan y al pueblo canastillos llenos de viandas, de las que empezó a comer el primero. Al siguiente día hizo arrojar entre los espectadores regalos de toda clase; como la mayor parte de aquellos obsequios cayeron en los bancos del pueblo, señaló otros cincuenta lotes para cada banco de senadores y caballeros.


       

V. Restauró gran número de hermosos edificios que habían sido destruidos por las llamas; entre otros, el Capitolio, que se había incendiado otra vez, pero siempre inscribiendo su nombre, y sin hacer mención del antiguo fundador. Construyó sobre el Capitolio un templo nuevo, dedicado a Júpiter Custodio. Se le debe también el Foro que lleva hoy el nombre de Nerva, el templo de la familia Flavia, un estadio, un teatro lírico, y, por último, una naumaquia, cuyas piedras sirvieron más adelante para la restauración del Circo Máximo, del que se habían consumido dos costados.


       

VI. En cuanto a sus expediciones militares, unas las emprendió espontáneamente, como la que decidió contra los catos; otras por necesidad, como la de los sármatas, que habían degollado a toda una legión con su jefe. Así fueron también sus dos campañas contra los dacios: la primera para vengar la derrota del consular Opio Sabino; la segunda para vengar la de Cornelio Fusco, prefecto de las cohortes pretorianas, a quien había investido del mando en jefe. Después de varios combates, ni favorables ni adversos, contra los catos y los dacios, festejó un doble triunfo; pero tras su victoria sobre los sármatas contentase con ofrendar una corona de laurel a Júpiter Capitolino. Dio fin, sin salir de Roma y con singular fortuna, a la guerra civil suscitada por L. Antonio, gobernador de la Alta Germania; en efecto, en el momento mismo del combate, los témpanos del Rin, arrastrados por el deshielo, impidieron a las tropas de los bárbaros que se uniesen a las de Antonio. Los presagios de esta victoria precedieron en Roma a la noticia, pues el mismo día de la batalla un águila gigantesca rodeó con sus alas la estatua del emperador, lanzando alegres chillidos, y pocos instantes después tomó tal consistencia el rumor de la muerte de Antonio, que muchos aseguraban incluso haber visto pasear su cabeza.


       

VII. Introdujo muchos cambios en las costumbres establecidas; suprimió la de las sportulas públicas y restableció la de las comidas regulares. Añadió dos partidos a los cuatro del Circo, y los distinguió con trajes de púrpura y oro. Prohibió la escena a los histriones y sólo les permitió representar en casas particulares. Prohibió castrar a los hombres y disminuyó el precio de los eunucos que estaban aún en venta en las casas de los mercaderes. Habiendo observado en el mismo año gran abundancia de vino y mucha escasez de trigo. dedujo de ello que la preferencia otorgada a las viñas hacía olvidar los trigales; prohibió entonces plantar nuevas viñas en Italia y dejar subsistir en las provincias más de la mitad de las antiguas; pero abandonó la ejecución de esté edicto. Hizo comunes a los hijos de los libertos y a los caballeros romanos algunos de las cargos más importantes del Estado. Prohibió la reunión en un mismo campamento de muchas legiones y recibir en la caja de depósitos militares más de mil sestercios por soldado, por creer que L. Antonio, que había aprovechado para sublevarse contra él la reunión de dos legiones en los magno cuarteles de invierno, tuvo también en cuenta la importancia de este depósito. Concedió, finalmente a los soldados un cuarto término de paga de tres áureos.


       

VIII. Desplegó en la administración de la justicia gran celo y diligencia, y algunas veces hasta concedió en su tribunal del Foro audiencias extraordinarias. Dejó sin efecto las sentencias de los centunviros dictadas por favor. Exhortó, a menudo a los jueces recuperadores a no acceder a liberaciones reclamadas sin graves motivos. Tachó de infamia a los jueces corrompidos, así como a sus consejeros. Supo también contener a los magistrados de Roma y a los gobernadores de las provincias, que nunca fueron más desinteresados ni más justos, pues que vemos a la mayor parte de ellos acusados después de él de los peores delitos. Encargado de las funciones de la censura, abolió el uso abusivo de sentarse indistintamente en el teatro en los bancos de los caballeros; destruyó los libelos repartidos al público contra los ciudadanos principales; expulsó del Senado a un antiguo cuestor que mostraba excesiva pasión por el arte de la pantomima y del baile; prohibió a las mujeres deshonradas el uso de litera y el derecho a recibir legados o herencias; eliminó de la lista de jueces a un caballero romano que, después de repudiar a su esposa y llevarla ante los tribunos como adúltera, la había recibido de nuevo; condenó, en virtud te la ley Scantinia a muchos ciudadanos de las dos órdenes; estableció castigos diferentes, pero siempre severos, contra los incestos de las vestales, ante los que su padre y su hermano habían cerrado los ojos. Estos castigos fueron primera la muerte, y más adelante el suplicio ordenado por las leyes antiguas. Permitió, sin embargo, a las hermanas Ocelata, y después de éstas a Varronila, que eligieran el género de muerte, y limitóse a desterrar a sus seductores; pero a la gran vestal Cornelia, que había sido absuelta en otra ocasión, acusada de nuevo y convicta, la hizo enterrar viva y azotar a sus cómplices con varas hasta hacerlos morir, en el Comicio, excepto a un antiguo pretor, contra el que no existía otra prueba que una declaración incierta arrancada por la tortura, por lo que fue sólo desterrado. Vigiló con especial cuidado que no se violase impunemente el respeto debido a los dioses; hizo que los soldados destruyesen una tumba que un liberto suyo había elevado a su hijo con piedras destinadas al templo de Júpiter Capitolino y mandó arrojar al mar las cenizas y huesos que había en ella.


       

IX. En sus primeros años experimentaba tal horror por la sangre, que recordando cierto día, en ausencia de su padre, este verso de Virgilio:

                   Impia guam coesis gens est epulata juvencis.

quiso prohibir que se inmolaran bueyes. Ni antes de llegar al Imperio ni en los primeros tiempos de su reinado, hizo sospechar en él ninguna inclinación a la avaricia y avidez; antes, por el contrario, dio muchas pruebas de desinterés y hasta de liberalidad. Colmaba de presentes a las personas de su comitiva y nada les recomendaba con tanta insistencia como la aversión a la avaricia. No aceptaba las herencias de los que tenían hijos, e incluso anuló un legado del testamento de Rusco Cepión, consistente en cierta cantidad que el heredero debía dar todos los años a cada senador a su entrada en el Senado. Declaró libres de toda persecución judicial a los deudores cuyos nombres estaban inscritos en el Tesoro desde más de cinco años, no permitiendo contra ellos la renovación sino dentro del mismo año y aun esto con la condición que impuso al acusador de pena de destierro en caso de perder la causa. Perdonó, por lo pasado, a los escribientes de los cuestores que traficaban según su costumbre y contra la ley Clodia. Dejó a los antiguos poseedores, como por derecho de prescripción, los terrenos que no habían sido destinados tras el reparto efectuado a los veteranos. Reprimió la furia de las persecuciones fiscales, señalando severas penas para los acusadores, y se cita esta frase suya: El príncipe que no castiga a los delatores, los alienta.




       
X. No perseveró, sin embargo, en su clemencia ni en su desinterés, antes por el contrario, se inclinó rápidamente a la avaricia y a la crueldad. Hizo matar a un discípulo del histrión Paris, que era muy joven aún y estaba entonces enfermo, por la única razón de que se parecía a su maestro en la figura y el talento. Hizo también perecer a Hermógenes Tarsense por algunas alusiones contenidas en su historia, y los copistas que lo habían escrito fueron crucificados. A un padre de familia, porque gritó en el espectáculo que un tracio podía luchar contra un mirmilón, pero no contra el odio del que daba los juegos, ordenó que le arrancasen de su sitio, que le arrastrasen a la arena, y le obligó a luchar en ella contra dos perros, con un cartel que decía: Defensor de los tracios, impío en sus palabras. Muchos senadores, alguno de los cuales habían sido cónsules, como Civico Cerialis, procónsul en Asia, Salvidieno Orfito y Acilo Glabrión, desterrados a la sazón, fueron condenados a muerte como conspiradores. Otros muchos fueron muertos por leves pretextos; entre ellos Elio Lamia, por antiguas bromas que, a pesar de ser perfectamente inocentes, le habían hecho sospechoso; por haberle dicho, por ejemplo, después del rapto de su esposa, a algunos que le alababan la belleza de su voz: Es el premio de mi continencia; por haber contestado a Tito, que le exhortaba a tomar otra esposa: ¿Acaso quieres casarte tú también?; dio también muerte a Salvio Coceyano por haber celebrado el nacimiento del emperador Otón, tío suyo; a Mecio Pomposiano, por haber nacido bajo una constelación que al decir de algunos, auguraba el Imperio, porque llevaba a todas partes con él un mapa del mundo y los discursos de reyes y grandes capitanes, extractados de Tito Livio, porque había, en fin, dado a esclavos los nombres de Magón y Aníbal; a Salustio Lúculo, legado en la Bretaña, por haber permitido que llamasen luculenas unas lanzas de forma nueva; a Junio Rústico, por haber escrito el elogio de Peto Traseas y de Helvidio Prisco y haberles llamado los más virtuosos de los hombres, delito que fue causa de que Domiciano expulsase de Roma y de Italia a todos los filósofos. Hizo también perecer a Helvidio hijo, con el pretexto de que en una representación intitulada Paris y Oenone había censurado el divorcio del príncipe, y a Flavio, primo suyo, porque el día de los comicios consulares el pregonero, después de elegido Sabino, le proclamó, en vez de cónsul, emperador. Fue, sin embargo, mucho más cruel después de su victoria sobre Antonio. Para descubrir, en efecto, los cómplices secretos de su adversario, sometió a la mayor parte de los otros a un nuevo género de tortura, consistente en hacerles quemar los órganos sexuales y cortar las manos. Sólo a dos perdonó entre los más conocidos: a un tribuno del orden de los senadores y a un centurión, los cuales alegaron, como prueba de su inocencia, la infamia de sus costumbres, que había debido desposeerles de toda influencia sobre el espíritu de su jefe y de los soldados.
       

XI. La crueldad no le bastaba, y gustaba aún de astucias y golpes repentinos. Cierto día hizo acudir a su alcoba a un recaudador, obligóle a sentarse a su lado en el mismo almohadón, lo despidió luego alegremente y sin inspirarle el menor recelo, enviándole a su casa platos de su mesa, y a la mañana siguiente mandó crucificarle. Había decidido la muerte del cónsul Arretino Clemente, familiar y agente suyo, a pesar de lo cual, continuó tratándole tan bien o mejor que de ordinario, hasta que un día, paseando con él en litera y viendo a su delator, le dijo: ¿Quieres que oigamos mañana a ese mal esclavo? Jugaba cruelmente con los sufrimientos de los hombres, y nunca pronunciaba una sentencia de muerte sin un preámbulo en el que ensalzaba su clemencia, de suerte que el indicio más seguro de trágico fin era la indulgencia del príncipe. Había hecho conducir ante el Senado a algunos ciudadanos acusados del delito de lesa majestad, diciendo que en aquella ocasión experimentaría el celo de la asamblea por su persona, en vista de lo cual fueron condenados al suplicio que determinaban las leyes antiguas. Asustado él mismo por la atrocidad del castigo, quiso prevenir su mal efecto e intercedió por ellos en estos términos, pues no es indiferente repetirlos: Permitid, padres conscriptos, que reclame de vuestro afecto una cosa que bien sé ha de concedérseme difícilmente y es que los condenados puedan elegir su género de muerte os liberaréis así de presenciar un espantoso espectáculo, y todo el mundo comprenderá que asistía yo al Senado


       

XII. Arruinado por los enormes gastos de las construcciones que realizaba, por los espectáculos y por el aumento de estipendio a los soldados, ideó entonces para aliviar el Tesoro militar disminuir el número de éstos; vio que esta medida le exponía a las invasiones de los bárbaros y entonces, sin aligerar las otras cargas, no buscó ya mas que ocasiones de rapiña. Por todas partes se confiscaban los bienes de vivos y muertos, cualquiera que fuese el delator, cualquiera que fuese la acusación; bastaba ser acusado de la menor acción, de la palabra más insignificante contra la majestad del príncipe. Confiscaba para él las herencias que más extrañas le eran, con tal de que una persona, una sola asegurase haber oído decir en vida al difunto que el cesar era su heredero. El impuesto que con más rigor se perseguía era aquel de que se componía el Tesoro judaico; por todas partes se denunciaban al Fisco a aquellos que, sin haber hecho profesión, vivían en la religión judía, o que, ocultando su origen, no hacía efectivo el tributo impuesto a su nación. Recuerdo haber visto en mi juventud a un recaudador reconocer ante un crecido número de testigos a un anciano de noventa años, a fin, de saber si estaba circuncidado. Domiciano mostró en su juventud gran presunción, orgullo y mucha falta de moderación en su conducta y sus palabras. A Cenis, la concubina de su padre, que a su regreso de Istria le ofreció el beso de costumbre, él le tendió simplemente la mano. Parecíale muy mal que el yerno de su hermano tuviese también criados vestidos de blanco, por lo cual exclamó en griego: No es bueno que haya muchos amos.


       

XIII. Ascendido al trono, osó jactarse ante el Senado de haber dado el Imperio a su padre y a su hermano, que no habían hecho otra cosa que devolvérselo. Cuando después del divorcio recibió a su esposa, se sirvió, para decir que compartía su lecho, de la expresión consagrada para la unión de los dioses. Cierto día en que daba un festín al pueblo se mostró en gran manera complacido al oír que gritaban en el Anfiteatro: Felicidades a nuestro señor y a nuestra señora. En los juegos Capitolinos le fue solicitada por todo el concurso la rehabilitación de Palfurio Sura, expulsado en otro tiempo del Senado y que acababa de obtener el premio de la elocuencia; él ni siquiera se dignó contestar y mandó que callasen por medio del heraldo. Llevó su arrogancia al extremo de dictar para el servicio de sus intendentes una fórmula epistolar concebida en estos términos: Nuestro amor y nuestro dios lo quiere y lo ordena. A partir de entonces fue regla general no llamarle de otra manera cuando tuviesen que escribirle o hablarle. No permitió que se elevasen en el Capitolio más que estatuas de oro o plata de determinado peso. Hizo levantar en todos los barrios de Roma un número tal de puertas monumentales y arcos de triunfo, con carros y trofeos militares, que alguien escribió en griego en uno de aquellos monumentos: Basta. Fue cónsul diecisiete veces, cosa hasta entonces sin ejemplo, y especialmente siete veces seguidas, aunque casi siempre lo fue sólo de nombre. De todos sus consulados no conservó ninguno más allá de las calendas de mayo, y muchos sólo hasta los idus de enero. Después de sus dos triunfos, tomó el dictado de Germánico y llamó con sus dos nombres, Germánico y Domiciano, los meses de septiembre y octubre: el primero porque era la época de su ascensión al trono, el segundo por ser el mes en que había nacido.


       

XIV. Odiado y temido por todos, sucumbió al fin bajo una conspiración de sus amigos, de sus libertos íntimos y hasta de su esposa. Mucho tiempo antes le habían asaltado presentimientos acerca del año y del día en que había de morir y hasta sobre la hora y la clase de muerte. Desde su juventud le habían predicho los caldeos todas las circunstancias; viéndole un día su padre rechazar en la mesa un plato de setas, se burló de él en voz alta, diciéndole que más bien debía temer al hierro, si conocía su destino. Inquieto y temeroso a todas horas, por la menor sospecha experimentaba espantosos terrores, y el principal motivo que le impidió hacer cumplir el edicto mandando talar las viñas, se afirma que fue la lectura de cierto escrito difundido por Roma, en el que se leían estos dos versos griegos: Aunque cortes todas las vides, no podrás impedir que haya bastante vino para celebrar tu muerte. Al mismo temor se debió que rehusara un honor extraordinario imaginado por el Senado, que le sabía ávido de este género de distinciones; consistía este honor, según el decreto, en que cuantas veces fuese cónsul, caballeros romanos designados por suerte le precederían, revestido con la trabea y la lanza militar en la mano, entre los lictores y batidores. A medida que se acercaba el momento del peligro, sentía Domiciano redoblar su espanto. Hizo guarnecer la galería en que paseaba de esas piedras transparentes llamadas phengitas, cuya superficie pulimentada, reflejando los objetos, le permitía ver todo lo que pasaba a su espalda. Ordinariamente interrogaba a los prisioneros solo y en secreto y hasta teniendo en las manos el extremo de sus cadenas. Con objeto de demostrar a los que le servían que nunca debe atentarse contra la vida del señor, ni siquiera con intención laudable, condenó a muerte a su secretario Epafrodito, del que se decía haber ayudado a Nerón a darse la muerte, cuando estaba el emperador abandonado ya de todo el mundo.


       

XV. En fin, apenas esperó que Flavio Clemente, su primo hermano saliese del consulado, para hacerle perecer por la más fútil sospecha, a pesar de ser hombre de notoria incapacidad, y a pesar de que había adoptado para sucesores a sus hijos, todavía niños, obligándolos a dejar sus nombres con este propósito, dando al uno el de Vespasiano y al otro el de Domiciano. Semejante crueldad contribuyó en gran manera a acelerar su fin. Durante ocho meses consecutivos tronó con tanta asiduidad en todos los puntos del Imperio, que, oyendo el fragor del rayo, acabó por exclamar: ¡Pues bien, que hiera a quien desee!. Cayeron rayos sobre el Capitolio, sobre el templo de la familia Flavia; también sobre el palacio del emperador, y hasta en su dormitorio. La tormenta arrancó, asimismo, la inscripción de su estatua triunfal, arrojándola sobre una tumba próxima. El árbol, que derribado por el viento, se alzó de nuevo al acercarse Vespasiano antes de su advenimiento al trono, volvió a derrumbarse de pronto con estrépito. La Fortuna de Prenesto a la que durante su reinado se recomendó al principio de cada año y que siempre le había dado respuestas favorables, se las dio para el último aterradoras y hasta habló de sangre. Soñó que Minerva, diosa a la que había hecho objeto siempre de un culto especial, salia de su santuario, diciéndole que no podía ya protegerle, porque Júpiter le había quitado las armas de las manos. Nada le causó, sin embargo, tan profunda impresión como la respuesta y la suerte del astrólogo Ascletarión, que había predicho la muerte del emperador. Llamóle él, y no negando Ascletarión haber divulgado lo que su arte le manifestaba, Domiciano le preguntó cuál sería el fin del mismo astrólogo, a lo que contestó éste, que muy pronto le destrozarían los perros. Domiciano mandó degollarle en el acto y para demostrar mejor cuán vanas eran sus predicciones, ordenó que se le sepultara con el mayor cuidado. Cuando estaban ejecutándolo sobrevino una tempestad que desbarató los preparativos fúnebres, y unos perros aparecidos entonces destrozaron el cadáver medio quemado; el mismo Latino, a quien la casualidad hizo testigo del suceso, lo refirió durante la cena a Domiciano, entre las otras noticias del día.


      

XVI. La víspera de su muerte le sirvieron trufas y las mandó guardar para el día siguiente, diciendo: si aún existo; luego, dirigiéndose a los que le rodeaban, añadió, que al día siguiente la luna quedaría ensangrentada en el signo de Acuario y que ocurriría un acontecimiento del que hablaría toda la tierra. A medianoche le sobrecogió tal espanto, que saltó del lecho. A la mañana siguiente oyó y condenó a muerte a un arúspice que le habían enviado de Germania, por haber predicho, sobre la fe de un relámpago, una revolución en el Imperio. Ál rascarse con demasiada fuerza una verruga que tenía en la frente, brotó sangre, y él exclamó al verla: ¡Pluguiese al cielo que ésta fuese bastante!. Preguntó entonces la hora, y en vez de la quinta, que temía, cuidaron de decirle la sexta, por lo que mostró gran alegría, como si hubiese pasado el peligro; iba ya a entrar en el baño cuando Partenio, dedicado al servicio de su cámara, se lo impidió, diciéndole que un hombre, que tenía que revelarle cosas importantes, solicitaba verle en el acto. El emperador ordenó que se retiraran todos, entró en su cámara y allí fue muerto.


       

XVII. He aquí lo que se supo después acerca de esta conjuración y del modo cómo murió Domiciano. No sabían los conjurados dónde ni cómo le atacarían, si en la mesa o en el baño, cuando Esteban, intendente de Domitila, acusado entonces de malversación, les brindó sus consejos y su brazo. Para alejar sospechas fingió éste tener una herida en el brazo izquierdo, llevándolo durante muchos días envuelto en lana y en vendajes. Llegado el momento, ocultó en él un puñal e hizo pedir una audiencia al emperador, diciendo que quería denunciarle una conspiración. Fue introducido en su cámara, y mientras Domiciano leía aterrado el escrito que acababa de entregarle, le hundió el puñal en el bajo vientre. El emperador, sintiéndose herido, trató de defenderse, cuando Clodiano, legionario distinguido, Máximo, liberto de Partenio, Saturio, decurión de los cubicularios, y algunos gladiadores, cayeron sobre él y le dieron siete puñaladas. El joven esclavo encargado del cuidado del altar de los dioses lares en la cámara imperial, que se encontraba allí en el momento del asesinato, refirió que Domiciano, al recibir la primera herida, le gritó que le trajese un puñal que tenía oculto bajo su almohada y que llamase a los guardias, pero que llegado allí había encontrado en la cabecera del lecho el mango de un puñal, y puertas cerradas por todas partes; que entretanto Domiciano, que había cogido y derribado a Esteban, sostenía con él una lucha encarnizada, esforzándose, a pesar de tener los dedos cortados, ya en arrancarle el arma, ya en saltarle los ojos. Le asesinaron el 14 de las calendas de octubre, a los cuarenta y cinco años de edad, y en el decimoquinto de su reinado. Los mercenarios que llevan por la noche los cadáveres de los pobres, llevaron en pobre féretro el del emperador. Su nodriza Filis le tributó, sin embargo, los últimos honores en su casa de campo de la vía Latina; condujo en secreto sus restos al templo de la familia Flavia y los juntó con las cenizas de Julia, hija de Tito a la qué también había criado ella.


       

XVIII. Era Domiciano de elevada estatura, modesto el semblante, piel sonrosada y ojos grandes, aunque débiles; era hermoso y apuesto, sobre todo en la juventud, aunque tenía los dedos de los pies muy cortos. A este defecto, se unieron más adelante otros; se volvió, efectivamente, calvo; se le hizo el vientre enorme y las piernas extraordinariamente delgadas, más debilitadas todavía por una larga enfermedad que palideció. Estaba tan convencido de la ventaja que podía obtener del aspecto de modestia impreso en su semblante, que un día dijo en el Senado: Hoy mi rostro y mi carácter han debido sin duda agradaros. Le disgustaba tanto estar calvo, que tomaba por ofensa personal las bromas o criticas que dirigían en presencia suya a los calvos en general. Sin embargo, en un breve tratado sobre El cuidado del cabello, que publicó con una dedicatoria un amigo suyo; en el que procuraba consolarle con él, le decía después de citar este verso griego:

                             ¿No ves cuán alto y hermoso soy en la estatura?.

Pero la misma suerte está reservada a mis cabellos, y los veo con resignada tristeza envejecer antes que yo; convéncete de que no hay nada tan agradable, y tan fugaz a la vez, como la belleza.


       

XIX. No podía soportar la menor fatiga, por lo cual no iba nunca a pie en Roma; por el mismo motivo, en la guerra y en las marchas no iba casi nunca a caballo, sino en litera. Sin ninguna acción por el manejo de las armas, la tenía, sin embargo, muy grande por el ejercicio del arco, y con frecuencia se le vio en las inmediaciones de Albano matar con sus flechas centenares de animales y hasta clavar con mano segura en la cabeza de algunos de ellos flechas que asemejaban cuernos. También algunas veces hacía colocar un niño a gran distancia, con la mano derecha extendida a guisa de blanco, y con maravillosa destreza hacía pasar las flechas entre los dedos sin tocarle.


       

XX. Descuidó en el trono los estudios liberales, aunque reparó con grandes desembolsos bibliotecas incendiadas, hizo buscar por todas partes nuevos ejemplares de las obras perdidas y envió gente a Alejandría a fin de obtener copias esmeradas. Nunca leyó un libro de historia o de poesía, ni cuidó su estilo, ni siquiera en ocasiones de importancia. Fuera de las Memorias y las actas del emperador Tiberio, no leía nada, y encargaba a otro la redacción de sus cartas, discursos y edictos. Su lenguaje no estaba, a pesar de todo, desprovisto de elegancia, ni su conversación de frases notables. Quisiera, dijo un día, ser tan hermoso como cree serlo Mecio. En otra ocasión, de uno cuyos rojos cabellos encanecían, dijo: Eso es vino dulce sobre nieve. Y a menudo exclamaba: ¡Qué miserable condición la de los príncipes! No se les da crédito sobre las conspiraciones de sus enemigos hasta que son asesinados.


       

XXI. En sus horas de ocio jugaba a los dados, haciéndolo también los días de fiesta y desde la mañana. Se bañaba al amanecer, y comía abundantemente en su primera comida; de suerte que por la de la tarde no tomaba, ordinariamente, más que una manzana macia y bebía una botella de vino añejo. Daba banquetes con frecuencia, y eran esplendidos, pero breves; nunca los prolongaba más allá de la puesta del sol, y en vez de hacer luego la colación de la noche, paseaba solo, hasta que llegaba la hora de su segundo sueño, en retirado paraje.


       

XXII. Era extraordinariamente inclinado a los placeres lascivos, llamándolos clinopalen, y contándolos en el número de los ejercicios corporales. Se entretenía, según se afirma, en depilar por sí mismo a sus concubinas, y se bañaba con las prostitutas más viles. Casado con Domicia, rechazó obstinadamente desposarse con la hija, todavía virgen, de su hermano, pero la sedujo en cuanto fue la esposa de otro, viviendo todavía Tito. Al perder ella a su padre y a su esposo le mostró él encendida pasión y hasta fue causa de su muerte obligándola a que abortase.


       

XXIII. La muerte de Domiciano, de la que el pueblo se enteró con indiferencia, llenó de ira a los soldados, que en el acto quisieron hacerle proclamar divino, y sólo les faltaron, para vengarle en seguida, jefes que quisieran conducirlos. Se cerraron, sin embargo, obstinadamente, en exigir el suplicio de los asesinos, y no tardaron en conseguirlo. Los senadores, por el contrario, se regocijaron en extremo; acudieron todos a la sala de sesiones y cada cual le prodigó, entre aclamaciones de los demás, las peores injurias. Haciendo llevar luego escalas, arrancaron sus bustos y los escudos de sus triunfos, haciéndolos pedazos contra el suelo y decretaron, por último, que en todas partes fueran borrados sus títulos honoríficos y abolida su memoria. Poco antes de su muerte, una corneja posada sobre el Capitolio había dicho en griego: Todo irá bien; prodigio que hizo escribir luego los versos siguientes:
                             Nuper Tarpecio quoe sedit culmine cornie,
                             Est bene, non potuit diceroe dixit, Erit .
       
Se asegura que el propio Domiciano soñó que le aplicaban detrás del cuello una joroba de oro; dedujo que el Imperio había de ser después de él un Estado feliz y floreciente, lo que no tardó en realizarse, merced a la generosidad y moderación de los príncipes que le sucedieron.



TITO DICE SOBRE SUS LEGIONES




El soldado raso trataba de complacer a su decurión, el decurión a su centurión, el centurión a su tribuno; los tribunos buscaban las alabanzas de los generales, y los generales el reconocimiento del emperador. Por eso son tan eficaces, rápidas y excelentes en comparación con los ejércitos de otras naciones.


( Flavio Josefo )







TITO FLAVIO DICE SOBRE LAS AUDIENCIAS


 Los gobernantes no deben de despedir a nadie sin esperanzas; nadie debe de salir descontento de la audiencia de un príncipe, porque si no se ha logrado nada favorable, se ha perdido el día.








 

domingo, 19 de abril de 2020

TITO FLAVIO , POR SUETONIO


I. Tito llevaba el mismo nombre que su padre, y por sus cualidades, destreza y fortuna, que le granjearon el afecto universal, fue llamado amor y delicias del género humano. Lo más asombroso de este príncipe fue que adorado en el trono, antes de subir a él fue objeto de la censura pública y hasta de odio durante el reinado de su padre. Nació el 3 de las calendas de enero del año 794, célebre por la muerte de Calígula, en una habitación tan estrecha como obscura, que se enseña todavía en nuestros días tal como era y que formaba parte de un edificio de aspecto triste, cerca del Septizonio .



II. Se crió en la corte con Británico, recibiendo la misma educación y de los mismos maestros que él. Un adivino hecho llamar por Narciso, liberto de Claudio, para que le revelase los destinos de Británico, afirmó que aquel príncipe imperial no subiría nunca al trono, pero que Tito (estaba él presente) llegaría con seguridad a él. Vivían los dos príncipes en tanta intimidad, que se cree que Tito probó el veneno de que murió Británico, pues estaba en aquel instante sentado a su lado en la mesa y padeció luego larga y peligrosa enfermedad. En memoria de aquella íntima amistad mandó erigirle más adelante una estatua de oro en su palacio, y le ofrendó como a un dios una ecuestre de marfil, que todavía hoy es paseada en las solemnidades del Circo.



III. Así en lo físico como en lo espiritual, las mejores cualidades le adornaron desde su infancia; cualidades que se desarrollaron más y más con la edad. Tenía, en efecto, hermoso exterior, que revelaba tanta gracia como dignidad, aunque no era muy alto y tenía el vientre algo grueso; poesía una fuerza extraordinaria, admirable memoria, singular aptitud para todos los trabajos de la guerra y de la paz, rara destreza en el manejo de las armas, siendo, a la vez, un consumado jinete; poesía, además, facilidad prodigiosa, que llegaba hasta la improvisación, para componer en griego y en latín discursos y poemas, y bastantes conocimientos músicos para cantar con gusto y acompañarse con habilidad. He sabido también, por algunos, que se había acostumbrado a escribir con rapidez, hasta el punto de competirse algunas veces en velocidad con los mas hábiles secretarios. Sabía, asimismo, imitar todas las firmas, por cuya razón decía que podía haber sido excelente falsificador.



IV. Sirvió como tribuno militar en la Germania y la Bretaña, con tanta modestia como distinción, atestiguando suficientemente sus hazañas el inmenso número de estatuas de todos los tamaños que le erigieron estas provincias y las inscripciones que figuran en ellas. Terminadas sus campañas se dedicó al Foro, en el cual brilló más por su rectitud que por su asiduidad. Contrajo matrimonio con Arricidia Tertula, hija de un caballero romano que había sido prefecto de las cohortes pretorianas; fallecida ésta, casó con Marcia Furnila, que pertenecía a una ilustre familia, y de la cual se divorció después de tener de ella una hija. Colocado después de su pretura al frente de una legión, se apoderó de Tariquea y de Gamala, las dos plazas más fuertes de la Judea; en una de las batallas en que tomó parte le mataron el caballo, montando en el acto el de un soldado que acababa de caer muerto luchando a su lado, y continuó combatiendo.



V. Cuando Galba ascendió al Imperio, Tito fue invitado para felicitarle y por todas partes por donde pasó se le prodigaron grandes muestras de afecto, siendo la opinión general que el emperador le llamaba a Roma para adoptarle. Pero enterado de que de nuevo se complicaban los asuntos, volvió atrás, consultó sobre el éxito de su navegación al oráculo de Venus en Pafos, el cual le prometió un mando, promesa que no tardó en realizarse, pues poco después le dejaron en la Judea para acabar de someterla. En el sitio de Jerusalén mató de doce flechazos a doce defensores de la ciudad; se apoderó de la misma el día en que celebraba el aniversario del nacimiento de su hija; el júbilo de los soldados fue indescriptible, y tan favorable para él sus disposiciones, que en los vítores le llamaron todos a una imperator. Más adelante, cuando tuvo que dejar aquella provincia, intentaron retenerle con toda suerte de súplicas y hasta con amenazas, conjurándole a permanecer con ellos o a que los llevase a todos con él. Tales demostraciones dieron sospechas de que quería abandonar la causa de su padre y crearse un Imperio en Oriente, sospechas que él mismo fortaleció, presentándose con una diadema en la cabeza durante la consagración del buey Apis, en Memfis, por donde pasaba dirigiéndose a Alejandría. Es cierto que aquel uso pertenecía a los ritos de la antigua religión, pero no por eso dejaron de interpretar en este sentido su conducta. Apresuróse, pues, a regresar a Italia, abordó a Regio y a Puzzola en una nave mercante y marchó sin dilación a Roma, adelantándose a su comitiva; al ver a su padre profundamente sorprendido de su llegada, le dijo, como para desmentir los rumores que se habían difundido acerca de él: Heme aquí padre, heme aquí.



VI. A partir de entonces compartió el poder supremo y fue como el tutor del Imperio. Celebró el triunfo con su padre y con él ejerció la censura. Fue también colega suyo en el poder tribunicio y en siete consulados. Quedó encargado del cuidado de casi todos los negocios y dictaba las cartas a nombre de su padre, redactando los edictos y leyendo los discursos del emperador al Senado en vez de hacerlo el cuestor, siendo, asimismo, prefecto del Pretorio, funciones todas que hasta entonces sólo se había encargado a caballeros romanos. Se mostró duro y violento; haciendo perecer sin vacilar a cuantos le eran sospechosos, apostando en el teatro y en los campos gentes que, como a nombre de todos, pedían en voz alta su castigo. Citaré entre todos al consular A. Cecina, a quien había invitado a cenar, y al cual, apenas salido del comedor, se le dio muerte por orden suya. Verdad es que Tito había cogido, escrita de su puño, una proclama dirigida a los soldados y que el peligro era inminente. No obstante, semejante conducta, asegurándole el porvenir, le hizo odioso en el presente; de suerte que pocos príncipes han llegado al trono con tan pésima reputación y tan señalada hostilidad por parte del pueblo.



VII. Además de cruel, se le acusaba de intemperante, porque alargaba hasta medianoche sus desordenes de mesa con sus familiares más viciosos. Se temía, incluso, su afición a los deleites en vista de la muchedumbre de eunucos y de disolutos que le rodeaba y de su célebre pasión por la reina Berenice, a la que se decía que había prometido hacer su esposa. Acusábanle, en fin, de rapacidad, porque se sabía que en las causas llevadas ante el tribunal de su padre vendió más de una vez la justicia. En una palabra, se pensaba y se decía por todas partes que sería otro Nerón. Pero esta fama se volvió al fin en su favor, siendo ocasión de grandes elogios, cuando se le vio renunciar a todos sus vicios y abrazar todas las virtudes. Hizo entonces famosas sus comidas, más por el recreo que por la profusión; eligió por amigos hombres de quienes se rodearon después los príncipes sucesores suyos y fueron empleados por aquellos como los mejores sostenes de su poder y del Estado; despidió de Roma en el acto a Berenice, con gran pesar de los dos, y dejó de tratar tan liberalmente como lo había hecho y hasta de ver en público a aquellos de su comitiva que no se distinguían más que por sus habilidades frívolas, a pesar de haberlos entre ellos a quienes quería profundamente y que danzaban con una perfección que fue aprovechada al punto por el teatro. No hizo daño a nadie; respetó siempre los bienes ajenos y ni siquiera quiso recibir los regalos de costumbre. Sin embargo, no cedió en magnificencia a ninguno de sus predecesores; así, después de la dedicación del Anfiteatro y de la rápida construcción de los baños próximos a este edificio, dio un espectáculo de los más prolongados y más hermosos, en el cual hizo representar entre otras cosas, una batalla naval en la antigua naumaquia; dio también un combate de gladiadores y presentó en un solo día cinco mil floras de toda especie.



VIII. Inclinado, naturalmente, a la benevolencia, fue el primero que prescindió de la costumbre, seguida desde Tiberio por todos los césares, de considerar nulas las gracias y concesiones otorgadas antes de ellos, si ellos mismos no las ratificaban expresamente; en un solo edicto declaró, en efecto, que eran todas válidas y no permitió que se solicitase aprobación para ninguna. En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba, que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día. En todas ocasiones mostró gran deferencia por el pueblo; así, habiendo anunciado un combate de gladiadores, declaró, que todo se haría según la voluntad del público y no de la suya; llegada la hora, lejos de negar lo que pedían los espectadores, él mismo los exhortó a que pidiesen lo que quisieran. No ocultó su preferencia por los gladiadores tracios, y con frecuencia bromeó con el pueblo excitándolos con la voz y el ademán, pero sin comprometer nunca su dignidad ni excederse de lo justo. Para hacerse aún más popular, permitió muchas veces al público la entrada en las termas donde se bañaba. Tristes e imprevistos acontecimientos perturbaron su reinado: la erupción del Vesubio, en la Campania; un incendio en Roma, que duró tres días y tres noches, y una peste, en fin, cuyos estragos fueron espantosos. En estas calamidades demostró la vigilancia de un príncipe y el afecto de un padre, consolando a los pueblos con sus edictos y socorriéndolos con sus dádivas. Varones consulares, designados por suerte, quedaron encargados de reparar los desastres de la Campania; se emplearon en la reconstrucción de los pueblos destruidos los bienes de los que habían perecido en la erupción del Vesubio sin dejar herederos. Después del incendio de Roma, Tito hizo saber que tomaba a su cargo todas las pérdidas públicas, y en consecuencia de ello dedicó las riquezas de sus palacios a reconstruir y adornar los templos; con objeto de dar más impulso a los trabajos, hizo que gran número de caballeros romanos vigilasen la ejecución. Prodigó a los apestados toda suerte de socorros divinos y humanos, recurriendo, a fin de curar a los enfermos y aplacar a los dioses, a toda suerte de remedios y sacrificios. Entre las calamidades de aquella época, contábanse los delatores y sobornadores de testigos, restos de la antigua tiranía. Tito los hizo azotar con varas y palos en pleno Foro, y en los últimos tiempos de su reinado hizo que los bajasen a la arena del Anfiteatro, donde unos fueron vendidos en subasta, como los esclavos, y otros condenados a la deportación a las islas más insalubres. Con objeto de refrenar para siempre la audacia de aquellas gentes, estableció, entre otras reglas, que nunca podría perseguirse el mismo delito en virtud de diferentes leyes, ni turbar la memoria de los muertos pasado cierto número de años.



IX. Aceptó el pontificado máximo con el único objeto, según dijo, de conservar puras sus manos, y así lo cumplió, porque a partir de entonces no fue ya autor ni cómplice de la muerte de nadie; no le faltaban, en verdad, motivos de venganza, pero decía que prefería morir él mismo a hacer perecer a nadie. A dos patricios convictos de aspirar al Imperio, limitase con aconsejarles que renunciasen a sus pretensiones, añadiendo, que el trono lo daba el destino, y les prometió concederles, por otra parte, lo que anhelaban. Envió incluso correos a la madre de uno de ellos, que vivía lejos de Roma, para tranquilizarla acerca de la suerte de su hijo y comunicarle que vivía. No sólo invitó a los dos conjurados a cenar con él, sino que al día siguiente, en un espectáculo de gladiadores, los hizo colocar expresamente a su lado y cuando le presentaron las armas de los combatientes, se las pasó, tranquilamente, para que las examinasen. Se añade que habiendo hecho estudiar su horóscopo, les advirtió que los amenazaba a los dos un peligro cierto, aunque lejos aún, y que no vendría de él, lo que confirmaron los acontecimientos. En cuanto a su hermano, que no cejaba en prepararle asechanzas, que minaba casi abiertamente la fidelidad de los ejércitos y que quiso, en fin, huir, no pudo decidirse ni hacerle perecer, ni a separarse de él, ni siquiera a tratarle con menos consideración que antes. Continuó proclamándole su colega y sucesor en el Imperio, como en el primer día de su reinado; y algunas veces incluso le rogó en secreto, con lágrimas en los ojos, que viviese en fin con él como un hermano.



X. En medio de sus cuidados le sorprendió la muerte, para desdicha del mundo más todavía que para la suya. Al terminar un espectáculo, en el que había llorado abundantemente en presencia de todo el concurso, partió para el país de los sabinos; iba algo entristecido, pues había visto escapar la víctima de un sacrificio y había oído retumbar el trueno con cielo sin nubes. En el primer descanso le acometió la fiebre; prosiguió el viaje en litera y se quejo de morir sin haberlo merecido, puesto que en toda su vida sólo había realizado una acción de que tuviese que arrepentirse. No dijo a qué acción quiso referirse, y no es fácil adivinarla; se ha creído que era su trato íntimo con Domicia, la esposa de su hermano, pero ésta juró por todos los dioses que nada había habido entre ellos, y no era mujer para negar aquel comercio si hubiese existido, y hasta es seguro que se habría vanagloriado de él como de todas sus infamias.



XI. Murió el emperador en la misma casa de campo que su padre, en los idus de septiembre, a los cuarenta y un años de edad, tras un reinado de dos años, dos meses y veinte días. Al difundirse la noticia de su muerte, hubiérase dicho, viendo el dolor público, que cada cual lloraba por uno de su propia familia. Los senadores acudieron, antes de ser convocados, a la sala de sus sesiones, cuyas puertas estaban cerradas aún; abiertas prestamente, colmaron al príncipe muerto de tantas alabanzas y honores como jamás le habían prodigado vivo y presente.