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jueves, 6 de enero de 2022

CICERÓN DICE SOBRE LOS LUDI ROMANI DEL EDIL CAYO JULIO CÉSAR

En general me desagradan los juegos, pero tengo que confesar que los tuyos han sido realmente espléndidos. Celebrar los juegos más lujosos de la historia es bastante loable en un aspecto, pero lo que a mí de verdad me ha gustado de tus juegos es que no han sido nada vulgares.






domingo, 11 de octubre de 2020

SAN ALIPIO DE TAGASTE

San Alipio nació hacia el año 360 en Tagaste, Africa, donde pocos años antes había nacido San Agustín. Después de estudiar la gramática en Tagaste y la retórica en Cartago, bajo la dirección de San Agustín, Alipio se separó de su maestro a raíz de una disputa, aunque le conservó siempre gran afecto y respeto, al que San Agustín correspondía del mismo modo. En Cartago, Alipio se apasionó por el circo, como tantos otros de los habitantes de esa ciudad. San Agustín se afligió mucho al ver que aquel joven en el que había puesto tantas esperanzas, concentraba su atención en una diversión tan peligrosa; pero no podía hacer nada por evitarlo, pues el padre de Alipio le impedía todo trato con el joven. A pesar de la prohibición de su padre, Alipio se introdujo un día furtivamente en la escuela de Agustín a oír una de sus clases. San Agustín, para ilustrar el tema que explicaba, trajo a cuenta una comparación con el circo y aprovechó la oportunidad para reprender a los que se dejaban llevar por la pasión del circo. Aunque el santo no sabía que Alipio le escuchaba, el joven pensó que sus palabras se dirigían exclusivamente a él, se arrepintió de su debilidad y se propuso vencerla.

 

Obedeciendo a los deseos de sus padres, quienes esperaban verle hacer una brillante carrera en el mundo, Alipio fue a Roma a estudiar leyes. Aunque ya había recorrido una buena parte del camino de la conversión al cristianismo, sus amigos le arrastraron un día a los bárbaros juegos del circo. Alipio les opuso toda la resistencia que pudo, diciéndoles: «Aunque me introduzcáis por la fuerza en el circo, no conseguiréis que vea el espectáculo; mi atención estará ausente, por más que mi cuerpo se halle presente». Sin embargo, sus amigos no desistieron y le hicieron entrar con ellos en el circo. Alipio cerró los ojos para no mirar el espectáculo. Desgraciadamente, como dice San Agustín, no cerró también los oídos; así pues, al oír un gran grito de la multitud, Alipio se dejó vencer por la curiosidad y abrió los ojos, con la intención de cerrarlos inmediatamente. Pero la curiosidad le hizo caer, lo cual demuestra que, con frecuencia, la única manera de evitar el pecado es evitar la ocasión. Uno de los gladiadores estaba herido; en vez de volver a cerrar los ojos al ver la sangre, Alipio siguió atentamente el salvaje espectáculo y se dejó embriagar por la brutal crueldad del combate. Olvidando sus buenas intenciones y confundiéndose en la multitud, contempló todos los detalles de la lucha, gritó como todos los demás y, en lo sucesivo, no sólo retornó al circo, sino que llevó consigo a otros compañeros. En esa forma se dejó arrastrar, de nuevo, por su antigua pasión. Y hay que notar que, si bien había en el circo algunas diversiones inocentes, había también espectáculos bárbaros y groseros. Pero la misericordia de Dios salvó a Alipio una vez más, y el joven aprendió así a desconfiar de sus fuerzas y a poner toda su confianza en el Señor. Sin embargo, su conversión tuvo lugar mucho tiempo después.

 

Entre tanto, Alipio continuó sus estudios, vivió con castidad y cumplió escrupulosamente con sus deberes de ciudadano íntegro. Después de terminar sus estudios, desempeñó durante algún tiempo el oficio de juez con gran equidad y desinterés. Cuando Agustín fue a Roma, Alipio se mantuvo en estrecho contacto con él, le acompañó a Milán el año 384 y se convirtió al mismo tiempo que él al cristianismo. En la cuaresma del año 387, los nombres de los dos amigos fueron escritos en la lista de los «competentes». Alipio asistió fiel y fervorosamente a las instrucciones del catecumenado y recibió el baustismo de manos de San Ambrosio la víspera del día de Pascua, junto con San Agustín. Poco después, los dos amigos volvieron al África y se establecieron en Tagaste, donde con otros compañeros formaron una fervorosa comunidad dedicada a la penitencia y la oración. Sólo así consiguieron los dos santos sustituir sus costumbres mundanas por el hábito de las virtudes. Por otra parte, la soledad y el retiro eran necesarios para que ambos amigos se preparasen para la vida apostólica que habían de llevar más tarde. Tres años después de su llegada a Tagaste, San Agustín fue elegido obispo de Hipona; la comunidad se transladó entonces a esa ciudad. Alipio, después de recibir la ordenación sacerdotal, hizo una peregrinación a Palestina, donde conoció a San Jerónimo. A su vuelta al África, fue consagrado obispo de Tagaste, hacia el año 393. A partir de entonces, se convirtió en el brazo derecho de San Agustín, predicó infatigablemente y trabajó con gran celo por la causa de Dios y de la Iglesia. En una carta que escribió San Agustín a San Alipio el año 429, le llama «viejo». En efecto, san Alipio murió poco después.

 

En Acta Sanctorum, agosto, vol. III, hay una biografía de San Alipio, bastante completa, que se basa principalmente en los escritos de San Agustín.

 

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», de Herbert Thurston.

 



sábado, 29 de agosto de 2020

UN JOVEN CÉSAR MANIFIESTA QUE NO LE GUSTAN LOS ESPECTÁCULOS SANGRIENTOS DEL CIRCO



Nunca encontré placer en estas exhibiciones sangrientas, aunque naturalmente, en años posteriores descubrí que para ganar el favor del pueblo, al menos en tiempo de paz, era esencial entretenerlo de forma brutal y ostentosa. Ahora, cuando tengo que asistir obligadamente a los juegos, los observo lo suficiente para asegurarme que han sido eficientemente organizados y durante la mayor parte de su duración desvío mi atención y la concentro en leer o dictar cartas. Mi indiferencia hacia los placeres del pueblo no me daña políticamente; una vez que éste ha entregado su favor a un hombre, como le fue entregado a Mario y también a mí, no sólo tolerarán sino que aplaudirán cualquier acto que les parezca excéntrico u original.

( Warner Rex )












viernes, 7 de agosto de 2020

LACTANCIO DICE SOBRE EL PLACER DE VER MATAR A UN SER HUMANO



Para el que considera un placer que un hombre, aunque justamente condenado, sea asesinado a su vista, contamina su conciencia tanto como si se convirtiera en espectador y participante de un homicidio cometido en secreto.



















domingo, 26 de julio de 2020

LOS JUEGOS DEL EDIL CURUL CAYO JULIO CÉSAR



Los ludi megalenses eran los primeros juegos del año y los más solemnes desde el punto de vista religioso, quizás porque anunciaban la llegada de la primavera -en aquellos años en que el calendario coincidía con las estaciones- y tenían su origen en la segunda guerra que Roma había librado contra Cartago, cuando Aníbal recorrió Italia de arriba abajo. Fue entonces cuando el culto de Magna Mater, la gran Madre Tierra asiática, se introdujo en Roma, y se erigió en el Palatino un templo orientado directamente hacia el Vallis Murcia, en el cual se extendía el Circo Máximo. En muchos aspectos era un culto inapropiado para la conservadora Roma; los romanos aborrecían a los eunucos, los ritos flagelatorios, y todo lo que se consideraba un barbarismo religioso. No obstante, el hecho se había llevado a cabo en el momento en que Claudia, la virgen vestal, tiró milagrosamente de la barcaza que transportaba la piedra del ombligo de Magna Mater y consiguió llevarla río Tíber arriba, y ahora Roma tenía que sufrir las consecuencias y contemplar cómo unos sacerdotes castrados que sangraban por las heridas que ellos mismos se habían infligido recorrían, el cuarto día de abril, todo aquel camino sin dejar de gritar y de pregonar su paso por las calles al son de trompetas, mientras remolcaban la efigie de la Gran Madre y suplicaban limosnas a todos aquellos que acudían a mirar aquella presentación de los juegos.



Los juegos propiamente dichos eran más típicamente romanos, y duraban seis días, desde el cuarto hasta el décimo día de abril. El primer día se hacía la procesión, luego se celebraba una ceremonia en el templo de Magna Mater y, finalmente, algunos actos en el Circo Máximo. Los cuatro días siguientes se dedicaban a representaciones teatrales en distintas construcciones provisionales de madera que se instalaban con ese fin, mientras que el último día tenía lugar la procesión de los dioses desde el Capitolio hasta el circo, y muchas horas de carreras de carros en el circo.



Como edil curul senior, era César quien oficiaba en los actos del primer día y quien le ofrecía a la Gran Madre un sacrificio extrañamente incruento, considerando que Kubaba Cibeles era una señora sedienta de sangre; la ofrenda era un plato de hierbas.



Algunos los llamaban los juegos patricios, porque la primera noche las familias patricias se agasajaban unas a otras y en sus listas de invitados figuraban patricios exclusivamente. Siempre se consideraba un buen augurio para el patriciado que el edil curul que hacía el sacrificio fuera patricio, como lo era César. Bíbulo, desde luego, era plebeyo, y el día de la inauguración se sintió completamente ignorado; César había llenado de patricios los asientos especiales en las enormes y anchas gradas del templo, haciendo honor en particular a los Claudios Pulcher, tan íntimamente conectados con la presencia de Magna Mater en Roma.



Aunque aquel primer día los ediles celebrantes y la comitiva oficial no descendían al Circo Máximo, sino que más bien miraban desde los escalones del templo de Magna Mater, César había preferido poner un espectáculo brillante en el circo en lugar de tratar de entretener a la multitud que había seguido la sangrienta procesión de la diosa con la acostumbrada ración de peleas de boxeo y carreras pedestres. El tiempo de que se disponía no hacía imposibles las carreras de carros. César había instalado un sistema de conducción del agua desde el Tíber y había canalizado el agua, que atravesaba el Forum Boarium y creaba así un río dentro del circo, con la spina haciendo el papel de isla del Tíber y separando esta astuta corriente de agua. Mientras la extensa multitud lanzaba exclamaciones de admiración, César representó la proeza de fuerza de la vestal Claudia. Ésta llevó a rastras la barcaza desde el extremo del Forum Boarium, donde el último día instalarían las puertas de salida para las carreras de carros, dio una vuelta completa a la spina y luego la dejó descansando en el extremo de la puerta de Capena del estadio. La barcaza relucía engalanada con adornos dorados y tenía velas ondeantes bordadas de color púrpura; todos los sacerdotes eunucos iban reunidos en la cubierta alrededor de una bola negra y lustrosa que representaba la piedra ombligo, mientras en lo alto de la popa se alzaba la estatua de Magna Mater en una carroza tirada por un par de leones de apariencia absolutamente realista. César no utilizó un forzudo vestido de vestal para representar a Claudia, sino que usó una esbelta y hermosa mujer del tipo de Claudia, y disimuló la presencia de los hombres que tiraban de la barcaza sumergiéndolos en el agua hasta la cintura, con los hombros agachados y metidos bajo un falso casco de nave dorado que los ocultaba a la vista.



La multitud se fue a sus casas extasiada después de aquel espectáculo de tres horas. César se quedó allí, rodeado de patricios encantados, y aceptó los obsequiosos cumplidos que le dedicaron tanto por el buen gusto que había demostrado como por su imaginación. Bíbulo captó la indirecta y se marchó, muy ofendido porque nadie le había hecho caso.



Nada menos que diez teatros de madera habían sido levantados desde el Campo de Marte hasta la puerta de Capena, el mayor de los cuales tenía capacidad para diez mil personas y el más pequeño para quinientas. Y en lugar de contentarse con que parecieran lo que realmente eran, provisionales, César había insistido en que se pintaran, se decoraran y se dorasen. Farsas y mimos se pusieron en escena en los teatros mayores, Terencio, Plauto y Ennio en los medianos, y Sófocles y Esquilo en el auditorio más pequeño, que tenía un aspecto muy griego; se tuvieron en cuenta todos y cada uno de los gustos teatrales. Desde primera hora de la mañana hasta casi el crepúsculo, los diez teatros dieron representaciones durante los cuatro días, todo un festín. Y fue literalmente un festín, pues César sirvió refrigerios gratis en los entreactos.



El último día la procesión se reunió en el Capitolio y dirigió sus pasos a través del Foro Romano y la vía Triunfal hasta el Circo Máximo; desfilaron estatuas doradas de algunos dioses, como Marte y Apolo... y Cástor y Pólux. Como fue César quien había pagado para que las dorasen, a nadie le extrañó que Pólux fuera de un tamaño mucho menor que su gemelo Cástor. ¡Qué risa!.



Aunque se suponía que los juegos eran financiados con dinero público y lo que todos los espectadores preferían eran las carreras de carros, el hecho era que nunca había dinero del Estado para los entretenimientos propiamente dichos. Ello no había detenido a César, quien organizó más carreras de carros el último día de los ludi megalenses de lo que Roma había visto nunca. Era su deber como edil curul senior dar la salida a las carreras, en cada una de las cuales intervenían cuatro carros: uno rojo, otro azul, otro verde y otro blanco. La primera era de cuadrigas, carros tirados por cuatro caballos, pero otras carreras eran de carros tirados por dos caballos, o de dos o tres caballos dispuestos uno detrás de otro; César organizó incluso carreras de caballos desuncidos, que fueron montados sin ensillar por postillones.



La longitud de cada carrera era de cinco millas, distancia que se conseguía dando siete vueltas alrededor de la división central de la spina, un promontorio estrecho y alto adornado con muchas estatuas que exhibía siete delfines en uno de los extremos, y en el otro siete huevos dorados colocados en lo alto de grandes cálices; a medida que acababa cada una de las vueltas se tiraba del morro de un delfín y la cola se alzaba, y se quitaba un huevo dorado de un cáliz. Si las doce horas del día y las doce horas de la noche eran de igual longitud, entonces cada carrera tardaba en su recorrido un cuarto de hora, lo que significaba que el ritmo era veloz y furioso, un galope enloquecido. Cuando se producían vuelcos solían ocurrir al dar la vuelta a las metae, donde cada conductor, con las riendas enrolladas con muchas vueltas a la cintura y una daga metida entre las mismas para poder liberarse si chocaba, luchaba con destreza y valor por mantenerse en el lado interior, de manera que así el recorrido fuera más corto.



La multitud quedó encantada aquel día, pues en lugar de largos descansos después de cada carrera, César las hizo sucederse una detrás de otra sin apenas interrupción; los corredores de apuestas se apresuraban entre los excitados espectadores para recoger las apuestas en un continuo frenesí, pues no daban abasto. Ni un solo sitio en las gradas estaba vacío, y las mujeres se sentaban en las rodillas de sus maridos para ganar espacio. No se permitía la entrada a los niños, a los esclavos ni a los esclavos libertos, pero las mujeres se sentaban con los hombres. En los juegos de César más de doscientos mil romanos libres se apretujaron en el Circo Máximo, mientras que otros cuantos miles más los contemplaron desde puntos estratégicos en lo alto del Palatino y el Aventino.

( Colleen McCullough )