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lunes, 12 de octubre de 2020

PRINCIPALES RELIGIONES EN EL IMPERIO ROMANO

Los misterios griegos llevaban la marca de la razón y la moderación griegas. Pero a medida que la influencia romana penetró cada vez más al este, entró en contacto con religiones orientales aún más emocionales y coloridas, muchas de las cuáles también incluían el motivo de la muerte y renacimiento inspirado por el ciclo estacional de la vegetación. En Asia Menor existía un antiguo culto de Cibeles, la Gran Madre de los Dioses, que en algunos aspectos era similar a la Deméter griega. Sus ritos se difundieron por Grecia en época temprana y, en 204 a. C., cuando los romanos estaban cerca del fin de su larga batalla contra el general cartaginés Aníbal, también ellos empezaron a rendir culto a Cibeles. Una piedra consagrada a ella que había caído del cielo (indudablemente, un meteorito), fue llevada con gran pompa de Asia Menor a Roma. Al principio, los romanos se sentían un tanto confusos en las ceremonias, y ante los extraños sacerdotes que habían sido importados junto con la piedra, pero en la época del Imperio temprano el culto de Cibeles llegó a ser uno de los más importantes en Roma.


Las deidades egipcias también se hicieron populares. En tiempos griegos, el dios y la  diosa egipcios más importantes eran Osiris e Isis. Osiris pasaba por la muerte y la resurrección. Se suponía que sufría una reencarnación física en el toro sagrado Apis. Para los griegos, Osiris Apis se convirtió en «Serapis», y el culto de Serapis e Iris se hizo popular en Grecia alrededor del 200 a. C. Un siglo más tarde, estos ritos empezaron a invadir Roma. Augusto, que era un hombre anticuado, los desaprobaba, pero Calígula les dio la sanción oficial.


Las diosas como Deméter, Cibeles e Isis eran particularmente atractivas para las mujeres y, en verdad, para todos los que valorasen la compasión y el amor. Los dioses masculinos a menudo eran dioses de la cólera y la guerra, de modo que también los soldados podían tener el consuelo de la religión.


De las tierras situadas al este del Imperio Romano, de Partia o de Persia, llegó Mitra, figura divina que representaba el Sol. Siempre era pintado como un joven que apuñalaba un toro, y los ritos de iniciación incluían el sacrificio ritual de un toro. Las mujeres estaban excluidas de estos ritos, por lo que el mitraísmo era una religión esencialmente masculina, y particularmente de soldados. Empezó a hacer sus primeras intrusiones en Roma por la época de Tiberio.




EL CRISTIANISMO.- Quedan por mencionar las religiones que surgieron en Judea. La primera de ellas fue el mismo judaísmo, que se expandió desde Judea hacia el exterior con los judíos que se asentaban en las diversas ciudades del Imperio, particularmente en el Este, aunque también había una colonia bastante considerable en la misma Roma. En verdad, con el tiempo, los judíos que vivían fuera de Judea superaron en número a los que habían permanecido en la tierra tradicional. Y aunque aprendiesen a hablar griego y olvidasen el hebreo, no olvidaron su religión. Su libro sagrado, la Biblia, fue traducida al griego para los judíos que ya no podían leer el original hebreo en fecha tan temprana como el 270 a. C.


Hasta había judíos que recibían una educación griega y podían defender las creencias judaicas en términos comprensibles para los griegos y los romanos de la época. El más destacado de ellos fue Philo Judaeus (Filón el Judío), quien nació en Alejandría por el 20 a. C. y, en su vejez, encabezó la delegación a Roma que iba a defender la causa de los judíos ante Calígula.


En los últimos días de la República y los primeros del Imperio, el judaísmo hizo conversos entre los romanos, incluidos algunos que estaban en elevada posición. Se hubiera difundido más aún si hubiese estado dispuesto a transigir. Otras religiones tenían sus ritos especiales, pero no impedían a sus miembros participar en el culto imperial. El judaísmo, en cambio, quería que sus prosélitos abandonasen hasta las formas más inocuas de sus antiguos cultos. Esto significaba que los romanos que deseaban hacerse judíos debían abandonar la religión del Estado, apartarse de la sociedad y aun correr el riesgo de que se levantase contra ellos la seria acusación de traición. Además, el ritual judío era bastante complicado y difícil para cualquiera que no hubiese nacido y sido educado en él. Partes de ese ritual parecían irracionales y confusas para los educados en la filosofía griega. Por añadidura, todo el que quisiese ser judío tenía que someterse a la penosa operación de la circuncisión. Por último, el judaísmo en sentido estricto estaba centrado en Judea, y el Templo de Jerusalén era el único lugar donde alguien podía realmente acercarse a Dios.


El último golpe que dio fin a toda posibilidad de que los judíos lograsen prosélitos fue la sangrienta revuelta de Judea. Los judíos se convirtieron entonces en peligrosos enemigos de Roma y se hicieron más impopulares que nunca en todo el Imperio. Sin embargo, el judaísmo no era una religión monolítica; había sectas dentro de él, y algunas de ellas eran más afines a los diversos no-judíos («gentiles») del Imperio que otras. Una de esas sectas fue la creada por los discípulos de Jesús. Después de la crucifixión de Jesús, podía haberse pensado que sus seguidores se dispersarían, puesto que su muerte parecía reducir al ridículo sus pretensiones mesiánicas. Pero se difundió la historia de que fue visto nuevamente tres días después de la crucifixión, y que había vuelto de la muerte. No era meramente un Mesías humano, un rey que restauraría la monarquía judía; era un Mesías divino, el Hijo de Dios, cuyo Reino estaba en el Cielo y que retornaría pronto (aunque nadie sabía exactamente cuándo) para juzgar a todos los hombres e instaurar la ciudad de Dios.


Los cristianos (como fueron llamados luego los discípulos de Jesús y sus seguidores), al principio siguieron siendo judíos en sus creencias y rituales, y obtuvieron sus conversos principalmente entre los judíos. Pero muchos judíos siguieron siendo férreamente nacionalistas. No querían un Mesías que había muerto y dejado la nación esclavizada; querían un Mesías que se manifestase gloriosamente liberándolos de Roma. Este fue uno de los factores que llevó a la desastrosa rebelión contra Roma.


En esa rebelión, los cristianos no tomaron parte alguna. Ya tenían su Mesías; Roma no iba a durar eternamente, y era un error anticipar los planes de Dios para la culminación de la historia secular. La no violencia predicada por los cristianos, el deber de ofrecer la otra mejilla, de amar a los propios enemigos y de dar al César lo que era del César, también les impidió tomar parte en la rebelión.


Esta renuncia de los judíos cristianos a unirse a sus compatriotas judíos en la guerra contra Roma hizo impopular el cristianismo entre los judíos que sobrevivieron, y ya no hizo progresos entre ellos. Tampoco los judíos, en general, han aceptado a Jesús como el Mesías hasta el día de hoy, pese a las mayores presiones posibles. Pero si el cristianismo fracasó entre los judíos, no ocurrió lo mismo con otros pueblos. Esto fue el resultado en gran medida de un judío llamado Saulo, quien en su trato con el mundo de los gentiles era conocido por el nombre similar, pero de resonancias más romanas, de Pablo.


Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la costa meridional de Asia Menor, al parecer en el seno de una familia acomodada, pues su padre (y por tanto él mismo) era ciudadano romano. Recibió una educación judía estricta en Jerusalén y fue ortodoxo en sus creencias, tan ortodoxo que en su primer encuentro con las enseñanzas de los cristianos quedó horrorizado por su blasfemia y tuvo un papel de primera línea en los movimientos de persecución contra ellos. Se ofreció para viajar a Damasco a fin de dirigir allí el movimiento anticristiano, pero, según el relato de la Biblia, Jesús se le apareció en el camino, y desde ese momento fue un ardiente cristiano.


Pablo empezó a predicar el cristianismo a los gentiles y, al hacerlo, llegó a la creencia de que el intrincado ritual del judaísmo no era esencial para la religión verdadera y que hasta podía llevar a alejarse de ella al concentrar la atención en detalles insignificantes y oscurecer la esencia interior («pues la letra mata, pero el espíritu da vida»). Para ser cristiano, pues, un gentil no necesitaba circuncidarse, ni tenía que observar todo el rigor del ritual judío ni asumir el nacionalismo judío y venerar el Templo de Jerusalén. Casi inmediatamente el cristianismo empezó a difundirse por las ciudades de Asia Menor y Grecia, y más tarde en la misma Italia. La crucifixión y resurrección de Jesús, y los ritos con que se conmemoraban estos sucesos, recordaban las religiones mistéricas. La figura de María, la madre de Jesús, brindaba un suavizante toque femenino. Sus costumbres austeras eran como las de los estoicos. El cristianismo parecía tener algo que agradaba a todo el mundo.


En verdad, el cristianismo tenía una flexibilidad que el judaísmo nunca tuvo. Cuando el cristianismo se difundió entre personas que no sabían nada del judaísmo pero mucho sobre sus propias costumbres paganas, el nuevo credo adaptó a sus propios fines la filosofía griega y las costumbres paganas. El mitraísmo, por ejemplo, que fue el principal competidor del cristianismo durante un par de siglos, celebraba el 25 de diciembre como su principal festividad. El mitraísmo era una forma de culto del sol, y el 25 de diciembre estaba cerca del momento del solsticio de invierno, cuando el sol de mediodía desciende a su punto máximo al Sur y comienza su lento retorno hacia el Norte. Este es, en cierto sentido, el nacimiento del Sol, la garantía de que el invierno terminará algún día y de que la primavera volverá, y con ella una nueva vida. Esta época del año era celebrada también por otras religiones. Los antiguos romanos consagraban ese período a su dios de la agricultura, Saturno, y las celebraciones recibían el nombre de saturnales. Las saturnales eran momentos de buena voluntad entre los hombres (hasta a los esclavos se les permitía participar en la festividad en un temporal rango de igualdad), de festejos y de regalos.


Los cristianos, al hallar irresistibles las emociones de la estación del renacimiento del Sol, las adaptaron a sus creencias, en vez de luchar contra ellas. Dieron a las emociones un nuevo uso. Puesto que la Biblia no dice exactamente cuándo se produjo el nacimiento de Jesús, se lo podía ubicar en el 25 de diciembre tanto como en cualquier otra fecha; esta fecha se convirtió en la Navidad y su celebración subsiste hasta hoy. Y aún hoy la fiesta de Navidad tiene algo de las características de las viejas saturnales.

 

Para los romanos, en general, al menos durante el medio siglo posterior a la muerte de Jesús, los cristianos eran meramente otra secta judía. En verdad, parecían más fastidiosos que otras sectas judías, pues se esforzaban duramente por lograr conversos. Puesto que los cristianos no adoraban a los dioses romanos oficiales, eran considerados ateos. Y puesto que no participaban del culto imperial, eran considerados radicales peligrosos y posibles traidores. De hecho, los romanos juzgaban a los primeros cristianos de manera muy similar a como la mayoría de los norteamericanos de hoy juzgan a los comunistas.


domingo, 26 de julio de 2020

CAIFÁS DICE SOBRE JESUCRISTO



En 29 (782 A. U. C.), quizá, Jesús fue llevado a juicio ante Poncio Pilato, el sexto procurador que gobernó Judea desde la deposición de Arquelao. Había sido nombrado para ese cargo tres años antes. 


Según el relato bíblico, se mostró renuente a condenar a Jesús y sólo lo hizo bajo la presión de las autoridades religiosas judías, quienes pensaban que liberar a Jesús provocaría una rebelión nacionalista, seguida inevitablemente por una represión romana.

 

Se dice en la Biblia que el Sumo Sacerdote Caifás afirmó: «Es conveniente para nosotros que un hombre muera por el pueblo, y que no perezca toda la nación».




miércoles, 8 de abril de 2020

POMPEYO PENETRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN


De los judíos cayeron doce mil, pero de los romanos muy pocos... y no se cometieron daños insignificantes en el templo en sí, que, en épocas anteriores, habían sido inaccesible, y visto por nadie; pues Pompeyo entró, y no pocos de aquellos que estaban con él fueron también, y vieron lo que era ilícito que viera cualquier otro hombre distinto a los sumos sacerdotes. En aquel templo estaban la mesa dorada, el sagrado candelabro, y los recipientes para libaciones, y una gran cantidad de especias; y además de estos había tesoros, dos mil talentos de dinero sagrado: pero Pompeyo no tocó nada de todo esto, debido a su consideración hacia la religión; y en este punto también actuó de una manera que era merecedora de su virtud. Al día siguiente dio la orden a aquellos que estaban a cargo del templo que lo limpiaran y que llevasen las ofrendas que la ley exigía a Dios; y restauró el sumo sacerdocio de Hircano, tanto porque le había resultado útil en otros aspectos, y porque dificultó que los judíos del país dieran ayuda a Aristóbulo en su guerra contra él.
 ( Flavio Josefo )




sábado, 28 de marzo de 2020

DISPOSICIONES DE CIRO DE PERSIA PARA CONSTRUIR EL TEMPLO DE JERUSALÉN



En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra del Señor pronunciada por Jeremías, el Señor despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, y este mandó proclamar de viva voz y pro escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, el Dios del cielo, ha puesto en mis manos todos los reinos de la tierra, y me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, de Judá. Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén, de Judá, para reconstruir la Casa del Señor, el Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén. Que la población de cada lugar ayude a todos los que queden de ese pueblo, en cualquier parte donde residan, proporcionándoles plata, oro, bienes y ganado, como así también otras ofrendas voluntarias para la Casa del Dios que está en Jerusalén». Entonces los jefes de familia de Judá y de Benjamín, los sacerdotes y los levitas, y todos los que se sintieron movidos por Dios, se pusieron en camino para ir a reconstruir la Casa del Señor que está en Jerusalén. Sus vecinos les proporcionaron toda clase de ayuda: plata, oro, bienes, ganado y gran cantidad de objetos preciosos, además de toda clase de ofrendas voluntarias. El rey Ciro mandó tomar los utensilios de la Casa del Señor que Nabucodonosor había llevado desde Jerusalén y había depositado en el templo de su dios. Ciro, rey de Persia, los puso en manos del tesorero Mitrídates, y este los contó para entregárselos a Sesbasar, el jefe de Judá. El inventario fue el siguiente: copas de oro para la ofrenda: 30; de plata: 1.000; cuchillos: 29;  vasos de oro: 30; de plata: 410; otros utensilios: 1.000.  Total de los utensilios de oro y plata: 5.400. Todo esto se lo llevó Sesbasar, cuando se permitió a los deportados subir de Babilonia a Jerusalén.
 ( Esdras )





DISTURBIOS DE JERUSALÉN


 
Los Disturbios de Jerusalén  se refieren a los disturbios masivos en el centro de la provincia romana de Judea, que se convirtieron en el catalizador de la gran revuelta judía.
 
De acuerdo con Josefo, la violencia del año 66 d. C. comenzó inicialmente en Cesarea, provocada por los griegos de cierta casa de comerciantes que sacrificaron aves frente a una sinagoga local. La guarnición romana no intervino y, por lo tanto, las antiguas tensiones religiosas entre los helenísticos y los judíos helenizados, por un lado, y los judíos ortodoxos, por otro lado, tuvieron una espiral ascendente de violencia. En reacción, el hijo del Sumo Sacerdote del templo judío, Eliezer ben Hanania, hizo cesar las oraciones y sacrificios por el emperador romano. Las protestas por los impuestos se sumaron a la lista de agravios y ataques aleatorios de ciudadanos romanos y percibidos «traidores» acaecidos en Jerusalén. El templo judío fue entonces ocupado por las tropas romanas a órdenes del gobernador romano Gesio Floro (Gessius Florus), quien retiró diecisiete talentos del tesoro del Templo, alegando que el dinero era para el emperador.

 
Josefo atribuye a Gesio Floro una buena parte de la responsabilidad en el desencadenamiento del conflicto, junto con el radicalismo zelote, mantenido y alentado a partir del rechazo al censo confeccionado en época de Publio Sulpicio Quirinio.
 
Josefo hace alusiones constantes a un tipo de procurador nefasto, inculpándolo gravemente en el desencadenamiento de una crisis irreversible que, en buena medida, parece buscada a propósito por él mismo. De Gesio Floro —destaca Josefo— que si el procurador Albino, su predecesor en el cargo, era un corrupto por sus frecuentes robos y extorsiones [F.J., Bell Iud., II, 272-276], Floro lo fue aún peor, pues ya no guardó disimulo alguno y todo lo hacía descarada y cruelmente y, lo que era aún más grave, «planeaba la guerra», buscando de forma consciente la sublevación, para tapar y desviar sus iniquidades ante su máximo superior, el emperador [F.J., Bell Iud., II, 282-283]. Buscando «encender la guerra» ordena extraer diecisiete talentos del tesoro de Templo [F.J. Bell Iud., II, 293-294] y al estallar el conflicto, siempre latente entre la población greco-siria y judía de Cesarea Marítima, —para Josefo uno de los detonantes que lleva al «comienzo de la guerra»— [F.J. Bell Iud., II, 284], no parece que el procurador haga nada para encauzar el problema, sino todo lo contrario [F.J. Bell Iud., II, 287-288]. Se comporta de un modo abusivo incitando a la población judía en la capital, Jerusalén, al frente de una cohorte de infantería y de un destacamento de caballería [F.J. Bell Iud., II, 295-296], provocando una masacre (¿3.600 muertos?) [F.J., Bell Iud., II, 307] y haciendo que la tropa romana actúe «con una crueldad hasta entonces desconocida» [F.J. Bell Iud., II, 308].

 
En respuesta a esta acción, la ciudad cayó en los disturbios y parte de la población judía comenzó a burlarse abiertamente de Floro pasando una cesta alrededor para recoger el dinero como si Floro fuera pobre. Floro reaccionó a los disturbios mediante el envío de soldados a Jerusalén el día siguiente para allanar la ciudad y detener a varios de sus líderes, quienes más tarde fueron azotados y crucificados, a pesar de que muchos de ellos eran ciudadanos romanos.

 
Inmediatamente, las facciones nacionalistas de Judea indignadas tomaron las armas y la guarnición militar romana de Jerusalén fue arrasada rápidamente por los rebeldes. En septiembre de 66, los romanos en Jerusalén se rindieron y fueron linchados. Mientras tanto, los habitantes griegos de la capital de Judea, Cesarea, atacaron a sus vecinos judíos; los judíos respondieron del mismo modo, expulsando a muchos griegos de Judea, Galilea y los Altos del Golán. Temiendo lo peor, el rey pro-romano Agripa II y su hermana Berenice huyeron de Jerusalén a Galilea. Las milicias de Judea expulsaron posteriormente a los ciudadanos y funcionarios pro-romanos de Judea, limpiando el país de todos los símbolos romanos.




domingo, 26 de enero de 2020

ESDRAS EL ESCRIBA


Esdras (hebreo: עזרא, Ezra;1 fl. 450-390 a. C.), también llamado Esdras el escriba (hebreo: עזרא הסופר, Ezra ha-Sofer) y Esdras el sacerdote en el Libro de Esdras. Según la Biblia hebrea, volvió del cautiverio de Babilonia y reintrodujo la Torá en Jerusalén (Esdras 7–10 y Neh 8). Según I Esdras, una traducción griega del Libro de Esdras, todavía en uso en la Iglesia ortodoxa, era también sumo sacerdote.
 
Su nombre puede ser una abreviación de Azaryahu, "Dios ayuda". En la Septuaginta Ezra se convierte en Esdras (Ἔσδρας), lo mismo que en latín.
 
El Libro de Esdras describe cómo condujo a un grupo judíos exiliados desde Babilonia hasta su hogar en Jerusalén (Esdras 8.2-14), donde se dice que les obligó a la observancia de la Torá, y a limpiar la comunidad de matrimonios mixtos.​
 
Esdras es una figura altamente respetada en el judaísmo
 
Los libros canónicos Libro de Esdras y Libro de Nehemías son las fuentes más antiguas sobre la actividad de Esdras, mientras que muchos de los otros libros escritos sobre Esdras son trabajos literarios posteriores, dependientes de los canónicos.
 
 Los libros de Esdras y Nehemías formaban originariamente un solo rollo.  Más tarde, los judíos dividieron este rollo y lo llamaron Esdras I y II. Las Biblias hebreas modernas llaman a los dos libros, «Esdras y Nehemías», como también lo hacen otras traducciones modernas de la Biblia. Algunas partes del Libro de Esdras (4:8 a 6:18 y 7:12-26) fueron escritas en arameo, pero la mayoría está en idioma hebreo. Esdras era experto en ambas lenguas. Esdras, un descendiente de Seraiah, el sumo sacerdote, estaba viviendo en Babilonia, cuando en el séptimo año de Artajerjes I (~ 457 a. C.), rey de Persia, el rey le envió a Jerusalén a enseñar las leyes de Dios a cualquiera que no las conociese. Esdras condujo a un gran número de exiliados, de vuelta a Jerusalén, donde descubrió que los judíos se habían casado con mujeres no-judías. 
Al ver esto, rompió sus vestiduras y confesó los pecados de Israel ante Dios, y luego se enfrentó a la oposición de algunos de sus compatriotas para purificar a la comunidad y disolver los matrimonios pecaminosos. Algunos años después, Artajerjes envió a Nehemías (un noble judío de su servicio personal) a Jerusalén, como gobernador, con la tarea de reedificar las murallas de la ciudad. Una vez que fue completada esta tarea, Esdras leyó la Ley de Moisés a la asamblea de los israelitas, y el pueblo y los sacerdotes entraron en un pacto para mantener la ley y separarse de los restantes pueblos.