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domingo, 5 de abril de 2020

ANAXÁGORAS Y LA «FANTACIENCIA»


 

Cuando  Anaxágoras,  oriundo  de  Clasomene,  llegó  a Atenas en  480  antes  de  Jesucristo  por  invitación del almirante Jantipo que le había elegido como profesor  de  su  hijo  Pericles,  tenía  apenas  veinte  años, y tal vez quedóse un poco desilusionado, no de la ciudad en sí, que debió  de  parecerle  maravillosa,  sino por las atrasadísimas  condiciones  en  que  encontró los estudios científicos, o, mejor dicho, por su desequilibrio.


En realidad, en Atenas, como por lo demás en toda Grecia, hasta aquel momento había progresado solamente la Geometría, no como instrumento de realizaciones prácticas, sino como pretexto de especulación abstracta. Los atenienses no recurrían a ella para construir puentes y acueductos, de los que jamás sintieron la necesidad, sino para juguetear con su lógica deductiva. En efecto, no se dedicaron a ella los ingenieros, sino los filósofos, especialmente los que procedían de la escuela de Pitágoras, y el problema que más les atrajo fue la cuadratura del círculo.

 

Las Matemáticas, en cambio, se habían quedado en las «astas», y no es  una  manera  de  decir:  un  asta  era  1,  dos astas  era  2.  Para  el  10 y  los  múltiplos de 10  se  usaban  las  iniciales  de  la  palabra equivalente: d—deka, h—hekato, etc. La mente griega no imaginó jamás el cero, el más necesario de todos los números. Personas que hablaban con gran competencia  de  «fenómenos»  y  de  «noúmeno»,  de  planos  y perspectivas, cuando se trataba de hacer la más elemental suma o división tenían que recurrir a un formulario, porque por   mismas  no lograban sacarlas y si además era cuestión de fracciones, renunciaba sin rebozo. Sólo con mucha fatiga aprendieron de los egipcios a contar por decenas y de los babilonios a contar por docenas. Pero, por su cuenta,  no dieron ningún paso adelante.

 

Otro campo en el que la ciencia estaba en los primeros balbuceos era la Astronomía; basta ver, para darse cuenta, cómo habían redactado el calendario. Para empezar, cada ciudad tenía el suyo y señalaba el comienzo del año cuando le acomodaba. Es más, hasta los nombres de los meses eran diferentes, porque tampoco sobre este punto los varios Estados griegos habían logrado ponerse de acuerdo. Atenas se había quedado poco más o menos en el  sistema  de  Solón, que había dividido el año en  doce  meses  de  treinta días cada uno. Y dado que de tal manera, al final del año, faltaban cinco, cada dos años se añadía un decimotercer mes para recuperarlos. Pero de esta manera, en cambio, acababan con días  de  más.  Entonces el año fue vuelto  a  dividir en  meses  alternos  de  treinta y treinta  y  un  días.  Y  para  eliminar  el  pequeño pico que de tal modo quedaba, se estableció saltarse  un mes cada ocho años.

 

La razón de este atraso, además de  la  alergia  que  los atenienses mostraban por las matemáticas, era debida a la superstición, de la que ellos se burlaban de palabra, pero que de hecho les  aprisionaba. En  todas las sociedades y en todos  los  tiempos  la  Astronomía ha sido la primera enemiga  de  la  génesis, como  quiera y por quien fue  revelada.  Lo  era  particularmente en la Grecia antigua, donde la génesis metía la nariz también en el árbol genealógico de los individuos, remontándolo a algún dios o diosa. Ahora bien, mientras en Tebas, Filolao el pitagórico podía  hasta  predicar que la Tierra no era en absoluto el centro  del  universo sino tan sólo un planeta entre los muchos que giraban en torno de un «fuego central», porque en aquella ciudad no había nadie que le comprendiese y, tal vez, ni menos quien le escuchase, ni siquiera los sacerdotes, en Atenas, de un discurso semejante todos habrían aprehendido las  implicaciones  y  preguntado al autor cómo hacía para conciliario  con  Zeus y  toda la cosmogonía que de ello se derivaba. El mismo Pericles no se había atrevido a abolir la ley que prohibía, como contraria a la religión, la Astronomía.

 

No sabemos si Anaxágoras había frecuentado escuelas. Pero, curioso como era de las cosas celestes más que de las terrenales, seguramente había recogido las nuevas ideas que, sobre el  cielo,  circulaban ya  como un polen por el aire de toda Grecia. Demócrito de Abdera iba diciendo que la  Vía  Láctea  no  era  más que polvillo de estrellas y, en Agrigento, Empédocles insinuaba que la luz de los astros empleaba determinado tiempo para llegar a la Tierra. Parménides de Elea exponía graves dudas sobre que  la  Tierra  es plana y más bien se inclinaba a creer que fuese redonda, y, en Chíos, Enópidas preanunciaba la oblicuidad de la elipse.

 

Entendámonos bien; no eran más que intuiciones, casi siempre formuladas con un lenguaje vago y entremezclado de  las  más  descabelladas  afirmaciones. Y tenemos la sospecha de que su valor  científico  ha sido exagerado por los historiadores modernos. Para convertirse en descubrimientos verdaderos  tuvieron que esperar los instrumentos de cálculo que la Humanidad elaboró en los siguientes dos mil años y que permitieron a Copérnico y a Galileo fundamentarlos sobre bases experimentales. De momento, todos aquellos astrónomos que merodeaban por Grecia mirando hacia lo alto no eran más que unos Paneroni más geniales  y  de  exuberante  fantasía, que  se  sacaban las ideas de la cabeza sin acompañarlas de ningún elemento de prueba.

 

También Anaxágoras lo fue. Y si por una parte merece el título de «padre de la Astronomía» por la exactitud  de algunas  de sus predicciones, por  otra le  corresponde  el  de  «inventor  de  la  fantaciencia» por las arbitrarias ilaciones que de ella dedujo, como cuando afirmó que los otros planetas son habitados, como la Tierra, por hombres en todo semejantes a nosotros, que construyen ciudades y casas como nosotros y que como nosotros  aran sus campos  con bueyes.

 

Era un curioso hombre quimerista y charlatán, que por las estrellas descuidó su patrimonio y no hablaba más que de ellas. Partía del concepto de que no hay necesidad de invocar nada  sobrenatural  para  explicar lo natural. El cosmos, decía,  se  había  formado  del caos a consecuencia de un remolino que había separado con su fuerza centrífuga los cuatro elementos fundamentales; el fuego, el aire, el agua y la  tierra, de cuyas combinaciones dependen las formas  orgánicas. En su consecuencia, de la  Tierra se habían  desprendido pedruscos y fragmentos de rocas  que,  reaspirados en un éter incandescente, ahora ardían en  el  aire  y eran estrellas. La mayor, el Sol: grande, decía Anaxágoras, como el Peloponeso multiplicado por cuatro o por cinco. Mientras giran, esas  estrellas  permanecen en el aire. Cuando se paran, caen y se tornan meteoritos. Hasta la Luna tiene el mismo origen. Es la más cercana a la Tierra, que de vez en  cuando  se  interpone entre ella y el Sol produciéndose así los eclipses.

 

La Tierra  gira  enfundada  en  una  envoltura  de aire, cuya rarefacción y condensación son la consecuencia del calor solar y la causa de los vientos.  Éste era sin duda, para aquellos tiempos, un buen descubrimiento, pero Anaxágoras lo estropeó bastante añadiendo  que  el  rayo  es  debido  a  la  fricción  de dos nubes, en tanto que el trueno queda determinado por su colisión. En cuanto a la vida, ésta se  halla  dotada de los mismos elementos para todos los animales, que se diferencian sólo por dosis y relaciones diversas. El hombre se ha desarrollado mejor que todos los demás porque su posición erecta le da —hay que decirlo— mano libre, o  sea  dispensada  de  las  tareas de locomoción.

 

Como se ve, el sistema de Anaxágoras es una chapuza en la que, si se quiere, se hallan mezclados juntamente Galileo y Darvvin, pero  también  los  «tebeos» y los filmes sobre marcianos. Pero  tenía,  respecto  a las leyes de Atenas, un pequeño defecto: el de no citar jamás a Zeus, como si en  toda  esa  evolución  no tuviese nada que ver. Anaxágoras, cuando quiso condensarlo en un libro, que también se llamó Sobre la naturaleza, se dio cuenta de ello, e introdujo, como padre del vórtice que había dado  origen  al  Universo, un nous, es decir, una mente que, ante los jurados, po-día también haber hecho pasar por el Padre  Eterno.  La citaba continuamente, hasta conversando, tanto, que los atenienses, para mofarse de él, le  apodaron nous, y así le apostrofaban cuando pasaba por la calle: «¡Hola, nous...! ¿Qué tiempo, nous, hará mañana?»

 

Acaso nous lo hubiese pasado  bien de no haber sido tan amigo de Pericles y de  no  haber frecuentado el salón de Aspasia: privilegio que, en aquella democracia entretejida de envidias,  se  pagaba  caro.  Un día, durante un sacrificio, cayó en manos de los augures un carnero con un solo cuerno. Los sacerdotes oficiantes en la ceremonia vieron en ello algo sobrenatural. Y Anaxágoras, que con lo sobrenatural no quería saber nada, les puso  en  berlina  delante  de todo el pueblo haciendo decapitar al animal y demostrando que el único cuerno había crecido debido sólo a que el cerebro se había desarrollado irregularmente en el centro de la frente en vez de a ambos lados.



Cleón, el adversario de Pericles, vio en ello una excelente ocasión para atraerse al clero burlado, insinuándole al oído que el famoso nous era una excusa inventada por el filósofo para no pagar  aduanas  y hacer contrabando de herejía. Anaxágoras fue  acusado de impiedad ante un verdadero tribunal de la Inquisición, que se  puso  a  espulgar  su  libro,  por bien que toda la  parte culta de Atenas  fuese entusiasta de él y lo considerase su obra maestra. Efectivamente, el nous de pegote puesto en el último momento, poco tenía que ver. En negro sobre blanco estaba escrito que el Sol, considerado como dios por la religión oficial, no era sino una masa de piedras ardientes.



Sobre la continuación de los sucesos hay dos versiones. Según una de ellas. Pericles, viendo el caso desesperado, impelió a la huida a su viejo maestro.  Según otra, confió en poderle  salvar,  le  defendió  ante  los jueces y cuando éstos le hubieron condenado, proparó su evasión. Como fuere, lo cierto es que Anaxágoras se refugió en Lampsaco del Helesponto y que  en tal ciudad vivió hasta los setenta y tres años enseñando filosofía.  Cuando  le  hablaban  de  la  condena a que los atenienses le habían sentenciado decía, moviendo la cabeza: «Pobrecillos, no saben que la Naturaleza les ha condenado también a ellos.»  Pericles, que le había hecho a la par  mucho  bien  y  mucho daño, le envió bajo mano subsidios hasta el último momento.

( Indro Montanelli )





sábado, 29 de febrero de 2020

GORGIAS DE LEONTINOS


Gorgias de Leontinos (en griego Γοργίας) (c. 485 a. C.-c. 380 a. C.​ fue un filósofo sofista del período antropológico de la filosofía griega.

Gorgias nació en la colonia jónico-calcídica de Leontinos, en Sicilia, en torno al año 480 a. C.. Fue hijo de Carmántidas. Durante su juventud fue discípulo de Empédocles, quien pudo haberle enseñado los rudimentos de su formación retórica y haberle familiarizado con el pensamiento de Parménides y de Zenón de Elea.​
 
En el año 427 a. C., sus conciudadanos de Leontinos le encargaron la dirección de una comisión a Atenas, para recabar apoyos militares contra los afanes expansionistas de Siracusa. Tras la pérdida de independencia de Leontinos en el 424 a. C., Gorgias se exilió en la Grecia continental. Allí, sus enseñanzas pudieron granjearle "además del favor y la protección de las familias más poderosas de Tesalia, unas ganancias que le permitieron hacerse retratar en una estatua de oro macizo que consagró como ofrenda al santuario de Delfos".​ Sin embargo, esto no está claro pues, según su discípulo Isócrates, ninguno de los sofistas "hizo una gran fortuna", sino que vivieron modestamente, "incluido Gorgias, que ganó más que ningún otro y estaba soltero y sin cargas familiares". Habría sido Platón quien habría intentado poner de relieve la riqueza acumulada por los sofistas.​
 
Gorgias fue el más admirado maestro de retórica de la antigua sofística, y tanto es así que algunos creen, como Filóstrato, que se le debe atribuir la paternidad del arte oratorio de los sofistas.
 
Como orador debe considerársele fundador de la oratoria epidíctica. Los discursos que nos han sido conservados son: un Epitafio, un Olímpico, un Pítico, un Elogio de los eleáticos, todos ellos en fragmentos. Nos queda, en cambio, el texto íntegro de los ejercicios sofísticos, el Elogio a Helena y la Apología de Palamedes. En todos ellos, Gorgias hace ostentación de su habilidad dialéctica.

Finalmente, Gorgias fallece a los más de cien años, entorno al año -375 a. C..​
 
El estudio de la Filosofía de Gorgias se topa con el problema de las fuentes. Del leontino no quedan textos ni fragmentos que "con certeza razonable puedan considerarse literales". Podemos conocer parte del contenido de sus obras a través de otros autores que la han comentado, de entre los que destaca el escéptico Sexto Empírico. Sin embargo, tal vez ni siquiera éste haya tenido la oportunidad de leer directamente los tratados de Gorgias.
 
Según Platón en su Gorgias o Sobre la Retórica, Gorgias define su arte como arte oratorio y afirma que está dispuesto a formar en tal arte a todos aquellos que quieran. Cabe destacar que, a diferencia de lo que ocurre en el diálogo Protágoras (cuyo protagonista es el también sofista Protágoras), donde sus argumentos son presentados como notablemente hábiles afirmaciones, en el Gorgias de Platón, el sofista aparece sosteniendo unas tesis muy débil y fácilmente rebatible que le lleva a ser ridiculizado por Sócrates. Por ello, gran parte de las características de las posturas de Gorgias sigue en entredicho. Forma parte de la primera generación de sofistas junto con Protágoras con quien compartió el presupuesto básico de su filosofía: el relativismo y el escepticismo.
 
Según la visión clásica de Gorgias, con él nos movemos en el mundo de la mera opinión, siendo la verdad para cada uno de nosotros aquello que nos persuade como tal. La retórica es la técnica de la persuasión, y el sofista, el maestro de la opinión.

Sin embargo, hay investigaciones más recientes que vienen a situar a Gorgias y la Retórica como defensores de la democracia y enemigos de la violencia, ya que "el arte del discurso-razón [···] facilita la comunidad lingüística".​ Además, en Gorgias, la verdad sería eliminada en favor de la verosimilitud, con importantes consecuencias políticas, ya que "toda la oratoria griega de época clásica es política, hasta la de los discursos ficticios".​ Al fin y al cabo, si alguien conoce la Verdad, podría comunicarla o imponerla a cualquier precio. Sin embargo, con la verosimilitud gorgiana, no conocemos nada, sino sólo el lógos, las palabras, con las que construimos los discursos. Por lo tanto, no habría ninguna verdad última de ningún tipo. Esto supone, contra Platón, que no habría ningún modelo político ideal y que, por lo tanto, mediante la Retórica es posible cambiar democráticamente el tipo de orden político cuando la Retórica "está bien adaptada a la situación".​ Esta divergencia política con Platón explicaría los motivos por los que éste censuraba a los sofistas.
 
Para el filósofo italiano Giorgio Colli, Gorgias pudo ser el probable inventor de la reducción al absurdo, uno de los métodos lógicos de demostración más utilizados.
 
Recogió la temática de la filosofía eleática concluyendo que nada existe. Se encuentran en una obra que se le atribuye, Sobre la Naturaleza o el No Ser (título que alude a la postura de la escuela eleática -por la cual se ve influido, pero a la que ataca- ya que el filósofo Meliso de Samos había escrito la obra Sobre la naturaleza o el Ser), tres célebres tesis:

Nada existe.

Si algo existiera, no podría ser conocido por el hombre.

Si algo existente pudiese ser conocido, sería imposible expresarlo con el lenguaje a otro hombre.
 
TESIS 1: NADA EXISTE

La primera tesis la defiende de la manera siguiente: si algo existe debería o bien ser eterno o no serlo. Si fuese eterno, habría de ser infinito y, si fuese infinito, no podría estar en nada. Pero, lo que no está en nada no existe. Por otra parte, si no fuese eterno, debería haber comenzado a ser (debería haber nacido, haber sido creado), pero, para comenzar a ser, antes debería no ser, lo que es imposible, ya que el no ser no es (lo que no existe no puede engendrar la existencia). Así, ni es eterno ni tiene origen y, por tanto, no es. Nada puede existir.

El también escéptico Sexto Empírico, quien conoció los escritos gorgianos, recoge la argumentación en su libro "Contra los matemáticos" de este modo:

"Que nada existe es argumentado de este modo. Si existe algo, o bien existe lo que es o lo que no es, o bien existen tanto lo que es como lo que no es. Pero ni lo que es existe, como demostrará, ni lo que no es, como explicará, ni tampoco lo que es y lo que no es, punto éste que también justificará. No existe nada, en conclusión.

Es claro, por un lado, que lo que no es no existe. Pues si lo que no es existiera, existiría y, al mismo tiempo, no existiría. En tanto que es pensado como no existente, no existirá, pero, en tanto que existe como no existente, en tal caso existirá. Y es de todo punto absurdo que algo exista y, al mismo tiempo, no exista. En conclusión, lo que no es no existe. E inversamente, si lo que no es existe, lo que es no existirá. Pues uno y otro son mutuamente opuestos, de modo que si la existencia resulta atributo esencial de lo que no es, a lo que es le convendría la inexistencia. Mas no es cierto que lo que es no existe y, por tanto, tampoco lo que no es existirá.

Pero es que tampoco lo que es existe. Pues si lo que es existe, o bien es eterno o engendrado, o eterno o ingénito al tiempo. Mas no es eterno ni engendrado ni ambas cosas, como mostraremos. En conclusión, lo que es no existe.

Porque si es eterno lo que es -hay que comenzar por esta hipótesis- no tiene principio alguno. Pues todo lo que nace tiene algún principio, en tanto que lo eterno, por su ingénita existencia, no puede tener principio. Y, al no tener principio, es infinito. Y si es infinito, no se encuentra en parte alguna. Ya que si está en algún sitio, ese sitio en el que se encuentra es algo diferente de él y, en tal caso, no será ya infinito el ser que está contenido, mientras que nada hay mayor que el infinito, de modo que el infinito no está en parte alguna. Ahora bien, tampoco está contenido en sí mismo. Pues continente y contenido serán lo mismo y lo que es uno se convertirá en dos, en espacio y materia. En efecto, el continente es el espacio y contenido, la materia. Y ello es, sin duda, un absurdo. En consecuencia tampoco lo que es está en sí mismo. De modo que, si lo que es eterno, es infinito y, si infinito, no está en ninguna parte, no existe. Por tanto, si lo que es, es eterno, tampoco su existencia es en absoluto.

Pero tampoco lo que es puede ser engendrado. Ya que si ha sido engendrado, procede de lo que es o de lo que no es. Mas no procede de lo que es. Ya que si su existencia es, no ha sido engendrado, sino que ya existe. Ni tampoco procede de lo que no es, ya que lo que no es no puede engendrar nada, dado que el ente creador debe necesariamente participar de la existencia. En consecuencia lo que es no es tampoco engendrado.

Y por las mismas razones tampoco son posibles las dos alternativas, que sea, al tiempo, eterno y engendrado. Pues ambas alternativas se destruyen mutuamente, y, si lo que es, es eterno, no ha nacido y, si ha nacido, no es eterno.

Por tanto, si lo que es no es ni eterno ni engendrado ni tampoco lo uno y lo otro, al tiempo, lo que es no puede existir.

Y, por otro lado, si existe es uno o es múltiple. Mas no es ni uno ni múltiple, según se demostrará. Por tanto, lo que es no existe, ya que si es uno, o bien es cantidad discreta o continua, o bien magnitud o bien materia. Mas, en cualquiera de los supuestos no es uno, ya que si existe como cantidad discreta, podrá ser separado, y, si es continua, podrá ser dividido. Y, por modo semejante, si es pensado como magnitud no deja de ser separable. Y, si resulta que es materia, tendrá una triple dimensión, ya que poseerá longitud, anchura y altura. Mas, es absurdo decir que lo que es no será ninguna de estas propiedades. En conclusión, lo que es no es uno. Pero ciertamente tampoco es múltiple.

Pues, dado que la multiplicidad es un compuesto de distintas unidades, excluida la existencia de lo uno, queda excluida, por lo mismo, la multiplicidad.

Que no existen, pues, ni lo que es ni lo que no es, resulta fácil de demostrar. Ya que si tanto lo que no es como lo que es existen, lo que no es será idéntico a lo que es en cuanto a la existencia. Y, por ello, ninguno de los dos existe. Que lo que no es no existe es cosa convenida. Y ha quedado demostrado que lo que es, en su existencia, es idéntico a lo que no es. Por tanto, tampoco él existirá. En consecuencia, si lo que es idéntico a lo que no es, no pueden existir el uno y el otro. Porque, si existen ambos, no hay identidad y, si existe identidad, no pueden ambos existir. De ello se sigue que nada existe."

 
TESIS 2: SI ALGO EXISTIESE, SERÍA INCOGNOSCIBLE

La segunda tesis parte de la afirmación de Parménides según la cual no es posible pensar el no ser. Pero, si el no ser no pudiese ser pensado, afirma Gorgias, no existiría el error. Dado que el error existe, se infiere que puede pensarse el no ser. Así, podemos decir que hay cosas no pensadas que existen, y cosas no existentes (como personajes míticos, por ejemplo) que pueden ser pensadas. De esta manera señala que existe una división entre pensamiento y ser y, por tanto, si algo existiese, no podría ser pensado. “Si lo pensado no existe, lo existente no es pensado”

En palabras de Sexto Empírico:


"A continuación debe demostrarse que, aun en el caso de que alguna cosa exista, ésta es incognoscible e inconcebible para el hombre (...). Es una deducción exacta e impecable ésta: "si lo pensado no existe, lo existente no es pensado" (...) Es evidente que las cosas pensadas no existen. Pues, si en efecto, las cosas pensadas existen, todas las cosas pensadas deben existir, después que alguien las piense. Lo que es inverosímil, pues, de hecho no es verdad que si uno piensa hombres voladores o carros que corren por el mar, por eso solo un hombre vuele o los carros corran sobre el mar. Por lo cual no es verdad que lo pensado exista. Además, si lo pensado existe, lo no existente no podrá ser pensado, porque a los contrarios les corresponden atributos contrarios (...) por ello, si a lo existente le corresponde el ser pensado, a lo no existente le corresponderá el no ser pensado. Pero esto es absurdo, porque se piensa también a Escila y la Quimera y muchas otras cosas irreales. Por lo cual el ser no es pensado (...)"


TESIS 3: SI ALGO FUESE COGNOSCIBLE, SERÍA INCOMUNICABLE

La tercera tesis defiende que la palabra no comunica más que sonidos. Mediante el lenguaje no transmitimos colores, sabores, tamaños, etc., sino solamente sonidos (es decir, no transmitimos las cosas en sí sino solo palabras). Y, al igual que la vista no ve los sonidos, el oído no oye los colores. Con ello pone de manifiesto el divorcio existente entre signo y significado (entre el término que designa y el objeto designado), y destaca la imposibilidad de transmitir la realidad mediante la palabra.


Esto se podría resumir en: 1) antítesis entre la exterioridad (respecto a nosotros) de la subsistencia de los objetos y la interioridad de la palabra; 2) imposibilidad, por ello, de que la palabra tenga la función de representar el objeto exterior, el cual, en cambio, tiene la función de revelarnos a nosotros la palabra, suscitándola por medio de las impresiones sensibles (los sentidos); 3) diferencia entre la subsistencia visible (los objetos) y auditiva (la palabra), e irrepresentabilidad recíproca.

Dice Sexto Empírico:

"Porque el medio con lo que nos expresamos es la palabra y ésta no es lo subsistente y el ser. Por tanto, no expresamos los seres reales a nuestro prójimo, sino palabras que son distintas a la realidad subsistente. Pues, tal como lo visible no puede transformarse en audible y viceversa, así el ser no puede transformarse en palabra nuestra, pues subsiste fuera de nosotros. Y no siendo palabra lo real no puede ser manifestado a los demás. La palabra, en efecto se organiza por las impresiones de los objetos exteriores sobre nosotros, es decir, por las sensaciones, pues de la acción del sabor, surge en nosotros la palabra que expresa tal cualidad, y de la impresión del color, la palabra del color. Si esto es verdad, no es la palabra representativa del objeto externo, sino que el objeto externo es revelador de la palabra. Y por lo tanto, ni aun se puede decir que, tal como subsisten los objetos visibles y los audibles, suceda así con la palabra también; de manera que pueda, por ser subsistente y real, revelar los objetos subsistentes y reales. Porque si también subsiste la palabra, en tal caso, es cosa diversa de los otros subsistentes (de las cosas mismas), y sobre todo, difieren los cuerpos visibles de las palabras: pues lo visible se percibe con un órgano distinto al que percibe la palabra. Por ello, la palabra no puede expresar la mayor parte de los objetos subsistentes, de la misma manera que ni aun éstos pueden manifestar unos la naturaleza de los otros."