
Los misterios
griegos llevaban la marca de la razón y la moderación griegas. Pero a medida
que la influencia romana penetró cada vez más al este, entró en contacto con
religiones orientales aún más emocionales y coloridas, muchas de las cuáles
también incluían el motivo de la muerte y renacimiento inspirado por el
ciclo estacional de la vegetación. En Asia Menor existía un antiguo
culto de Cibeles, la Gran Madre de los Dioses, que en algunos
aspectos era similar a la Deméter griega. Sus ritos se difundieron por
Grecia en época temprana y, en 204 a. C., cuando los romanos estaban
cerca del fin de su larga batalla contra el general cartaginés Aníbal,
también ellos empezaron a rendir culto a Cibeles. Una piedra consagrada
a ella que había caído del cielo (indudablemente, un meteorito), fue llevada
con gran pompa de Asia Menor a Roma. Al principio, los romanos se sentían un
tanto confusos en las ceremonias, y ante los extraños sacerdotes que
habían sido importados junto con la piedra, pero en la época del Imperio
temprano el culto de Cibeles llegó a ser uno de los más importantes en
Roma.

Las deidades
egipcias también se hicieron populares. En tiempos griegos, el dios y la diosa egipcios más importantes eran Osiris
e Isis. Osiris pasaba por la muerte y la resurrección. Se suponía
que sufría una reencarnación física en el toro sagrado Apis. Para los
griegos, Osiris Apis se convirtió en «Serapis», y el culto de Serapis e
Iris se hizo popular en Grecia alrededor del 200 a. C. Un siglo más
tarde, estos ritos empezaron a invadir Roma. Augusto, que era un
hombre anticuado, los desaprobaba, pero Calígula les dio la sanción
oficial.
Las diosas como
Deméter, Cibeles e Isis eran particularmente atractivas para las mujeres
y, en verdad, para todos los que valorasen la compasión y el amor. Los dioses
masculinos a menudo eran dioses de la cólera y la guerra, de modo que también
los soldados podían tener el consuelo de la religión.
De las tierras
situadas al este del Imperio Romano, de Partia o de Persia, llegó Mitra,
figura divina que representaba el Sol. Siempre era pintado como un joven que
apuñalaba un toro, y los ritos de iniciación incluían el sacrificio ritual
de un toro. Las mujeres estaban excluidas de estos ritos, por lo que el mitraísmo
era una religión esencialmente masculina, y particularmente de soldados.
Empezó a hacer sus primeras intrusiones en Roma por la época de Tiberio.
EL CRISTIANISMO.-
Quedan por mencionar las religiones que surgieron en Judea. La primera de ellas
fue el mismo judaísmo, que se expandió desde Judea hacia el exterior con
los judíos que se asentaban en las diversas ciudades del Imperio,
particularmente en el Este, aunque también había una colonia bastante
considerable en la misma Roma. En verdad, con el tiempo, los judíos que
vivían fuera de Judea superaron en número a los que habían permanecido
en la tierra tradicional. Y aunque aprendiesen a hablar griego y olvidasen
el hebreo, no olvidaron su religión. Su libro sagrado, la Biblia, fue traducida
al griego para los judíos que ya no podían leer el original hebreo en fecha
tan temprana como el 270 a. C.

Hasta había judíos
que recibían una educación griega y podían defender las creencias judaicas
en términos comprensibles para los griegos y los romanos de la época. El más
destacado de ellos fue Philo Judaeus (Filón el Judío), quien nació en
Alejandría por el 20 a. C. y, en su vejez, encabezó la delegación a Roma
que iba a defender la causa de los judíos ante Calígula.

En los últimos días
de la República y los primeros del Imperio, el judaísmo hizo conversos
entre los romanos, incluidos algunos que estaban en elevada posición. Se
hubiera difundido más aún si hubiese estado dispuesto a transigir. Otras
religiones tenían sus ritos especiales, pero no impedían a sus miembros participar
en el culto imperial. El judaísmo, en cambio, quería que sus prosélitos
abandonasen hasta las formas más inocuas de sus antiguos cultos. Esto
significaba que los romanos que deseaban hacerse judíos debían abandonar
la religión del Estado, apartarse de la sociedad y aun correr el riesgo de que
se levantase contra ellos la seria acusación de traición. Además,
el ritual judío era bastante complicado y difícil para cualquiera que no
hubiese nacido y sido educado en él. Partes de ese ritual parecían irracionales
y confusas para los educados en la filosofía griega. Por añadidura, todo
el que quisiese ser judío tenía que someterse a la penosa operación de
la circuncisión. Por último, el judaísmo en sentido estricto estaba
centrado en Judea, y el Templo de Jerusalén era el único lugar donde alguien
podía realmente acercarse a Dios.
El último golpe
que dio fin a toda posibilidad de que los judíos lograsen prosélitos fue
la sangrienta revuelta de Judea. Los judíos se convirtieron entonces en
peligrosos enemigos de Roma y se hicieron más impopulares que nunca en
todo el Imperio. Sin embargo, el judaísmo no era una religión monolítica;
había sectas dentro de él, y algunas de ellas eran más afines a los diversos
no-judíos («gentiles») del Imperio que otras. Una de esas sectas fue la
creada por los discípulos de Jesús. Después de la crucifixión de
Jesús, podía haberse pensado que sus seguidores se dispersarían, puesto que
su muerte parecía reducir al ridículo sus pretensiones mesiánicas. Pero se difundió
la historia de que fue visto nuevamente tres días después de la crucifixión,
y que había vuelto de la muerte. No era meramente un Mesías humano, un
rey que restauraría la monarquía judía; era un Mesías divino, el Hijo de
Dios, cuyo Reino estaba en el Cielo y que retornaría pronto (aunque nadie
sabía exactamente cuándo) para juzgar a todos los hombres e instaurar la
ciudad de Dios.

Los cristianos
(como fueron llamados luego los discípulos de Jesús y sus seguidores), al
principio siguieron siendo judíos en sus creencias y rituales, y obtuvieron sus
conversos principalmente entre los judíos. Pero muchos judíos siguieron
siendo férreamente nacionalistas. No querían un Mesías que había muerto
y dejado la nación esclavizada; querían un Mesías que se manifestase gloriosamente
liberándolos de Roma. Este fue uno de los factores que llevó a la desastrosa
rebelión contra Roma.
En esa rebelión,
los cristianos no tomaron parte alguna. Ya tenían su Mesías; Roma no iba
a durar eternamente, y era un error anticipar los planes de Dios para la
culminación de la historia secular. La no violencia predicada por los cristianos,
el deber de ofrecer la otra mejilla, de amar a los propios enemigos y de
dar al César lo que era del César, también les impidió tomar parte en la
rebelión.

Esta renuncia de
los judíos cristianos a unirse a sus compatriotas judíos en la guerra contra
Roma hizo impopular el cristianismo entre los judíos que sobrevivieron, y ya no
hizo progresos entre ellos. Tampoco los judíos, en general, han aceptado
a Jesús como el Mesías hasta el día de hoy, pese a las mayores presiones
posibles. Pero si el cristianismo fracasó entre los judíos, no ocurrió
lo mismo con otros pueblos. Esto fue el resultado en gran medida de un
judío llamado Saulo, quien en su trato con el mundo de los gentiles era conocido
por el nombre similar, pero de resonancias más romanas, de Pablo.

Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la costa
meridional de Asia Menor, al parecer en el seno de una familia acomodada,
pues su padre (y por tanto él mismo) era ciudadano romano. Recibió una
educación judía estricta en Jerusalén y fue ortodoxo en sus creencias, tan
ortodoxo que en su primer encuentro con las enseñanzas de los cristianos quedó
horrorizado por su blasfemia y tuvo un papel de primera línea en los
movimientos de persecución contra ellos. Se ofreció para viajar a Damasco
a fin de dirigir allí el movimiento anticristiano, pero, según el relato
de la Biblia, Jesús se le apareció en el camino, y desde ese momento fue un
ardiente cristiano.

Pablo empezó a
predicar el cristianismo a los gentiles y, al hacerlo, llegó a la creencia
de que el intrincado ritual del judaísmo no era esencial para la religión
verdadera y que hasta podía llevar a alejarse de ella al concentrar la atención
en detalles insignificantes y oscurecer la esencia interior («pues la letra
mata, pero el espíritu da vida»). Para ser cristiano, pues, un gentil no
necesitaba circuncidarse, ni tenía que observar todo el rigor del ritual
judío ni asumir el nacionalismo judío y venerar el Templo de Jerusalén. Casi
inmediatamente el cristianismo empezó a difundirse por las ciudades de Asia
Menor y Grecia, y más tarde en la misma Italia. La crucifixión y resurrección de
Jesús, y los ritos con que se conmemoraban estos sucesos, recordaban las
religiones mistéricas. La figura de María, la madre de Jesús, brindaba
un suavizante toque femenino. Sus costumbres austeras eran como las de
los estoicos. El cristianismo parecía tener algo que agradaba a todo el mundo.

En verdad, el cristianismo
tenía una flexibilidad que el judaísmo nunca tuvo. Cuando el
cristianismo se difundió entre personas que no sabían nada del judaísmo pero
mucho sobre sus propias costumbres paganas, el nuevo credo adaptó a sus
propios fines la filosofía griega y las costumbres paganas. El mitraísmo,
por ejemplo, que fue el principal competidor del cristianismo durante un
par de siglos, celebraba el 25 de diciembre como su principal festividad. El mitraísmo
era una forma de culto del sol, y el 25 de diciembre estaba cerca del
momento del solsticio de invierno, cuando el sol de mediodía desciende a
su punto máximo al Sur y comienza su lento retorno hacia el Norte. Este
es, en cierto sentido, el nacimiento del Sol, la garantía de que el invierno
terminará algún día y de que la primavera volverá, y con ella una nueva vida.
Esta época del año era celebrada también por otras religiones. Los antiguos
romanos consagraban ese período a su dios de la agricultura, Saturno,
y las celebraciones recibían el nombre de saturnales. Las saturnales
eran momentos de buena voluntad entre los hombres (hasta a los esclavos
se les permitía participar en la festividad en un temporal rango de igualdad),
de festejos y de regalos.

Los cristianos,
al hallar irresistibles las emociones de la estación del renacimiento del
Sol, las adaptaron a sus creencias, en vez de luchar contra ellas. Dieron a las
emociones un nuevo uso. Puesto que la Biblia no dice exactamente cuándo
se produjo el nacimiento de Jesús, se lo podía ubicar en el 25 de
diciembre tanto como en cualquier otra fecha; esta fecha se convirtió en
la Navidad y su celebración subsiste hasta hoy. Y aún hoy la fiesta de Navidad
tiene algo de las características de las viejas saturnales.

Para los romanos,
en general, al menos durante el medio siglo posterior a la muerte de Jesús,
los cristianos eran meramente otra secta judía. En verdad, parecían más
fastidiosos que otras sectas judías, pues se esforzaban duramente por
lograr conversos. Puesto que los cristianos no adoraban a los dioses romanos
oficiales, eran considerados ateos. Y puesto que no participaban del culto
imperial, eran considerados radicales peligrosos y posibles traidores.
De hecho, los romanos juzgaban a los primeros cristianos de manera muy
similar a como la mayoría de los norteamericanos de hoy juzgan a los
comunistas.