«¡Oh, Apolo, tú que en tantas
batallas convertiste a Sila el Afortunado en grande y famoso, no lo abandones
ahora. No lo dejes perecer ante las mismas puertas de Roma!»
Continuación del blog "APASIONADOS DEL IMPERIO ROMANO", de Xavier Valderas. Se crea porque ya no se pueden subir más etiquetas debido al extenso blog anterior, con más de 10.500 entradas.
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jueves, 27 de agosto de 2020
domingo, 29 de marzo de 2020
DIOSES DEL OLIMPO DECIDEN EL DESTINO DE LA GUERRA DE TROYA
Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera
funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas
almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves
-cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida,
rey de hombres, y el divino Aquiles. ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos
la contienda para que pelearan?. El hijo de Leto y de Zeus. Airado con
el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el
ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando
redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un
inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que
pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a
los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba: - ¡Atridas y demás
aqueos de hermosas grebas!. Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os
permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria!. Poned
en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo,
el que hiere de lejos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al
sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón,
a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces: -
No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores
tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las
ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi
casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi
lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo. Así
dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la
orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al
soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera: - ¡Óyeme, tú que
llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos
poderosamente!. ¡Oh Esminteo!. Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé
en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen
los dánaos mis lágrimas con tus flechas!".
( Homero en "La Iliada" )
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