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domingo, 11 de octubre de 2020

APRENDIZAJE DEL EMPERADOR JULIANO EL APÓSTATA

Si, estoy tratando de imitar el estilo de las Conversaciones consigo mismo de Marco Aurelio, y he fracasado. No sólo porque me falta su pureza y bondad, sino porque él podía escribir sobre las buenas cosas que había aprendido de una buena familia y de buenos amigos, y yo debo escribir sobre las cosas amargas que he aprendido de una familia de asesinos en una época corrompida por las luchas y la intolerancia de una secta cuyo propósito es destruir esa civilización cuya primera nota fue sacada de la deslumbrante lira de Homero. Yo no puedo compararme con Marco Aurelio, ni en cualidades ni en experiencia. Así que debo hablar con mi propia voz.

 

Del ejemplo de mi tío el emperador Constantino, llamado el Grande, muerto cuando yo tenía seis años, extraje la enseñanza de que es peligroso unirse a cualquiera de las facciones galileas, ya que tienden a destruir y encubrir las cosas verdaderamente sagradas. Apenas puedo recordar a Constantino, aunque una vez fui presentado a él en el Sagrado Palacio. Recuerdo vagamente a un gigante, muy perfumado, que usaba un manto cubierto de joyas. Mi hermano mayor, Galo, siempre decía que intenté sacarle su peluca. Pero Galo tiene un humor cruel, y dudo de la veracidad de la historia. Si hubiera tirado de la peluca del emperador, seguramente no me habría ganado su afecto, porque tenía una vanidad femenina por su apariencia; esto lo admiten incluso sus admiradores galileos.

 

De mi madre Basilina he heredado el amor por el conocimiento. Nunca la conocí. Murió poco después de mi nacimiento, el 7 de abril de 331. Era hija del prefecto pretorio Julio Juliano. Según los retratos, me parezco más a ella que a mi padre; tengo en común con ella una nariz recta y labios bastante gruesos, a diferencia de la familia imperial de los Flavios, cuyos miembros generalmente tienen narices aguileñas y una boca fina y arrugada. El emperador Constancio, mi primo y predecesor, era un Flavio típico; se pareció a su padre Constantino, excepto en que era mucho más bajo. Sin embargo, de los Flavios he heredado el tórax y el cuello anchos, legado de nuestros antepasados ilirios, que eran hombres de las montañas.

 

Mi madre, aunque galilea, amaba la literatura. Fue instruida por el eunuco Mardonio, que también fue mi tutor.

De Mardonio aprendí a caminar modestamente, mirando al suelo, sin pavonearme ni calcular el efecto que causaba en los demás. También me enseñó a aplicar la autodisciplina respecto de todas las cosas; particularmente trató de evitar que hablase demasiado. ¡Por fortuna, ahora que soy emperador, todos gozan con mi conversación!. Mardonio también me convenció de que el tiempo dedicado a los juegos o al teatro era tiempo perdido. Gracias a Mardonio, galileo amante del helenismo, conocí a Homero y a Hesiodo, a Platón y a Teofrasto. Fue un buen maestro, aunque severo.

 

De mi primo y predecesor, el emperador Constancio, aprendí a disimular y disfrazar mis verdaderos pensamientos. Una terrible lección, pero, de no haberla aprendido, no hubiera vivido más de veinte años. En el año 337 Constancio mató a mi padre. ¿Su delito?. Consanguinidad. Fui perdonado porque tenía seis años, y mi medio hermano Galo —que tenía once— porque estaba enfermo y no se esperaba que sobreviviese.



viernes, 10 de abril de 2020

MARDONIO



 

Mardonio (¿-479 a. C.), noble persa, importante comandante del ejército del Imperio aqueménida durante las Guerras Médicas, en la primera mitad del siglo V a. C. (en 492 a. C. y en 480 a. C.-479 a. C.).

 

Mardonio era hijo de Gobrias, uno de los seis nobles persas que habían ayudado a Darío I a hacerse con el trono asesinando al usurpador Gaumata el 522 a. C. Como era habitual en estos casos, la alianza entre amigos quedó reforzada por matrimonios diplomáticos: Darío tomó por esposa a una hija de Gobrias y éste se casó con una hermana del rey, Radušdukda, hija de Histaspes. Es bastante probable que Mardonio fuera el primer hijo de Gobrias y la hermana de Darío, ya que tiene el mismo nombre que el padre de Gobrias (lo que sabemos por la inscripción de Behistún).

 

Por tablillas cuneiformes sabemos que Mardonio se casó con una mujer llamada Ardušnamuya. El texto fue escrito en marzo del 495 a. C., lo que nos da un terminus ante quem para la ceremonia nupcial. Esto contradice las palabras del historiador griego Heródoto de Halicarnaso, quien asegura que Mardonio "era aún un hombre joven que se había casado recientemente con Artozostra, una hija de Darío", en el 492 a. C. Por otra parte, no hay razón para dudar de que Artozostra / Ardušnamuya fuera realmente la hija de Darío y de su amada esposa Artistona (Irtašduna).

 

Como enviado especial de Darío, Mardonio se dirigió a Lidia después de la Revuelta jónica (499 a. C.-494 a. C.). Tenía la misión de reorganizar la región, cosa que hizo de forma muy moderada. Tal y como nos cuenta Heródoto, navegó a lo largo de la costa deponiendo a todos los tiranos y sustituyéndolos por democracias. La jugada era en el fondo muy astuta, ya que de esa forma era más difícil que las ciudades volvieran a rebelarse.

 

Una vez hubo finalizado este trabajo, la flota de Mardonio se dirigió al Helesponto, punto de reunión con el ejército terrestre. El conjunto contaba con 300 navíos y 20.000 hombres. La primera víctima fue Tasos, isla griega que poseía importantes minas, que se convirtió en tributaria del imperio aqueménida. La flota continuó posteriormente hacia Macedonia, territorio que fue añadido igualmente al reino de Darío. Durante esta campaña (que fue interpretada por Heródoto como dirigida contra Atenas y Eretria por su ayuda a la Revuelta jónica), Mardonio perdió muchas naves al ser cogido por una violenta tormenta cerca del promontorio de Athos, lo que probablemente le obligó a volver al Asia Menor.​

 

Mardonio había tenido mucho éxito. Existen indicios de que su ejército llegó hasta el Danubio. La conquista de Macedonia fue muy importante, ya que poseía minas de oro y podía tomarse como excelente base para futuras conquistas en Europa.

 

En el 490 a. C., los persas conquistaron varias islas del Egeo (las Cícladas y Eubea, cuya capital es Eretria), pero Mardonio, que había perdido casi una flota completa, no estaba al mando de esta expedición. Los 600 barcos estaban comandados por Datis y Artafernes. Los principales objetivos de la expedición fueron logrados (dominio del Egeo, conquista específica de Naxos, la mayor isla de las Cícladas, y creación de una zona de seguridad entre el Asia Menor y Grecia) pero fracasaron al intentar devolver el poder al antiguo tirano pro-persa depuesto de Atenas, Hipias, al verse derrotados por los atenienses en la célebre batalla de Maratón.

 

Sin embargo, habiendo conquistado Macedonia y las islas del Egeo, los persas podrían intentar de nuevo el ataque a Grecia cuando quisieran. Darío tendría que preparar concienzudamente la nueva expedición, ya que había podido comprobar que los soldados griegos estaban mejor equipados que los suyos. Así pues, los persas tendrían que reclutar un gran ejército, pero Darío falleció poco antes de que fuera puesto en marcha (486 a. C.). Fue sucedido por su hijo Jerjes I, primo y cuñado de Mardonio.

 

Según Heródoto, Mardonio era un partidario entusiasta de la nueva expedición a Grecia, pero ésta fue retrasada debido a una rebelión en Egipto. También tuvo lugar una revuelta en Babilonia, pero no duró mucho tiempo. Megabizo II se ocupó de ella quedando suprimida en el verano del 484 a. C. Inmediatamente después de esta rebelión, Jerjes, Mardonio, Megabizo y otros cuatro importantes comandantes pudieron dirigirse al oeste a Sardes, donde un gran ejército estaba siendo formado.

 

El primer año de expedición fue un gran éxito. Los persas no se dieron prisa, ya que tenían un ejército enorme (unos 600.000 hombres) y tenían que esperar a las cosechas en Tracia y Macedonia. En julio y agosto permanecieron en Terma (actual Tesalónica), y posteriormente se dirigieron al sur hacia Grecia. Tesalia fue conquistada sin excesivos problemas, y durante el 17, 18 y 19 de septiembre (o un día después), una batalla doble tuvo lugar. Por un lado, la flota persa fue capaz de expulsar a la griega de sus posiciones en el cabo Artemisio. Por otro lado, el ejército venció por completo (no sin serias dificultades) a la guarnición griega dejada en las Termópilas (Batalla de las Termópilas). Beocia fue añadida al imperio y el 27 de septiembre, Atenas fue conquistada. Al día siguiente la Acrópolis caía y la flota persa ocupaba el Pireo. La caballería persa destruyó el santuario de Poseidón cerca de Corinto y disparó flechas incendiarias contra uno de los puertos corintios.

 

La victoria de Jerjes era casi completa. La flota griega había huido a Salamina, una isla frente al puerto ateniense, separada del continente por un pequeño estrecho. Desafortunadamente para los persas, cuando su flota trató de atacar a los griegos en sus nuevas posiciones, sufrieron graves pérdidas (Batalla de Salamina). Para los persas esta derrota fue un contratiempo menor. Jerjes había ganado la batalla naval de Artemisio y la terrestre de las Termópilas. Había añadido Tesalia y Beocia a sus posesiones y tomado Atenas. A pesar de las pérdidas de Salamina, Jerjes podía sinceramente poner en la inscripción de Daiva que gobernaba sobre todos los griegos.

 

Sin embargo, Babilonia no estaba aún tranquila. Había rumores inquietantes y Jerjes decidió que era mejor volver a Sardes, desde donde podría vigilar Grecia y Babilonia a distancia razonable.

 

Mientras tanto, Mardonio quedó como comandante supremo de las fuerzas expedicionarias persas. Su ejército era comparativamente muy pequeño en relación al que había invadido Grecia, probablemente 150.000 hombres. Después de todo, se necesitaba un gran contingente para Babilonia. Para alimentar a estos hombres se retiró a Tesalia y abrió negociaciones con Atenas. Ofreció a la ciudad una posición predominante en el imperio aqueménida sólo a cambio de reconocer el dominio del rey Jerjes. Fue un movimiento brillante, porque si los atenienses aceptaban, no quedaría flota para proteger el sur de Grecia. Los atenienses tenían mucho que ganar porque se habrían convertido en la ciudad Estado griega más importante, pero a pesar de ello, se obstinaron en rechazar el ofrecimiento.

 

En la primavera, Mardonio marchó al sur de nuevo, reocupando Beocia y dirigiéndose a Atenas. Esperaba que los atenienses estuvieran más dispuestos a aceptar su ofrecimiento, pero se equivocó. Habiendo recibido un nuevo rechazo de rendición, Mardonio saqueó la ciudad.

 

Parecía que Mardonio era el dueño de la situación. Los espartanos, quienes tenían la mejor infantería de toda Grecia, rechazaban ayudar a Atenas. Fue sólo después de un ultimátum, que los atenienses dirigieron a los lacedemonios en el sentido de que si continuaban negándose a ayudar se verían forzados a rendirse quedando su flota en manos persas, que los espartanos entraron en razón y decidieron actuar. Enviaron un ejército al norte e invitaron a todos los griegos a unirse a ellos en la difícil misión de la liberación de Grecia.

 

Los griegos se reunieron en el sur de Beocia, en las faldas del monte Citerón. Eran unos 100.000 hombres. Casi cada griego en edad de tomar armas se había presentado. Por ejemplo, los atenienses se habían quedado sólo tripulando algunas galeras. El resto de los remeros y marinos estaban ahora en el monte Citerón. El ejército griego permaneció allí, y debido a que ninguno de los dos adversarios parecía pretender avanzar, empezó una guerra de nervios.

 

Heródoto, quien es nuestra principal fuente para la Batalla de Platea, describe algunos enfrentamientos previos que tuvieron lugar en varios días. Una escuadra de caballería persa intentó provocar a un contingente griego de Megara pero fue derrotada. Después de este éxito, los griegos decidieron dejar las montañas y descender al llano entre el río Asopo y un pequeño poblado llamado Platea. Todo el tiempo, ambos ejércitos rehuyeron los ataques reales, porque ambos habían recibido los mismos augurios: saldría victorioso el ejército que esperara que su enemigo atacara primero.

 

Sin embargo, Mardonio empezó a tener prisa. Sus suministros se estaban acabando y veía crecer al ejército griego día a día. Uno de sus consejeros le advirtió que lo mejor sería retirarse a Tesalia y usar oro y plata para sobornar a los líderes griegos. Mardonio no le hizo caso, aún creía que podía resolverse el problema de una manera honorable, por medios militares.

 

Heródoto nos cuenta que una noche, un aliado persa, el rey macedonio Alejandro I, fue a visitar a los atenienses para advertirles que Mardonio atacaría al amanecer. Inmediatamente los oficiales atenienses informaron al comandante supremo griego, el príncipe espartano Pausanias. Éste pensó que si los persas atacaban, era preferible tener a los bien entrenados espartanos en el ala izquierda defensiva para contrarrestar la fuerza principal persa, dejando a los experimentados atenienses, quienes ya habían salido victoriosos en Maratón, en el ala derecha ofensiva. Al amanecer, los dos contingentes intercambiaron posiciones. Después de ser informados de una contramaniobra persa, los griegos volvieron a sus posiciones originales.

 

Hasta aquí lo que nos dice Heródoto, quien parece haber malinterpretado el incidente. Es poco probable que Alejandro I de Macedonia pudiera dejar el campamento persa sin ser visto. Parece más razonable pensar que Mardonio había enviado al rey macedonio precisamente para esa misión. Fue una jugada brillante para crear el pánico entre los griegos, quienes empezaron toda clase de movimientos agotadores.

 

El día pasó sin lucha y Mardonio estaba cada vez más ansioso por atacar. Durante la noche, sus arqueros montados atacaron la fuente de la que se abastecían los griegos entre Platea y el Asopo, esperando forzarlos a retroceder de nuevo a las montañas. Los griegos mantuvieron posiciones durante el día, siendo continuamente hostigados por los arqueros persas, pero después de la puesta de sol, se retiraron tal y como Mardonio había planeado.

 

Al ocaso, Mardonio se enteró de que los adversarios habían huido, y pensando que ya había ganado la batalla, ordenó la persecución de los griegos. Primero atacó a los espartanos, quienes se vieron forzados a retroceder. Pausanias incluso tuvo que enviar un mensajero para pedir ayuda a los atenienses, pero éstos fueron incapaces de ofrecer asistencia, ya que fueron interceptados por aliados griegos de Mardonio. Uno de los contingentes persas llegó incluso a romper la línea de batalla griega alcanzando las faldas del Citerón.

 

En ese momento, mientras estaba persiguiendo a los espartanos en retirada, Mardonio fue abatido. No se sabe cómo ocurrió, pero podemos estar seguros de que, sabiéndose ganador de la batalla, murió como un hombre feliz.

 

Este incidente cambió el curso de la batalla. Los persas perdieron coraje, lo que dio a los espartanos un breve respiro y la oportunidad de reagruparse. Atacaron al contingente persa que los perseguía, los cuales, desmoralizados, acabaron poniéndose en fuga. El campamento persa fue tomado por los atenienses y eso significó el final de la guerra. Uno de los subordinados de Mardonio en la reserva, Artabazo I, fue capaz de llevar de vuelta a casa a un gran contingente sano y salvo, acto por el que fue recompensado por Jerjes, quien le ofreció la satrapía de la Frigia Heslespóntica.

 

El enfrentamiento en Platea tuvo lugar en el verano del 479 a. C., probablemente la semana del 15 de agosto.


martes, 31 de marzo de 2020

TEMÍSTOCLES Y EFIALTES


 

Cuando, una vez consumados los hechos, los generales y almirantes griegos se  reunieron  para  decidir quién, entre ellos,  había sido  el  mayor  artífice de la victoria y recompensarle, cada uno dio dos votos: uno a sí mismo y el otro a Temístocles.

 

Éste había continuado, aun después de Salamina, haciendo de las suyas. Después de la batalla naval, había vuelto a mandar el mismo esclavo, de absoluta confianza, a informar a Jerjes que él había logrado disuadir a sus colegas de que persiguiesen a la flota derrotada. ¿Lo había hecho realmente?. ¿Y por qué motivo advertía de ello a su adversario?. Tal vez  porque no se sentía seguro y prefería  que  éste  se  retirase. Pero la continuación de sus vicisitudes nos hace vislumbrar más graves sospechas. Sea como fuere, también esta vez Jerjes le hizo caso. Dejó en Grecia trescientos mil hombres bajo  el  mando  de Mardonio. Y con los demás, entre los que la disentería causaba estragos, se retiró desalentado a Sardes. Hubo un año de tregua porque en  ambas  partes  sentíase  necesidad de recobrar alientos. Después, un  ejército  griego de cien mil hombres conducidos por el rey de Esparta, Pausanias, fue a alinearse  en  Platea  frente  al  persa. El encuentro tuvo lugar en agosto de 479, y  de  nuevo nos hallamos ante cifras poco dignas de crédito. Heródoto dice que Mardonio perdió  doscientos  sesenta mil soldados, y esto puede ser. Pero añade que Pausanias perdió ciento cincuenta y nueve, y esto ya nos parece inverosímil.

 

De todos modos,  fue  una gran victoria  terrestre,  a la que pocos días después se añadió otra marítima, en Micala, donde la flota persa quedó destruida. Como después de la guerra de Troya, los griegos fueron de nuevo dueños del Mediterráneo. O mejor dicho, lo fueron los atenienses, que eran los que habían dado la  mayor contribución.  Temístocles,  el  hombre de las «emergencias» y de los «hallazgos», supo aprovechar para aquella posición.  Organizó  una confederación de  ciudades  griegas  de Asia y  del  Egeo,  que se llamó «Delia» porque  se  escogió  como  protector  al  Apolo de Delos, en cuyo templo  se convino  depositar el tesoro común. Pero pidió y obtuvo que Atenas, además de ser su guía, contribuyese no ya con dinero, sino con naves. Así ésta tuvo un pretexto para desarrollar aún más su flota, con la  que  reforzó  el  dominio naval que ya ostentaba.

 

Temístocles leía con claridad el destino de  su  patria. Sabía que de la parte de tierra no había que esperarse nada bueno, y no sosegó hasta que hizo aceptar al Gobierno el proyecto de encerrar la ciudad hasta el puerto de El  Pireo —que  es  un  buen trecho  de camino—, dentro de una enorme valla, y que ésta fuese abierta sólo sobre el  mar,  donde  su fuerza  era ya suprema. Preveía las luchas con Esparta y con los demás Estados del interior, celosos del poderío ateniense. Y al mismo tiempo tomó la iniciativa de los tratados de paz con Jerjes porque quería el mar despejado y abierto al comercio.

 

Mas, al igual que Milcíades, se proponía  hacerse pagar también los servicios  que  prestaba,  y  lo  hizo sin reparar en los medios. La democracia había enviado al exilio a muchos aristócratas conservadores y propietarios, poseedores de conspicuas fortunas. Propuso hacerles  llamar,  se  embolsó  las  gratificaciones y les dejó en el destierro. Un día se  presentó con la flota en las islas  Cicladas  y  les  impuso  una  multa por la ayuda que, obligados con violencia, habían prestado a Jerjes. Con  escrupulosa  exactitud  entregó el total al Gobierno; pero guardó en su bolsillo las sumas que algunas de aquellas ciudades le habían deslizado en él para quedar eximidas del castigo.

 

Si la guerra hubiese continuado, los atenienses  tal vez se lo habrían perdonado. Pero la gran borrasca había pasado ya y todos deseaban volver a la normalidad que significaba, sobre todo, honestidad y orden administrativo. Por lo que la Asamblea  recurrió otra vez el ostracismo para condenar a aquel que, apoyándose en el mismo, había hecho condenar al virtuoso Arístides.

 

Temístocles se retiró a Argos. Era riquísimo. Sabia gozar también de la vida al margen de las ambiciones políticas. Y acaso no  habría vuelto  a  dar que  hablar  si los espartanos no hubiesen mandado a Atenas un legajo de documentos de los que resultaba que Temístocles había negociado  secreta  y  traidoramente con Persia, de acuerdo con su regente Pausanias, que ellos habían condenado ya a muerte.

 

La Historia no ha  puesto  en  claro  si  esta denuncia correspondía a la  verdad. El  «affaire»  Temístocles semeja un  poco  al  de  Tukachevski,  el  mariscal soviético que los alemanes, para librarse de él, denunciaron como traidor a Stalin. Mas el brillante estratega, enterado de lo que estaba a punto de caerle encima, buscó refugio precisamente en la Corte de Artajerjes, el  sucesor  de  Jerjes.  ¿No  había  preparado Temístocles, hombre previsor, el  terreno,  el  día que mandó a los persas la famosa información que permitió su retirada, tras  el  desastre  de  Salamina, con toda tranquilidad?. Artajerjes le recompensó del favor con suntuosa hospitalidad, le aseguró una cuantiosa pensión, y prestó oído complaciente a los consejos que Temístocles le dio de reanudar la  lucha  contra Atenas, y a los criterios que había que seguir para llevarla a buen término.

 

La muerte, llevándose a  los  sesenta  y  cinco  años, en -459, a aquel  «padre  de  la  patria»  que  se  disponía a convertirse en el  sicario,  puso fin  a  la  carrera de un inquietante personaje, que parecía encarnar todas las cualidades y los vicios del genio griego.

 

Mientras tanto, en Atenas se había creado una situación  nueva.  Los  dos  partidos  —el   oligárquico  y el democrático, dirigido el  primero  por  Cimón,  hijo de Milcíades, y el  segundo  por Efialtes—  no  estaban ya equilibrados como antes, cuando se  alternaban  en  el poder. Por  dos  motivos;  en  primer  lugar  porque la guerra había sido  ganada  por  la  flota,  arma  y feudo de la burguesía mercantil,  a  costas  del  Ejército que, arma y feudo  de  la  aristocracia  terrestre, casi no había tomado parte en ella. Y,  además,  porque la valla dentro de la cual Atenas proyectaba encerrarse y que ya estaba comenzada, acentuaba su vocación, burguesísima, de emporio  marítimo,  Cimón  fue la víctima de  esta  situación.  De  su  padre  no había heredado ninguno de aquellos cínicos  recursos que habían labrado su suerte.  Era un  hombre honesto, de gran carácter y políticamente desmañado.  Pero no fue éste el motivo de su derrota, pues también su adversario era íntegro y esquinado.

 

De ese Efialtes, cuya acción  fue  decisiva,  pues allanó el camino a Pericles é  inauguró  el  período áureo de Atenas, sabemos solamente que era  un hombre pobre, incorruptible, melancólico e idealista. Atacó a la aristocracia en su castillo roquero, el Areópago o Senado, o sea en el plano constitucional, revelando ante la Asamblea todos los manejos que se perpetraban en aquél para convertir prácticamente en inoperante la democracia. Sus acusaciones eran documentadas e incontrovertibles. Ellas  pusieron  a  la luz todos los manejos y todas las intrigas a que se entregaban los senadores, con la colaboración de los sacerdotes, para imprimir un aval religioso a sus decisiones, que tendían solamente a salvaguardar los intereses de casta.

 

El Areópago salió malparado de aquella  campaña. No solamente no logró salvar a varios de sus miembros, condenados unos al destierro y otros a muerte, sino que se  vio  despojado  de  casi  todos  sus  poderes y reducido a  una  posición  subordinada  con  respecto a la Asamblea, o Cámara de diputados. Pero Efialtes pagó cara su victoria. Después de algunas tentativas infructuosas para corromperle, no les quedó a sus adversarios, para desembarazarse de él, más que el puñal de un asesino. Fue muerto el  -461.  Pero,  como  de costumbre, el delito  no  «pagó».  Al  revés,  hizo más aplastante e irrevocable el triunfo de la democracia y costó el ostracismo a Cimón, que probablemente nada tuvo que ver con el atentado.

 

Las perspectivas para Atenas no podían ser más brillantes cuando Pericles, sucesor natural de  Efialtes, hizo su debut político. En el mismo año -480 que Atenas  había  derrotado  a  los  persas  en  Salamina, los griegos de Sicilia habían batido en Himera a los cartagineses. En todo el Mediterráneo oriental el Occidente, representado por la flota  ateniense,  tomaba la delantera al Oriente, representado  por  los  persas y los fenicios. Las victorias  de  Maratón,  de  Platea, de Himera y de Micala no eran definitivas.

 

Contra los persas se siguió combatiendo durante decenios, pero los teatros de la  guerra  se  alejaban cada vez más hacia el Este. El Mediterráneo oriental estaba abierto ya para la flota de Atenas, que podía disfrutarlo a su antojo.

 

La ciudad poseía todas las condiciones para convertirse en una gran capital.  Mercaderías  y  oro afluían a ella. Y sobre todo afluían hombres de diversas civilizaciones para  crear  en  ella  aquel  cruce de culturas del que salió una nueva: la que suele llamarse precisamente «la civilización griega», la civilización del Partenón, de Fidias, de Sófocles, de Eurípides, de Sócrates,  de  Aristóteles  y  de  Platón. Fue un florecimiento rápido y  ágil,  que  en  dos  siglos dio a la  humanidad  lo  que  otras  naciones  no han dado en milenios.

( Indro Montanelli )